Ramen blues

Sobre las 14h ha sucedido algo fundamental en nuestro periplo japonés: hemos probado el primer bol de ramen. En Fukuoka se come el Hakata ramen, que se distingue del resto por la sopa de color blanquecino, a base de hueso de cerdo, en que se baña el fideo de harina de trigo. El origen del nombre “ramen” es incierto, aunque se supone que resulta de la unión de los caracteres “ra” (estirar) y “men” (fideo). Como muchas cosas en este mundo, el ramen es originario de China, y se introdujo en Japón después de la segunda guerra mundial. Sin embargo, no alcanzó su popularidad actual hasta los años ochenta, cuando el plato adquirió el estatus de fenónemo social, con programas de televisión enteramente dedicados al mismo, y fuerte presencia en los manga, quizá el principal termómetro de la cultura popular japonesa.

Todo esto no lo sabíamos cuandohundimos los palillos en el primer bol. Pero en seguida aprendimos que el ramen debe pedirse “barikata” (algo así como “al dente”), y que si uno se queda con ganas de más (cosa que a mí siempre me sucede), en Kyushu (región de la cuál Fukuoka es la capital) existe el “kaedama”, una ración extra de fideos que se pide cuando se está a punto de terminar con la primera, y que aprovecha la misma sopa.

También aprendimos la mecánica habitual de los restaurantes de ramen. Cuando se espera en la cola (si el lugar es bueno, habrá cola, y si no hay que buscar otro), se aprovecha para realizar el pedido. Normalmente se hace en una máquina, en la que se especifica el punto de cocción, el punto de picante, si se tomará “kaedama”, y si se desea acompañarlo con unas lonchas de cerdo y un huevo duro. Se paga (por lo general unos 900 yen, es decir sobre 7 euros) y se obtiene un ticket, que se entregará más tarde al cocinero cuando te sientas en la barra para comer.

Mientras haces la cola, debes seleccionar tu menú en una máquina como esta

Mientras haces la cola, debes seleccionar tu menú en una máquina como esta

En algunos restaurantes se puede ver como el cocinero prepara los ramen. Es un proceso muy rápido: el fideo, en una cesta metálica, se inserta un par de minutos en una gran olla con agua hirviendo, en la que se cocinan varias raciones de pasta a la vez, cada una en su cestito. Es habitual ver varios relojes electrónicos que van pitando para avisar al cocinero de que la pasta está a punto. Se extrae el cesto del agua, y se escurre la pasta bruscamente, moviendo el cesto de arriba abajo con determinación. En un bol, se junta la sopa (que hierve en otra olla), la carne, el huevo duro y los fideos, y se sirve al co

mensal. Dice la leyenda de algunos restaurantes que la sopa se cocina en una olla que nunca llega a vaciarse del todo. De este modo, adquiere un sabor ancestral, único, inconfundible. Doy fe de que así es, y que en ningún momento pensé que pudiera ser algo poco higiénico.

El ramen debe comerse rápido, por dos motivos. En primer lugar, para experimentar el subidón del fideo, el picante y la sopa, que en condiciones óptimas llega a igualar a los mejores placeres carnales. El único objetivo de comer ramen es experimentar el placer de comer ramen, y por lo tanto no hay lugar para otras distracciones. El segundo motivo es más prosaico: en Japón hay mucha gente, y un buen lugar de ramen siempre estará muy lleno: si se quiere seguir manteniendo un precio bajo, hay que comer rápido para poder atender a todo el mundo.

Además de comer rápido, es necesario ser ruidoso. Sorber sin miedo. Sólo así se aprecia en todo su explendor la textura y el sabor del fideo impregnado de sopa. Las primeras veces te mancharás sin remedio, pues al sorber es inevitable que salten gotas de sopa por toda tu ropa. Después aprenderás que la manera de evitarlo es acercar la cara al bol hasta casi verte reflejado en el caldo, cuál Narciso.

