Un día

Paramos en una pensión a las afueras de un pueblo sin alma, a escasos kilómetros de la carretera principal. Nadie contesta cuando hacemos sonar el timbre, pero la puerta está abierta. Una luz amarillenta y antigua ilumina tibiamente el recibidor. Las paredes están forradas de madera oscura. Una lámpara de pie con campana de cobre nos observa desde un rincón. Sobre la mesilla, un teléfono naranja con disco de marcación por pulsos. Una agenda verde con letras doradas. Entre sus páginas asoma un trozo de papel de periódico.

Nos adentramos dubitativos hasta el salón, presidido por una gran chimenea. Me acerco para curiosear las librerías: predominan las guías de viaje y las novelas románticas. En la mesa central, revistas de decoración. Alguna mancha en la moqueta, seguramente hay más debajo de la alfombra con motivos de alfombra. Dos tresillos de piel antigua, tres butacas forradas de tela beige. La luz adolescente de la primavera entra por unos ventanales que ocupan casi por completo la pared que da al jardín. Volvemos fuera, y esperamos sentados en el porche. Contemplo el cielo sin arrugas, y relajo la mente.

A los diez minutos aparece un hombre de unos sesenta años. Se presenta y nos pide que lo sigamos hasta nuestra habitación. Es persona de pocas palabras: como somos los únicos clientes, se va a su casa, y nos deja las llaves y el teléfono por si necesitamos cualquier cosa. Mañana para desayunar podemos coger lo que queramos de la nevera y la despensa. Antes de marcharnos, sólo tenemos que dejar las llaves junto al teléfono, y el dinero bajo la agenda. Seguramente no le veremos más, porque tiene cosas que hacer.

Ocupamos la tarde leyendo y escribiendo. Yo voy interrumpiendo a Cris con las historias que imagino sobre el dueño de la pensión, mientras tomo notas como quien pinta un boceto. Alto, flaco, sombrío. Pelo de un gris pegajoso. Piel amarillenta como la luz del recibidor. El rostro empañado. Un aura de habitación sin ventilar. Enviudó y buscó refugio aquí para pasar el duelo. Entonces descubrió su verdadera naturaleza de animal solitario, y ya no ha vuelto a querer saber nada más de nadie.

A la mañana siguiente, para nuestra sorpresa, lo encontramos en la cocina preparando un té. Muy amable, incluso sonriente, nos aconseja pasar la mañana en una pequeña playa de la bahía, y después visitar una isla con un bosque de eucaliptos donde es fácil ver koalas. Su simpatía desmonta mis teorías de la tarde anterior, o quizá las confirma. Cuando estás solo incluso apetece ser amable con la gente de paso.

Siguiendo sus instrucciones llegamos a la plácida desembocadura del modesto río Betka en el mar. Antes de morir, el río forma una pequeña laguna con su propia playa, en la que es muy agradable bañarse. Caminando unos cincuenta metros se llega a la playa del mar. La gente pasea el perro o juega a palas, pero nadie se baña en el mar. Le cuento a Cris lo que me explicó Dave sobre la corriente:

“Lo más peligroso de las playas de Australia no son los tiburones. Lo peor es la corriente. Si te atrapa, debes dejarte llevar. Cuando baje la intensidad, nada perpendicular a ella hasta encontrar un camino por el que regresar a favor de la corriente. La gente se ahoga porque se cansa de nadar contracorriente”.

Tras pasar un par de horas en la playa, conducimos hasta Raymond Island. Siguiendo un sendero que se aleja de la zona urbanizada, llegamos a un bosque de eucaliptos. Caminamos mirando hacia arriba, en busca de los koalas, y al cabo de poco rato vemos a uno, y luego a otro. En una hora, llegamos a contar cinco. El lugar está infestado de unos mosquitos especialmente agresivos: cuando te pican sientes un dolor muy intenso. Un hombre nos indica que utilicemos una rama de eucaliptos para espantarlos. Otro empieza a emitir unos sonidos guturales que supuestamente atraen a los koalas, pero nada se mueve.

En el pueblo más cercano hay tres lugares para comer. Nos decantamos por el restaurante chino. Tiene un artículo de periódico pegado en el cristal de la puerta. Dice así:

“Algunas personas viajarían al fin del mundo para encontrar el mejor “dumpling”. En el caso de “Lucy’s Noodles”, el viaje vale realmente la pena. Lucy hace a mano los dumplings de cerdo, langostino o vegetarianos, exactamente del mismo modo que solía hacerlo en Guangxi, su provincia natal. Un bocado de la suave masa cocida al vapor libera una explosión de sabores y olores que te transportan a las calles de Nanning. “Hace exactamente lo mismo que en su restaurante en China”, dice su marido Tony. Lucy ha creado también el plato estrella del pueblo: fideos gruesos de arroz al wok con orejas de mar, verduras frescas y cacahuetes fritos. Si la avisa con un par de días de antelación, le preparará un maravilloso pato pequinés”.

El artículo suena a publi-reportaje, pero tenemos hambre. Las dos chinas detrás del mostrador nos ignoran por completo hasta que nos levantamos a preguntar. Nos informan que debemos pedir y pagar aquí, y coger las bebidas de la nevera y los cubiertos del mueble adjunto. En seguida nos traerán el pedido a la mesa. Y dicho esto, reanudan su conversación anterior. Acostumbrados a la pegajosa atención al cliente anglosajona, agradezco un poco de indiferencia asiática. Y de comida, que resulta ser excelente. Seguramente, uno de los mejores restaurantes chinos de Australia, en este pequeño pueblo cuyo atractivo es un bosque de koalas. Lástima que no podamos quedarnos para probar el pato pequinés de Lucy.

2 comentarios on Un día

  1. Neus
    11 mayo, 2017 at 12:33 (6 meses ago)

    Bueno, siempre queda algo por probar…, la elección fue buena. Me parece que el dueño de la casa no era tan solitario;-)) ¡¡Besos dobles!!

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    • Pere Rovira
      15 mayo, 2017 at 15:39 (6 meses ago)

      Quizás no lo era, ciertamente… todo son teorías 🙂

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