Segunda ley de la termodinámica

Llevamos casi dos días en el tren, es el último trayecto antes de llegar a Vladivostok, 60 horas en total. Este último tramo lo realizamos en primera clase, solos en nuestro compartimento, con más espacio, las camas más largas y los lavabos más limpios. Como no tenemos compañeros de habitación, nos entretenemos con la jefa del vagón, Natasha, muy joven. Gracias a su nulo inglés y a nuestro ruso precario, le daremos buen uso al diccionario visual que nos regaló Sean. Señalamos una vaca, un cerdo, un pollo, una foto de unos dólares para preguntar si la comida va incluída en el precio del billete. Nos entendemos sin mayores problemas, y con mucha diversión, aunque quizá no tanta como en las conversaciones con el soldado ruso que ocupa un compartimento al fondo, y al que Natasha entra muy a menudo.

Leo sobre Japón, nuestro siguiente destino. Es un país, dice la guía, que en muchos aspectos no está a la altura de la modernidad tecnológica que se le atribuye. Me acuerdo de una frase de Lluís Franquesa, mi profesor de matemáticas en el instituto: “cría fama y ponte a dormir”. Las lecciones que se aprenden en el instituto, incluso en la universidad, suelen ser útiles mucho más tarde, cuando la experiencia nos permite apreciarlas con conocimiento de causa. Lluis entraba en clase apurando el cigarrillo, y le gustaba tratarnos como un padre: recuerdo sus lamentaciones cuando alguno no conseguía aprobar el examen que el día antes casi nos había explicado por completo. Eran las lamentaciones de un padre bueno. Me cuesta hacerme a la idea de que ya esté muerto, y que yo esté aquí, tan lejos, acordándome de él en este preciso instante. ¿De qué hablaríamos, ahora?

Sigo leyendo la guía. Me doy cuenta de que hemos planificado mal nuestro desembarco en el país nipón. Podríamos haber evitado un día de barco y séis horas de tren. Nuestro desconocimiento de la geografía de dicha región (y nuestra manera tan nuestra de planificar los viajes sin planificar) nos ha llevado a diseñar una ruta mucho más larga, compleja y cara de lo que sería necesario.

Estudiamos las opciones para cancelar nuestros planes y rectificar la ruta. No he podido evitar una ligera frustración. Por un lado, hemos escogido una ruta errónea, y por el otro, ha regresado el concepto de eficiencia a nuestra vida cotidiana. Y en el lugar más inesperado: en mitad del trayecto en tren de Ulan Ude a Vladivostok, por lugares que ni siquiera tienen nombre, porque no hay nada.

¿Es eficiente viajar de Barcelona a Japón en tren y ferry? ¿Es eficiente, viajar un año por el mundo? Obviamente no, la eficiencia no tiene nada que ver con lo que estamos haciendo. Entonces, ¿por qué me molesta no haber escogido el camino más corto entre Vladivostok y Fukuoka? ¿Por qué siento la urgencia de bajarme del tren, conectarme a internet y comprobar si efectivamente podemos cambiar todos nuestros planes y ahorrarnos, en nuestro periplo de un año, 100 euros y un día de viaje innecesario?

Atribuyo mis males a leer una guía de viaje de Japón, en sí mismo un acto de eficiencia. Desde que la he abierto, es como si hubiera abandonado Rusia, como si el paisaje que hace dos semanas me hipnotizaba ya hubiera perdido interés, como cuando nos enamoramos de otra persona y ya no hay vuelta atrás. Un vaso roto nunca se ha recompuesto, mágicamente. Es una de las leyes fundamentales de la termodinámica, una de las leyes más bellas y terribles de la naturaleza. La ley de la muerte irreversible.

Dejo la guía y retomo el diario de mi padre, mi lectura literaria de estos días. Leo con voracidad. Hacía años que no podía leer así. Me voy a dormir leyendo, y me despierto con ganas de leer. Cierro el libro para comer, y apuro el postre con ganas de retomar la lectura. Me asusta pensar que tenga que ser en el transiberiano, a miles de kilómetros de casa, y sin ningún medio de comunicación a mi alcance, donde después de muchos años pueda leer dos días seguidos, con las mínimas interrupciones necesarias.

Mi padre escribe que es más difícil estar bien en casa que dar la vuelta al mundo. Es cierto, pero a mi edad, estar bien en casa está mal visto. Y por eso viajo, para estar como me gustaría estar en casa. Doy la vuelta al mundo, quizás, porque he aprendido a estar en casa mejor que en ningún lugar.