Me recreo en estos párrafos después de casi dos meses sin comer ramen. Los últimos fueron en Kyoto, ciudad en la que probamos una variedad diferente, los Tsukemen. Casi cuando creía que nada podía superar al fideo de Hakata, gracias al amigo Taka descubrí que hay un cielo más allá del cielo. Pero esta historia la dejamos para más tarde. Si has llegado hasta aquí, lector, eres una buena persona que entiende la enorme dificultad de pasar un año sin probar la comida de casa, y por lo tanto observas con comprensión el empeño en dedicar tanto espacio a una comida que nos ha hecho sentir casi tan bien como en casa. Pero ya te mereces que cambiemos a otros temas. A ello vamos.

En Fukuoka, los niños van solos por la calle desde los cuatro o cinco años. En el Japón que hemos conocido, el peligro no existe, la maldad habita en lugares invisibles al ciudadano medio, o bien lleva ropas distintas al crimen callejero. Viendo a los niños tan pequeños caminando solos por la calzada, jugando y riendo, resulta difícil concebir que Japón tenga una historia tan sanguinaria.

Cada tarde vamos a caminar por el parque. Parece que después de un mes por la remota Siberia, nos apetece un poco de naturaleza ordenada, limpia, calculada. En mitad del lago, una isla artificial. Un hombre toca la trompeta sentado en un banco. Una chica baja de la bicicleta y se sienta a su lado. Quizá se conocen, o quizá no. Como iremos comprobando en las próximas semanas, relacionarse puede ser difícil en un país tan higiénico, tan educado, tan seguro. Me pregunto cómo harán el amor.

Una chica contemplando el lago Ohori Koen

Una chica aparca su bicicleta y se sienta a contemplar el lago

La calma es frecuente en Japón. Te coge por sorpresa. Giras a la izquierda desde una ruidosa calle, caminas cien metros y llegas a un templo zen. Recuerdo el de Dazaifu, a dos horas de Fukuoka. Dos jóvenes están sentados, charlando tranquilamente frente a uno de los jardines más hermosos que he visto en mi vida. Es parte de su contexto natural, por eso no necesitan mirarlo boquiabiertos como nosotros.

Charlando en el templo de Dazaifu

Charlando en el templo de Dazaifu

Una noche vamos a un puesto de comida callejera. Corremos unas cortinas, y pasamos del humo y el ruido de la calle al humo y el ruido de la cocina tras una barra con cuatro comensales. El jefe, un hombre de unos setenta años, entretiene a la clientela con lo que creemos son anécdotas de su garito. Al mismo tiempo, va preparando los dumplings, plato estrella del lugar. Su mujer lava los platos y sirve las bebidas. Nuestro desconocimiento total y absoluto del japonés genera más de una broma que no entendemos, pero aún así logramos comer unas tapas deliciosas.

El último día enviamos la ropa de invierno a casa: si todo va bien, ya no la necesitaremos en todo el viaje, y conviene aligerar la carga de nuestras mochilas. Entramos en la pequeña oficina de correos a una manzana de casa. Al vernos vacilar, el jefe de la oficina se levanta enseguida de su mesa, nos ayuda a dejar el paquete en el suelo y termina de fijar las junturas de la caja, cortando hábilmente la cinta aislante con sus manos. Sonríe satisfecho: además de ser el jefe, sabe cómo rematar una caja con diez quilos de ropa para que no se rompa en su trayecto a casa a través de los mares.

Por la noche vamos a despedirnos de Taro. Hablamos, brindamos. Al fondo de la barra, una mujer se entretiene fumando y haciendo origamis. En un momento dado, sin mediar palabra, se nos acerca y nos regala dos origamis y un paquete de tabaco mentolado, que todavía conservo en la maleta. Los japoneses aprenden a hacer origamis desde jardín de infancia. Parece ser que es una actividad excelente para desarrollar el cerebro. También dice la leyenda que a quién consigue realizar 1000 origamis, se le concede un deseo. Es algo que se suele hacer cuando uno tiene una grave enfermedad. Me pregunto si la mujer está enferma, o demasiado sola.

