Suerte instintiva

Nos subimos al tren rumbo a Uttaradit. El objetivo es llegar a un pueblo llamado Ban Na Ton Chan, en el que supuestamente dormiremos en casa de una familia. Hemos encontrado información sobre el pueblo buscando lugares para dormir cerca de los templos de Si Satchanalai, que no son los más conocidos en Tailandia, pero sí de los más solitarios.

Sabemos que es un pueblo en el que varias familias acogen a viajeros, y que es interesante por diversas tradiciones y artesanías locales, además de un entorno natural espectacular. Pero no encontramos información acerca de cómo llegar, o cómo realizar una reserva. Tan sólo hemos encontrado un email y un teléfono, a los que nadie ha contestado. Normal, porque les hemos escrito con sólo un día de antelación, fieles a nuestra manera de viajar sin planes.

Con la ayuda de Google Maps, hemos deducido que Uttaradit es el lugar más cercano al pueblo, que no aparece en el mapa como pueblo, pero sí como escuela. En el mapa parece distinguirse un núcleo urbano, pero todos los nombres de los lugares están escritos en tailandés, excepto el de la escuela. Quizá algún extranjero trabajó de profesor, y se encargó de poner el nombre latinizado en Google Maps. Sea como sea, la escuela es nuestra única referencia. A saber cuál es el nombre del pueblo en tailandés.

El trayecto de Chiang Mai a Uttaradit transcurre por una vía de único sentido, a través de una densa selva tropical, fiel al clima del lugar. Es temporada de monzones, y la naturaleza exhibe orgullosa su paleta de cientos de verdes bajo un sol húmedo. Son 240 kilómetros que el tren recorre en unas cuatro horas de trayecto. Como nos han dado los asientos en el último vagón, pasamos largos ratos de pie junto a la ventanilla trasera, observando la ruta que dejamos atrás, avanzando tan lentamente que a veces parece que vamos a pie. Es la mejor manera de viajar en tren, sobre todo cuando no se sabe muy bien a dónde se va. Junto a la ventanilla, la cabina vacía del revisor, la puerta abierta. Un ventilador en el techo, un paquete de tabaco junto a las palancas de mando, la cartera.

Billetes de tren de Chiang Mai a Uttaradit

Los billetes de Chiang Mai a Uttaradit. Más de cuatro horas en tren para recorrer 240 kilómetros.

Llegamos a Uttaradit sobre la una del mediodía. Preguntamos en las ventanillas de la estación cómo podemos llegar hasta Ban Na Ton Chan. Nadie habla inglés, y nadie parece entender qué estamos diciendo. Pero quieren ayudarnos, y dejan su lugar en el mostrador para ir a buscar a un cincuentón apoyado sobre un coche aparcado delante de la estación. El taxista del pueblo. Intenta entender qué le decimos, mira concentrado el mapa que hemos copiado en el teléfono. Primero dice que queda muy lejos. Yo intento explicarle que no debería ser más de una hora de trayecto. Finalmente parece que se le enciende una luz, y comprende dónde queremos llegar. Nos pide 500 baht, y tras diez minutos en los que ambos jugamos a ofendernos como si nos hubieran insultado a la madre, acabamos acordando 300 baht. Con el precio acordado, vuelven las sonrisas, como si no hubiera pasado nada.

Tenemos hambre, y el tipo nos lleva a su restaurante favorito, una choza junto a la estación. Techos de plástico y ramas, suelo de tierra, los fogones, cuatro mesas y sillas de plástico. La decoración habitual: fotos de la familia real (antepasados y presentes), una tele, palillos y cucharas asomando la cabeza en botes cilíndricos, botellas de salsas, limas, manteles de colores. Comemos los dos por menos de un euro. Es la primera vez que violamos nuestra ley de no probar nada junto a las estaciones, pero queremos caerle bien a nuestro conductor. Pedimos sopa, por aquello de que algo hervido es más difícil que siente mal. Cris con fideos, yo con fideos y pollo. Cuando veo que la cocinera saca la carne de una caja de plástico no refrigerada, se me retuerce la conciencia estomacal. Pero prepara un plato tan bueno, o tengo tanta hambre, que me digo que ya me confesaré más tarde para limpiar mis pecados culinarios.