Parecía que 60 horas en tren iban a ser insoportables, pero de repente miramos por la ventana y vemos el mar. Es la bahía de Vladivostok, la San Francisco de Rusia (el lector debe saber, para apreciar el calificativo en su justa medida, que la gris Novosibirsk recibe el calificativo de la Chicago de la Siberia). Los rojos, naranjas y violetas del cielo, en su elegante belleza altiva, parecen no darse cuenta que debajo suyo la basura, los coches destartalados y la casas en ruinas dibujan la silueta de la costa. De vez en cuando, un pescador desafía la fealdad industrial, y mientras recoge el nostálgico hilo de la caña no puede evitar pensar que el mundo también avanza hacia atrás.

Todavía queda algo de luz natural cuando bajamos al andén de Vladivostok. Nos hacemos una foto junto al monolito que marca el hito de miles de quilómetros de vía, pero que no menciona a los miles de personas que murieron construyendo esta línea del ferrocarril, en los eufemísticos campos de trabajo de Stalin.

Lo hemos conseguido. Nos invade una sensación inequívoca de triunfo. Después de tres semanas en tren, dejándonos llevar por el ritmo incansable de la monotonía, hemos recorrido casi diez mil quilómetros, y ya somos capaces de leer y pronunciar los nombres de todas las estaciones por las que hemos pasado. También sabemos que Cупермаркет es supermercado y Пролетарская, Avenida del Proletariado. Son las pequeñas medallas del viajero, doradas como la moneda de Viktor que me acompaña en la cartera.

Dormimos en un hostal, y uno de los compañeros del dormitorio común huele tan mal que al día siguiente, cuando lo veo aparecer por la cocina, huyo espantado hacia la recepción y pido el cambio a una habitación doble. La experiencia nocturna ha sido tan educativa que decido cancelar todos los dormitorios comunes que habíamos reservado para el siguiente mes de viaje. Pensando que no hay mal que por bien no venga, bendigo al ruso pestilente. Mañana cruzaremos el mar de Japón, rumbo a Corea del Sur primero y luego Japón, por el camino más corto. A pesar de la segunda ley de la termodinámica, hemos logrado cambiar nuestros billetes.

Después de tres semanas en el Transiberiano, dejamos atrás Rusia a bordo del ferry "Eastern Dreams"... hacia otros sueños

Después de tres semanas en el Transiberiano, dejamos atrás Rusia a bordo del ferry “Eastern Dreams”… hacia otros sueños

[Para quien quiera complementar la lectura con más fotos, aquí tenéis nuestro álbum de fotos del Transiberiano]

8 comentarios on Segunda ley de la termodinámica

  1. pere rovira
    30 junio, 2015 at 21:35 (2 años ago)

    quin millor destí pot trobar un llibre sedentari que ser llegit durant una volta al món? Així em feu una bona companyia. Abraçades paternes.

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    • Pere Rovira
      16 julio, 2015 at 10:05 (2 años ago)

      A nosaltres ens va fer molt bona companyia. Es un gran llibre. Esperem llegir-lo aviat en paper. Gràcies!

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  2. Neus
    25 junio, 2015 at 18:24 (2 años ago)

    Bueno, con un poco de empeño, siempre se logran “cambiar los billetes”. Adelante, queridos viajeros, estamos a la escucha… ¡Besos dobles!

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    • pere rovira
      28 junio, 2015 at 05:08 (2 años ago)

      Pues sí, parece que de momento no hay problema cambiando billetes 🙂 Besos!

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  3. Berta
    24 junio, 2015 at 15:50 (2 años ago)

    Leeros es delicioso, también inspirador. A partes iguales. 🙂

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    • pere rovira
      28 junio, 2015 at 05:04 (2 años ago)

      Muchas gracias por leernos y dejar un comentario Berta. Aunque lo estamos pasando de maravilla, echamos de menos algunas de nuestras comidas 🙂 ¡Recuerdos a todas y todos! 🙂

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  4. pepi i enric
    24 junio, 2015 at 10:48 (2 años ago)

    Salutacions!! Us seguim des de Montmeló, Vallès Oriental, Catalunya…
    No cal dir que ja fa dies que llegim els magnífics comentaris i explicacions que feu.
    Gaudiu d’aquest regal que la vida us dóna i que vosaltres heu decidit obrir.
    Petons!!

    pepi i enric

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    • pere rovira
      28 junio, 2015 at 05:09 (2 años ago)

      ¡Moltes gràcies! Contents de saber que ens llegiu. Intentem aprofitar al màxim aquest regal, com bé dieu. Petons!

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