Miro a Taro por última vez, y me pregunto cuánto tardará en volver a la carretera, con su bicicleta, solo.

8 comentarios on Ramen blues

  1. Diana
    13 agosto, 2015 at 18:20 (2 años ago)

    Hola nois,

    quina passada de viatge!!! de tant en tant us llegim i ens posem al dia de totes les vostres experiències, i us haig de dir que el Taro em té fascinada. Quina passada de vídeos, i de trajecte, està clar!

    Disfruteu molt de Japó i si podeu i encara esteu a temps, aneu a un combat de sumo! espectacular l’ambient que es respira allà.

    Molts petons i ànims amb el que us espera!

    carla&diana

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    • Pere Rovira
      15 agosto, 2015 at 15:23 (2 años ago)

      Hola noies! 🙂

      Moltes gràcies per deixar-vos caure per aquí. Si voleu estar al dia, millor ens seguiu per http://www.facebook.com/viajandos, on la @crismataix va publicant fotos del viatge. Pel blog, com que l’escric jo, anem retrassats respecte l’itinerari. Ja fa dos mesos que vàrem deixar Japó 🙂 🙂 Però com que necessito una excusa per tornar a menjar ramen, el tema del sumo em vindrà molt bé per convèncer la Cris 🙂

      Petons!

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  2. Neus
    13 agosto, 2015 at 14:11 (2 años ago)

    Un poquito más de lectura, por favor. Hemos acabado los ramen… ¡Besos sin fin!

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    • Pere Rovira
      15 agosto, 2015 at 15:20 (2 años ago)

      Acabamos de publicar una nueva entrega, recién salida del horno 🙂 Teníamos un objetivo de 4 artículos al mes, pero en Agosto creo que serán dos 🙂

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  3. pere rovira
    26 julio, 2015 at 16:40 (2 años ago)

    aquesta roba que torna a casa i ja ha voltat mig món, plena de vida ben viscuda, us esperarà nostàlgica i feliç. Abraçades.

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    • Pere Rovira
      15 agosto, 2015 at 15:19 (2 años ago)

      Doncs em temo que no ens esperarà, perque els treballadors de Correos han decidit que la caixa de roba usada ha de pagar impostos, i l’han retornat al Japó. El que han fet és incorrecte i ho reconeixen, però no ens saben dir com ha pogut passar i què podem fer. Estem en procés de reclamació, però és Agost, i ja se sap… En fi, la roba torna a Japó, deu enyorar els ramen més que jo. Ja explicarem com acaba la història.

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  4. Neus
    25 julio, 2015 at 08:09 (2 años ago)

    ¡Muy Bien! Qué ricos los ramen, casi como si los estuviera comiendo al leeros, me los como rapido para que la cola de lectores se haga más corta y haya “ramen blues” para todos. ¡Qué hermosura pasear por un jardín zen…! La ropa de invierno de vuelta a casa, hay que aligerar equipaje. ‘Menos es más’. Los niños que juegan, “la maldad invisible”… ¡Cuántas emociones, cuántas preguntas! ¿Los origamis son dibujos? Pienso que la mujer que os los regaló fue porque era generosa y os vio felices y llenos de vida y quiso acercarse a la felicidad al regalaros el paquete de tabaco mentolado y los origamis. Hasta la nueva entrega amados viajeros. Más que nunca gracias, felicidades y besos dobles. ¡Y un saludo a la mujer y a Taro!

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    • Pere Rovira
      15 agosto, 2015 at 15:14 (2 años ago)

      Los origamis es un arte japonés que consiste en realizar figuras de papel. Aquí hay una buena explicación: https://es.wikipedia.org/wiki/Origami. Gracias por seguir dejando comentarios tan completos! Seguimos escribiendo y leyendo!

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