Tiburones

El martes, tal y como nos había anunciado Dave, vamos al puerto al encuentro de su amigo R. De camino, paramos en un supermercado y compramos cerveza de jengibre, la única que puede probar R. desde hace algunos años. Es una bebida carbonatada, dulce, sin alcohol. El jengibre le da un toque picante, y es un buen remedio contra los mareos.

R. responde a la imagen tópica del marinero. Bajito pero muy fuerte, cuadrado. Una barba rojiza y espesa. La piel tostada, moldeada por las arrugas del sol y de la sal. Lleva puesta una gorra azul gastado con el dibujo de una ancla, vacilante sobre sus abundantes cabellos desordenados. Sin embargo, su voz es suave, y habla pausadamente, como un maestro de yoga.

Nos explica que durante varios años fue guardacostas ambiental, un puesto de funcionario que consiste en controlar que los pescadores no capturen piezas protegidas. Por algún motivo tuvo que dejarlo. Ahora trabaja para un millonario. Saca su barco a pasear de vez en cuando, y realiza el mantenimiento. “Es este de aquí”, dice señalando a un gran velero. “El de al lado es el mío”. Es una barquita para cuatro personas. Nos avisa que se mueve bastante pero es rápida, en una hora estaremos en la isla.

Y así es. Después de tres cuartos de hora largos dando saltos en la lancha, paramos los motores y contemplamos en paz la paz de una isla solitaria, muy pequeña, con aguas de color paraíso y costa rocosa, sin playa. R. saca las cañas y nos explica cómo pescar en esta zona, y el tipo de peces que vamos a encontrar. La primera en sacar uno es Cris, y luego otro, y otro… hasta contar una decena en poco más de una hora. Nos ha ganado a todos.

Rodeamos la isla hasta llegar a una zona donde podemos ver algunas focas en las rocas. Nos ponemos los trajes de neopreno, y nos disponemos a saltar al agua. Estamos cagados de miedo. R. nos ha dicho que no hay que preocuparse, los tiburones no nadan en aguas poco profundas, “por lo menos están a cien metros de aquí, allí, donde la profundidad aumenta repentinamente; aquí nunca los he visto en todos los años que llevo viniendo”. Salta él, y luego salto yo. Cris y Dave nos observan desde la barquita. El agua está muy fría a pesar del traje, así que empiezo a moverme rápidamente.

Aguas “poco profundas” significa unos diez metros de profundidad. A pesar de ello, el agua está tan limpia que veo el fondo sin problemas. Al poco rato ya he olvidado el frío y los tiburones. El espectáculo es maravilloso, un jardín a mis pies con formas y colores que nunca antes había visto. De repente, una raya descansando en la arena. Más allá, R. se sumerge con una habilidad y rapidez extraordinarias, y captura una langosta con las manos. Un gesto tan rápido y elegante que parecería que practica un arte marcial oriental. Me acerco a la barca, y saco la cabeza del agua exultante de alegría. “Bajad, bajad, esto es increíble”. Nuestro amigo llega y alza el brazo con su captura, “esta noche nos la comemos”.

Dave y Cristina se unen a nosotros. Podemos dejar el barco sin nadie, el mar está tranquilo y no es peligroso. R. nos indica que lo sigamos, y después de nadar unos pocos metros nos acercamos a una roca. Entonces, como surgidas de la nada, empiezan a saltar focas al mar, y nos rodean, y empiezan a seguirnos, explorarnos, incluso diría que juegan con nosotros. Si te quedas parado en posición vertical, al poco rato se acerca una foca. Abres los brazos lentamente, y el animal también se pone en vertical frente a ti, y acerca su cabeza hasta pocos centímetros de las gafas, y parece que te esté mirando fijamente a los ojos. Al menor movimiento, se aleja instantáneamente, pero a los pocos segundos vuelve y gira y nada contigo.

Volando, pasa casi una hora, y R. nos dice que es mejor regresar al barco, porque estamos cogiendo frío sin darnos cuenta. Él se queda unos minutos más, suficientes para capturar una docena de abalones, también conocidos como orejas de mar. Más tarde sabremos que se trata del marisco más caro del mundo, muy apreciado en Japón y China, donde llega a alcanzar precios de 2000 euros el kilo.

Como había avisado nuestro amigo pescador, después de sacarnos el traje y ponernos la ropa, tenemos mucho frío, a pesar del sol radiante. Vamos a otro rincón en el que capturamos unos peces pequeños, con los que R. prepara un sashimi delicioso. Lo comemos juntamente con las sobras de la cena que preparamos ayer: tortilla de patatas y escalivada. Una cerveza de jengibre, y poco a poco entramos en calor. Ha pasado ya medio día, y no podemos estar más felices, y con más ganas de mear. Son muchas horas sin ir al baño, y todavía quedan unas cuantas más. Los cuatro hacemos un pacto, y por turnos satisfacemos nuestras necesidades, a espaldas de los demás, hábilmente colocados en el borde de la lancha, a favor del viento.

