Puños

Le pregunto a May Kieu dónde están los viejos del pueblo. Muertos, contesta riendo, como si fuera lo más normal del mundo. “Es el agua feliz. En invierno no hay trabajo de hombres. Se quedan en casa fumando y bebiendo todo el día. No pasan de los sesenta. Las mujeres no bebemos y trabajamos más, por eso llegamos a viejas.”

La abuela de la casa pasa el día en el patio, cortando ramas para hacer baños medicinales o desgranando maíz. Cuando oscurece, se sienta junto al fuego y corta vegetales para los animales. No la he visto hablar nunca con nadie de la familia. May Kieu y Lua casi tampoco se hablan. Aquí todo el mundo va a la suya, porque tienen muy claro lo que tienen que hacer, y siempre hay algo que hacer. Viéndolos, queda claro que la familia es una forma de facilitar la supervivencia. El ocio, el amor, no parecen formar parte de su rutina diaria. Pero nunca se quejan. Al contrario. Recuerdan la época en que sus padres estaban vivos, y dicen que pasaban días enteros sin comer, y que lloraban mucho. Eran 13 hermanos. Te lo dicen, sonríen, y se levantan a hacer cualquier otra cosa.

La familia de May Kieu come abundante tres veces al día. Kathy les envía los clientes que reservan por la página web. Pero también tienen acuerdos con operadores turísticos de Sapa, y cobran tarifas más altas sin que Kathy y el fondo para los niños, quizá, lo sepan. Una vez le digo a May Kieu que Kathy me ha dicho que le recuerde que la mitad de los ingresos son para el fondo para que estudien sus hijos. Sonríe. Me habla de construir un edificio anexo con más habitaciones. Todo esto es muy caro, dice. Además de escribir, también está aprendiendo a pensar como los ricos.

La vida en el campo de Vietnam ha mejorado sustancialmente en los últimos 30 años. Después de luchar por su independencia contra Francia y Japón, después de superar una guerra civil alimentada por Estados Unidos, el país ha disfrutado de casi cuatro décadas de paz. Lejos parecen quedar las palabras ante el senado de John Terry, actual ministro de exteriores de Estados Unidos, que en 1971 describía así las prácticas de los soldados estadounidenses en Vietnam:

“Explicaban que personalmente habían violado, cortado orejas, cabezas y piernas. Mediante cables, conectaban los genitales humanos al teléfono y lo enchufaban a la corriente. Hacían explotar cuerpos, disparaban al azar a civiles, aniquilaban pueblos enteros como en los tiempos del Gengis Khan. Disparaban al ganado y a los perros por diversión, envenenaban la comida, y en general arrasaban con la vida del campo del sur de Vietnam. Todo esto además de las prácticas habituales de la guerra, y el modo tan particular que tiene nuestro país de utiizar el poder de los bombardeos”.

Este modo tan particular de bombardear que señala el ministro Terry lo describía más gráficamente el jefe de personal de las fuerzas aéreas de los Estados Unidos, durante la guerra de Vietnam, con esta frase: “vamos a devolverles a la edad de piedra”. El sueño americano siempre ha necesitado los contrastes.

El Viet Cong, el ejército comunista del Norte de Vietnam, bajo las órdenes de Ho Chi Mhin, tampoco se quedaba atrás. Contra los estadounidenses – como le gusta destacar a Hollywood – pero sobre todo contra sus compatriotas del sur, descritos como traidores vendidos al capitalismo. Dicen los testimonios que cortaban los genitales de los alcaldes y los cosían al interior de sus bocas. Les gustaba arrancar las lenguas de sus víctimas, e introducir una caña de bambú por una oreja y hacerla salir por la otra. Rajaban la barriga de las mujeres embarazadas, disparaban a bocajarro a niños, despedazaban con machetes los cuerpos vivos de hombres y mujeres, y cortaban los dedos de los niños que iban al colegio. Estudiar era un peligroso signo de capitalismo. Los batallones tenían asignadas cuotas mensuales de asesinatos.

