Un buen lugar

Tras un buen rato en el pueblo levantando el dedo sin éxito, decidimos ir andando hasta la carretera nacional. Arrastramos las maletas por un camino de tierra cuesta arriba. Mientras me seco el sudor de la cara con una servilleta de papel, maldigo el ideal aventurero que nos ha empujado hasta esta cuneta empinada. ¿Era necesario viajar a Queenstown en autostop, con el calor que hace?

Al cabo de media hora, una pareja de jubilados nos invita a subir a su cuatro por cuatro urbano con asientos de piel. Pueden llevarnos hasta una gasolinera a mitad del camino. La mayor parte del trayecto transcurre en silencio. Sabíamos que en Nueva Zelanda es habitual hacer autostop y se prestan a ello todo tipo de personas, pero nunca hubiéramos imaginado que se trataría de un servicio tan formal.

En la gasolinera tenemos más suerte. A los diez minutos nos recoge una pareja al volante de un deportivo destartalado de los años ochenta, con las ventanas abiertas y la radio a tope. Pueden llevarnos hasta el centro de Queenstown. Él tiene treinta y pocos, es alemán. Llegó aquí hace una década, y ya no quiso regresar. Se gana la vida como electricista. “Europa está sobrevalorado”, dice. “Me gusta cuando mi familia me dice que estoy en el culo del mundo. Como si la tierra no fuera redonda, y completamente simétrica”. Su mujer es bastante más joven, y  no dice nada. Se limita a cambiar las cintas de casete. Tiene el pelo largo y fino como su cuerpo, y los brazos llenos de tatuajes.

Reservamos noche en un albergue, y dejamos el equipaje en la habitación. La media de edad de los clientes es de veintipocos años. En la sala de estar, varios están tirados en el suelo, entre cojines, con una película de acción ladrando a todo volumen desde el televisor. Dividen su atención entre la tele, el teléfono y el portátil. En la terraza, algunos cocinan en la barbacoa, otros beben tumbados en hamacas. Casi nadie fuma, y casi nadie pasa más de dos minutos sin mirar el móvil.

La mayoría ha venido a buscarse la vida. Aterrizan con unos pocos ahorros, y en una semana consiguen empleo y alojamiento. Son inmigrantes de primera clase. Nueva Zelanda les extiende un visado de trabajo de séis meses, y después viajan durante otros tantos por el país. Es un negocio redondo: una fuerza laboral controlada, para cada temporada turística, que se gasta en el país más de lo que el país le paga.

Quizá porque pasaremos muchos días sin volver a ver una cama, nos acostamos pronto. A la mañana siguiente, vamos al aeropuerto para alquilar una camioneta “campervan” por 20 días. Es un monovolumen Toyota con el interior adaptado. Los asientos de atrás se convierten en una voluntariosa cama de dos metros de longitud por metro veinte de ancho. Encima de la cama, un pequeño televisor abatible, y un reproductor de DVDs. Las ventanas pueden cubrirse con cortinas grises enrollables.

El maletero está ocupado por una neverita, un fogón, una pequeña pila de fregar y un armario con espacio para los utensilios de cocina y algo de comida. El exterior del coche es verde chillón y violeta. En las puertas y el portón delantero han pintado el logo de la compañía de alquiler: una mujer pelirroja con un vestido verde y aires de Marilyn Monroe, lanzando un beso al aire. También han escrito una frase de filosofía barata. Parece ser la tendencia del mercado: cada compañía de alquiler intenta forjarse una identidad marca a partir de la apariencia de su flota de vehículos.

Ya con nuestra camioneta campervan, vamos a la oficina de turismo para sacarnos el permiso público de acampada. Nos entregan un carné y una guía con los lugares donde podemos pernoctar. Los gratuitos ofrecen poco más que agua potable, pero generalmente están ubicados en los parajes más bellos. Los de pago cuestan cuatro dólares, y suelen tener baño y zonas para cocinar. Todo funciona en modo autoservicio. Al llegar, escribes en un papelito la matrícula de tu vehículo, y lo dejas dentro de una caja juntamente con el importe exacto, si es de pago. A veces, a primera hora de la mañana, pasa un empleado público para comprobar que todo está en orden.