R. vuelve al timón y anuncia: “Ahora iremos a pescar a aguas profundas, a medio camino entre la isla y el puerto. Otro tipo de pescado, para que podáis probar varias cosas esta noche”. Con el radar vamos comprobando la profundidad, que puede variar bruscamente entre pocos metros y decenas de metros: es la geografía oculta de los mares, en los que también te podrías caer, si no fuera por el agua. El radar también sirve para localizar los puntos favoritos de nuestro capitán. A pesar de que hace esto cada semana, se le ve feliz y entusiasmado como si fuera la primera vez, pero al mismo tiempo consciente de que es uno de los mejores pescadores de Australia.

Llegamos al lugar adecuado, y tiramos los anzuelos otra vez. Pienso para mis adentros que ya me toca tener suerte, porque hasta el momento los demás, especialmente Cris, me ganan por goleada. A los diez minutos el destino parece ponerse de mi lado, porque noto un violento tirón y con gran esfuerzo consigo retener la caña, y empiezo a recoger el hilo. R. se da cuenta y me va indicando cómo proceder. Al parecer he pescado algo gordo. “Tranquilo, ve tirando y ve descansando, no hay prisa”. Intento decirle que no soy especialmente ágil con estas cosas, pero él se limita a repetir las mismas instrucciones, como un mantra. Y funciona, porque al poco tiempo veo un pescado marrón de poco más de medio metro acercándose a la superficie.

“Es un tiburón”, nos informa nuestro capitán. “Un tiburón muy pequeño, pero un tiburón al fin y al cabo”, pienso para mis adentros, y tiro de la caña con más confianza que nunca, eufórico, concentrándome en la epiléptica mancha marrón en el mar. Los demás, sin embargo, se apartan, y justo cuando logro sacar el pez y apoyarlo en el suelo de la barca, R. me quita la caña de las manos, y me indica que me aparte. Entonces me doy cuenta. Detrás de mi pequeño tiburón viene el tiburón de verdad, de unos dos metros de largo. “No digáis nada”. El animal empieza a dar vueltas a la barca, como en una película. “Lo voy a pescar”.

Nuestro amigo saca un gran anzuelo unido a un hilo que opera con las manos, le clava un pescado y lo tira al mar junto al tiburón. En pocos minutos logra que el animal muerda en anzuelo, y empieza la batalla. Se ayuda de un gancho unido a un palo, con el que va empujando al animal hacia la barca, y lo va sacando del agua. El escualo, desde el primer contacto con el anzuelo, se mueve con violencia. Me pregunto si se da cuenta de algo, o es todo instinto. Entonces R. pierde el palo, y parece que el tiburón tiene la batalla ganada. Pero las manos de su contrincante son grandes y fuertes, y logran estirar el hilo con tanta fuerza que casi sin darnos cuenta tenemos al tiburón en el barco. R. se le tira encima, como en una pelea callejera. Coge un cuchillo y abre una raja de dos palmos en la panza del tiburón, que deja de moverse.

R. se gira y nos mira. Respira aceleradamente. Lanza un gran bufido de alivio. El trajín del mar vuelca una botella de cerveza de jengibre, y cae un chorro que rocía el cuerpo del animal. Su sangre ha inundado de rojo el suelo de la barquita. Dave, Cris y yo lo observamos todo desde un rinconcito, todavía acojonados, pero alucinados por lo que acaba de suceder. “Menos mal que hemos meado antes”. Nuestro amigo se recupera rápido, y a los pocos minutos ya está abriendo la nevera y colocando dentro su trofeo del día. “Esto no ha sucedido. Si nos preguntan al llegar al puerto, vosotros no habéis ni pescado con caña”.

Parece una premonición, porque en el puerto nos esperan dos guardacostas. R. habla con ellos, uno es ex-compañero de trabajo, se conocen desde hace años. Satisfechos con el breve intercambio de frases, los funcionarios vuelven a su coche patrulla. Los miro hasta que desaparecen por la carretera. Al darme la vuelta, veo a R. limpiando el pescado en un mostrador de piedra habilitado para ello. Unos metros más allá, media docena de pelícanos observan. Es un ave habitual en los puertos de la costa entre Sydney y Melbourne. Entre todos logramos limpiar el pescado rápidamente.

R. sube a la camioneta. Me fijo en su cara enmarcada por la ventanilla de la puerta. Demasiado melancólico para ser feliz, pienso. Fuera del agua, este hombre no está a gusto. Como el tiburón moribundo sobre el que cae la cerveza de jengibre. De camino a casa, Dave nos cuenta la historia de R., y entendemos muchas cosas. “Por eso estoy contento de que venga a cenar esta noche a casa. Le va muy bien hacerlo”.

4 comentarios on Tiburones

  1. neus
    3 abril, 2017 at 12:57 (4 meses ago)

    Sí, gran experiencia y gran personaje R. En tierra, melancólico, en el mar un príncipe. Un albatros, australiano y vosotros, los dos, seres afortunados por haber visto un jardín en el fondo del mar y haber pescado tantos peces y además un tiburón. ¡Gran relato real! ¡Muchas felicidades! Besos salados y dobles!!!

    Responder
  2. Orioln
    15 marzo, 2017 at 20:41 (4 meses ago)

    Quines grans experiències. Enhorabona!!!

    Responder

Deja un comentario y nos harás felices