En total, murieron aproximadamente dos millones de vietnamitas y sesenta mil estadounidenses. Después de la guerra, entre 1 y 2 millones de vietnamitas del sur fueron enviados a campos de “re-educación”, para aprender los valores comunistas. Unos 300,000 fueron malos estudiantes, y los asesinaron. Otros dos millones de vietnamitas escaparon del país. Estados Unidos acogió a un millón. Australia, Canadá y Francia a 500,000. 250,000 llegaron a China. 300,000 murieron ahogados en el mar.

Fruto de diez años de guerra, miles de niños de madre vietnamita se quedaron sin padre cuando Estados Unidos retiró del país a todos sus efectivos. Intento imaginar cómo podían sentirse. ¿Qué pensaban de su padre? No parecían guardarle rencor, porque 26,000 de ellos emigraron a los Estados Unidos entre 1980 y 1990.

Pero las cifras de la crueldad no terminaron con la guerra. Durante la contienda, Estados Unidos experimentó con armas químicas por primera vez – la más conocida es el Gas Naranja. Desarrolladas por empresas como Dow Chemical Company o Monsanto – hoy en día la mayor multinacional de la alimentación – se utilizaban para deforestar el país, y evitar que el Viet Cong pudiera esconder sus armas en la selva. Se usaron de forma masiva entre 1961 y 1971, y hoy en día siguen modificando fatalmente la cadena alimentaria, causando malformaciones y enfermedades congénitas.

Una asociación de víctimas vietnamitas afectadas por el Gas Naranja presentó una demanda contra Dow Chemical y otras empresas químicas estadounidenses. La demanda, y la apelación posterior, fueron rechazadas en 2008. Un estudio del gobierno de Vietnam en 2006 estima en cuatro millones el número de víctimas del Gas Naranja, pero el gobierno de los Estados Unidos niega cualquier relación entre las armas químicas y las supuestas víctimas. Sin embargo, la Administración Estadounidense de Veteranos de Guerra ha detectado las siguientes enfermedades en los soldados expuestos al Gas Naranja, y sus descendientes: cáncer de próstata, cánceres respiratorios, myeloma, diabetes, limfomas, enfermedades cutáneas diversas, neuropatías, espina bífida.

Si trasladamos a la divisa de 2008 el coste total de la guerra, el gobierno de los Estados Unidos gastó 700,000 millones de dólares en diez años. Para poner las cifras en perspectiva: Estados Unidos dedica anualmente unos 30,000 millones de dólares al desarrollo. La Guerra de Vietnam le costó al país más rico del mundo el equivalente a la ayuda que ha dedicado a los países en desarrollo durante los últimos 25 años.

Son datos demenciales para una guerra que poca gente juzgaba necesaria, pero que el flamante presidente Lyndon B. Johnson decidió reactivar tras el asesinato de Kennedy. Quizá tenía celos de la popularidad del difunto, quién sabe. El entonces asesor del presidente Jack Valenti declara que “Vietnam no era un problema más grande que el puño de un hombre en el horizonte. Casi no hablábamos del tema porque no valía la pena, francamente”. El puño, al parecer, se les fue de las manos. Y se les sigue yendo, porque las recientes guerras de Irak y Afghanistán costaron más que la de Vietnam.

May Kieu nos explica que poca gente pasa hambre en Vietnam hoy en día. Los Hmong, que viven en la montaña marginados, son los más pobres. Pero no parece importarle mucho, no le gustan, habla de ellos como se habla de los gitanos en España. Quizá todavía les guardan rencor, porque los Hmong sirvieron en la guerra como espías entrenados por los Estados Unidos. Y eran muy buenos, porque conocen mejor que nadie los caminos de las montañas. Decidimos dar una vuelta por los asentamientos Hmong de los alrededores.