Pasamos la primera noche en Glenorchy, a la orilla de un lago con el agua más transparente que haya visto jamás, con permiso del Baikal. También está muy fría, pero me voy metiendo poco a poco, y finalmente me dejo caer para cubrir todo mi cuerpo. Doy unos gritos y salgo rápidamente. Desde la orilla, observo el horizonte de montañas que nos rodea, con las faldas verdes y los picos nevados. Pocos placeres son comparables a bañarse a solas en un lugar virgen, y secarse al viento contemplando el paisaje.

Faltan un par de horas para que anochezca. El portón del maletero está levantado, y Cris prepara algo para cenar en el pequeño fogón portátil. Una bolsa de plástico con la basura cuelga de la puerta. Hago una foto de la escena a contraluz. El primer plano queda teñido de azul y negro. El cuerpo de Cris es una silueta recortable con pañuelo al cuello. A lo lejos resplandecen las montañas que todavía ven el sol. Cada vez que contemplo esta foto siento que algo muy nuestro todavía habita ese lugar a la orilla del lago, donde la luz y la oscuridad conviven en silencio.

El morado del cielo despierta a un ejército de miles de mosquitos diminutos. Por suerte, las picaduras son tan débiles que apenas se notan. Lo más molesto es que los bichos se cuelan por la boca, se posan en las gafas y en la comida, y en general incordian incesantemente. Nos encerramos en la camioneta para cenar. Ya está oscuro. Cuando vamos por el postre nos deslumbran las luces de un coche que aparca a unos cincuenta metros. Descienden dos chicos, y montan rápidamente una tienda. Hacen fuego, y se sientan frente al mismo cerveza en mano.

A las tres de la mañana me despierto para ir al baño. Los dos amigos todavía están bebiendo y fumando, y sólo unas pocas brasas remiten al fuego original. Me gustaría añadirme, pero hace mucho frío, así que meo en un árbol y vuelvo a la cama. Entre el día y la noche la temperatura puede variar unos quince grados. Pronto aprenderemos a dormir con jersey, chaqueta, bufanda y mantas. Y a ignorar las ganas de ir al baño, que tanto me gusta satisfacer plácidamente en mitad de la noche, bajo el cielo estrellado.

A las séis de la mañana me despierto definitivamente, y salgo de la campervan en pijama y chaqueta, sin hacer ruido. Cris todavía duerme, como el lago, como todo el mundo excepto los pájaros. El agua está completamente quieta. Parece un espejo del día que despierta entre las nubes blancas. Nada creado por el hombre puede igualar la belleza de un amanecer en plena naturaleza. Los colores, los sonidos, el aire nuevo. Me siento en el pequeño muelle de madera, y saludo a mi dios particular. El culo del mundo es un buen lugar.

4 comentarios on Un buen lugar

  1. Neus
    7 diciembre, 2017 at 18:07 (7 meses ago)

    ” Y saludo a mi dios particular”… ¡¡Besos de bienvenida!!

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  2. neus
    20 octubre, 2017 at 16:10 (9 meses ago)

    Cada día es un nuevo nacimiento, un nuevo amanecer, todo esta por vivir, por escribir, nos lo ha dicho Cormac, hoy, y coincide con las sensaciones que explicas, el lago límpido y frío, sin nadie, el baño, “la belleza de un amanecer en plena naturaleza”. Nostalgia de lo absoluto. A tu lado Cris, preparando algo de cenar…Todo está bien. “El culo del mundo es sin duda un buen lugar” ¡Besossss, sin fin!

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    • Pere Rovira
      30 octubre, 2017 at 14:23 (9 meses ago)

      Así es. Lejos de todo, y muy cerca al mismo tiempo. Besos!

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      • Neus
        2 abril, 2018 at 16:24 (4 meses ago)

        ¡Gracias! Buona Pasqua a los tres! ¡Y más besos!

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