Subimos al coche delicadamente, por miedo a que se haga pedazos. Cris va detrás, y yo junto a nuestro hombre, que conduce el coche manejando sin prisas un volante tapizado con los colores de la bandera de Andorra: amarillo, rojo y azul. Al cabo de unos veinte minutos queda claro que el tipo no tiene ni idea de a dónde va, porque periódicamente va parando para preguntar a la gente. Ya hemos vivido esto antes, sabemos que tarde o temprano dará con el lugar, y la ruta es preciosa. Al cabo de tres cuartos de hora vemos un cartel azul con letras blancas que indican, en alfabeto tailandés y alfabeto latino, “Ban Na Ton Chan”. Giramos para seguir la dirección que indica, y al poco rato llegamos a un pueblo. Paramos frente a una especie de chiringuito donde sirven café, y el conductor nos indica que ya hemos llegado. Baja del coche, nos acompaña al chiringuito, y pregunta a la chica que lo atiende. La chica nos indica un lugar junto al chiringuito, pero no nos convence. Ella no entiende. Se me ocurre decirle el nombre del email, “Sirikan”. Entonces exclama una especie de “Aaaaah” a la tailandesa, y hace una llamada con su teléfono móvil. El conductor, mientras tanto, se ha sentado en una mesa, y nosotros le invitamos a café y hacemos lo mismo. Al cabo de un rato aparece, supuestamente, Sirkian.

Charlan todos un buen rato, y finalmente el conductor les entrega su tarjeta de visita. A nosotros también, por si queremos volver con él a Uttaradit en unos días. Le decimos que seguramente no, porque de ahí seguimos ruta hacia otro lugar, pero le damos las gracias. Se va muy contento, quizá por los siete euros que le hemos pagado, quizá por haber descubierto una nueva fuente de negocio. Más tarde, una chica del pueblo que habla inglés nos explicará que nadie había seguido nuestra ruta antes, que todo el mundo bajaba en otra estación de tren, o llegaba en autobús desde otra ciudad más turística. Por eso el taxista no sabía nada del lugar. Pero ahora se han dado cuenta de que ciertamente es más rápida nuestra ruta, sobre todo si se viene desde Chiang Mai, y han acordado con el conductor establecer un servicio de transporte con los alojamientos del lugar. Miro a Cris orgulloso, y ella me contesta con otra mirada que dice “esta vez te ha salido bien pero no te confíes; lo que nos salva no es tu instinto viajero, si no nuestra buena suerte”. Me pregunto si son cosas diferentes, y si en algún momento del viaje el instinto o la suerte nos van a fallar.

2 comentarios on Suerte instintiva

  1. Neus
    8 septiembre, 2016 at 11:17 (1 año ago)

    Muy bueno y creo que a la luz de los resultados ni el instinto ni la suerte os han faltado, aunque eso ya lo sabíais antes;-)). Feliz ruta y felices descubrimientos. ¡Qué contento estará el taxista, una nueva fuente de ingresos y Sirikan, un trayecto más rápido a su hostal. Vale la pena continuar… Se hace camino al andar… ¡¡ Muchos besos !!

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    • Pere Rovira
      16 septiembre, 2016 at 11:35 (1 año ago)

      Bueno, los resultados del instinto y la suerte no se pueden predecir… pero salieron bien 🙂 Lo bonito de ir a lugares que son raros hasta para los locales, es la sensación de descubrimiento, de no saber muy bien a dónde vas. Si aciertas, es mucho mejor que acertar sabiendo previamente a dónde vas.

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