Tamaños

La taiga se despliega, inmensa, a ambos lados del tren. Grupos de casas de madera forman pequeños poblados recién salidos de un western de John Ford. Millones de árboles descansan bajo el cielo, desafiando el frío extremo en que sobreviven la mayor parte del tiempo con nobleza y serenidad. Debería bajar del tren, empequeñecer entre los árboles, sentir la tierra bajo mis pies, y entonces sí, entonces podría tomar las fotografías que toma mi mente hipnotizada a través de la ventana. 

Moscú acude a mis pensamientos. Sus inmensas avenidas, sus monumentos soviéticos, las siete hermanas de Stalin, ¿en qué lugar quedan, aquí, en mitad de Siberia? Desde aquí, Moscú aparece empequeñecido, insignificante casi, como mi cuerpo caminando a través de los campos. Y sin embargo, cuando hablas de Rusia hablas de Moscú, de San Petersburgo y poco más. 

Es habitual confundir un país con sus principales ciudades. En Rusia, es una aberración. Ni siquiera el transiberiano logra captar apenas una nimiedad de este país que, por ejemplo, contiene una quinta parte de los bosques del planeta. En Rusia es normal medir las distancias en días de tren, lo mismo que en Moscú se miden en estaciones de metro. 

¿Qué esperar de una ciudad en que lo más bonito es el metro? Seguramente muchas cosas, pero me faltó salud para recorrer Moscú. En efecto, mi aventura nocturna con el “tabak” en Brest me había costado, además de un buen susto, un buen resfriado, y decidimos quedarnos un par de días en el apartamento de Daniel, casi sin salir de casa. 

Daniel es el primero de varios extranjeros que conoceremos en Rusia, concretamente español. Trabaja y vive en Moscú desde hace siete años. Prácticamente no le vemos. Un dia llega a las 12 de la noche pasadas a casa y enseguida recibe la llamada de un vecino para ir a tomar algo. “Es la vida en Moscú”, nos dice. “Poco tiempo para nada”. En la mesa descansa un ejemplar de The Economist de Marzo, todavía sin abrir. Pienso en la cantidad de cosas absurdas que se hacen en las ciudades, como por ejemplo suscribirse a una revista económica. 

A pesar de la brevedad de nuestros encuentros, nos recomienda un restaurante Georgiano excelente, donde sirven una especie de empanadas llamadas Hachapuris, rellenas de queso y con un huevo encima. Todavía son nuestros primeros días de frío ruso, y he ido a cenar equipado con mis mallas y camiseta de lana. Al llegar al restaurante necesito ir al baño y quitármelo todo, el calor es sofocante en los locales de Moscú. Ahora comprendo por qué dicen que en las casas de las ciudades más frías es donde menos frío se pasa. 

“Después del Hachapuri, tenéis el café Pushkin a la vuelta de la esquina”, nos había dicho Daniel. Y eso hacemos, y entramos en otra época. Nos hacen bajar al sótano, donde muy serviciales nos quitan los abrigos y los guardan en el ropero. A cambio, nos dan una especie de moneda, muy pesada. Otra época, de protocolo estricto, de varios camareros por mesa, impecables, de salones lujosos en donde colocan junto a la silla de las mujeres una especie de taburete para colocar su bolso. 

Nos han hecho esperar a la entrada porque tenían que preparar la mesa, a pesar de que hemos dicho (y creemos que nos han entendido) que sólo tomaremos un café. Varias copas, vasos, platos y cubiertos por comensal, varias servilletas colocadas de manera impecable en una mesa que parece un decorado de una película ambientada en el siglo diecinueve. Nos sentamos con sentimiento de culpa, sólo vamos a pedir un café. Nos dicen que no es problema, y tal y como han montado la mesa, la desmontan, pieza a pieza, con igual delicadeza. Deshacer la mesa es tan importante como hacerla. El protocolo. 

Al día siguiente, pasaremos la noche con unos amigos de Madrid, y entraremos de lleno y sin contemplaciones en el vodka, atractivo turístico por excelencia y cuyo bajo precio es una de las grandes desgracias de Rusia. Es nuestra primera borrachera en esta vuelta al mundo, y la disfrutamos como si fuera la última, juntos, dueños de la ciudad y del mundo. Nos hacemos una foto en un fotomatón, testimonio mecánico de las alegrías y las penas de la noche. 

De repente, aparecen unos caballos por la calle, y sus dueños no son policías. Quizá en Moscú las noches acaban con una vuelta a caballo. Quizá todavía nos falta mucho para comprender este país, y nuestros 6 o 7 vodkas son un juego de niños al lado del zapoi en el que están inmersos estos jinetes espontáneos que se cruzan en nuestra noche, de vuelta a casa, caminando felices por hacer lo que estamos haciendo. 

Al fondo, como un enigma, el horizonte de la taiga nos espera para recordarnos que no hemos visto nada. 

Todavía. 

[Para quien quiera complementar la lectura con más fotos, aquí tenéis nuestro álbum de fotos del Transiberiano]

10 comentarios on Tamaños

  1. Neus
    20 abril, 2015 at 10:35 (2 años ago)

    ¡¡Qué hermosa debe ser la taiga!! Adelante amados viajeros, ya casi un mes de ruta. ¡Os seguimos! ¡Besos!

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    • pere rovira
      24 abril, 2015 at 15:57 (2 años ago)

      ¡La taiga hipnotiza! Gracias por seguirnos. Ya más de un mes… ¡Qué deprisa y que despacio puede pasar el tiempo! ¡Besos!

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  2. Lídia
    18 abril, 2015 at 16:08 (2 años ago)

    Tan lluny i a l’hora tan a prop. Realment és un plaer llegir-vos. Desitjant descobrir un nou capítol d’aquest llibre que escribiu i que ens ajuda, en cara que sigui per uns minuts, a volar (trenejar¿? :P) amb vosaltres i desconnectar acopanyant-vos en la distància en aquest viatge. Petonet parella!

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    • pere rovira
      24 abril, 2015 at 15:56 (2 años ago)

      Lídia! Moltes gràcies per passar-te per aquí. Intentarem anar narrant el viatge amb constància, perque també és la manera d’assegurar-nos que sempre hi podrem tornar. Escriure és una de les millors maneres de no oblidar.

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    • Cristina Mataix
      24 abril, 2015 at 23:44 (2 años ago)

      Quina alegria saber que ens llegeixes! Ara també podràs navegar amb nosaltres. Hem augmentat els mitjans de transport 😉
      Petons!

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  3. Xavier Simó
    15 abril, 2015 at 21:53 (2 años ago)

    Hola! Us anem seguint i gaudim del viatge amb vosaltres, sense voler interferir les vostres aventures i sensacions.
    Una abraçada!

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    • pere rovira
      24 abril, 2015 at 15:54 (2 años ago)

      Ens encanta que interferiu amb comentaris aquí! Moltes gràcies

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    • Cristina Mataix
      24 abril, 2015 at 23:40 (2 años ago)

      Si, gràcies per ser a l’altre banda. Quan ets lluny saber que hi ha gent llegint i comentant encara fa més il·lusió 🙂
      Petons a tots!

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    • pere rovira
      24 abril, 2015 at 15:53 (2 años ago)

      Moltíssimes gràcies, tot un honor venint de tú

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