Valle de ta phin

Vista de uno de los valles, con la escuela de Ta Phin al fondo

Caminamos por la montaña y nos cruzamos con tres poblados de unas pocas casas. Los niños juegan en el patio medio desnudos, y se esconden en casa cuando pasamos por delante. Un perro nos corta el camino, ladrando de manera no muy amistosa. Bajamos por una ladera llena de piedras y basura, hasta llegar a un río. Me imagino a las milicias de Hmong entrenadas por los estadounidenses, cruzando clandestinamente desde Laos para desactivar a las guerrillas comunistas.

Casa Hmong

Una de las típicas casas de la zona

Seguimos el río, y llegamos al valle. Al fondo, un edificio bastante grande y la carretera. Es la escuela, con la foto de Ho Chi Mihn a la entrada. Un par de adolescentes están sentados en la entrada, sin hacer nada. Nos miran con cara aburrida y pocas ganas de hablar, y pasamos de largo.

Decidimos cruzar a través del campo de arroz, por un pequeño camino junto al canal. Es la hora mágica para el fotógrafo, cuando el sol regresa a casa despúes de una calurosa jornada de trabajo. Cualquier objeto cobra, a esta hora, una vida especial ante el objetivo. Yo me fijo en un árbol solitario en el horizonte, que son los árboles que más me gusta mirar. El paisaje no es tan espectacular como las terrazas de arroz de Yuangyuan, pero es más accesible, más agradable para pasear un rato por la tarde. Tengo la sensación que este paisaje resistirá durante más tiempo los bombardeos del turismo y la construcción. Es como sus habitantes: discreto, apacible, aparentemente frágil pero infranqueable.

Giramos a la derecha y volvemos al camino principal. De repente, como salida de la nada, un niña de unos cinco años se cuela en nuestro paseo. Durante tres cuartos de hora camina junto a nosotros, insistiendo en que le compremos unas pulseras por cuarenta céntimos. Las lleva en un pequeño bolso colgado del cuello, y nos las enseña, finas como sus dedos y de colores chillones que contrastan con la monotonía deprimente de su discurso. Intentamos proponerle algún juego, hacerle alguna carantoña, pero ella sólo quiere vender pulseras. Es una comercial muy tenaz, y muy triste, con su sucia camisa blanca y nada más. Comprendo el significado de tener el corazón en un puño. Cuando nos acercamos al pueblo, la niña se da la vuelta: no quiere que la descubran las autoridades, que en teoría luchan contra este tipo de esclavitud familiar.

Cruzamos el pueblo y tomamos un camino hacia la aldea. Vemos a otro niño de no más de 10 años. De algún modo, se las apaña para subir a lomos de un buey gigante, y lo conduce como si fuera su bicicleta, a través del campo de arroz. El animal avanza despacio, manso.

Cuando llegamos a casa, los australianos, los brasileños, Dee, Tay y otros niños de la aldea han organizado un partido de fútbol. De los australianos juegan el padre y los dos hijos, de unos 12 años. La madre hace fotos con su réflex digital. Son una familia bastante repelente. El padre suele leerles Harry Potter a la hora de la siesta, con tanto dramatismo que nadie puede dormir. Pero ha organizado el partido de futbol, y a pesar de ser el más viejo es quien más pasión le pone. Ha logrado, en definitiva, que los apáticos Dee y Tay disfruten a lo grande por primera vez en cuatro días.

Les observo jugar y gritar y reir desde una colina detrás de la casa, mientras anochece. He subido aquí para estar un rato a solas, antes de cenar. Soy como el guardián entre el centeno, icono de mi adolescencia, 20 años más viejo. Un perro se me acerca y se sienta a mi lado. Enciendo un cigarrillo, y dejo que la noche me engulla. Un mosquito impertinente me recuerda que aquí reflexionar es un lujo. Quizá por eso la gente es tan resistente y tan frágil.

4 comentarios on Puños

  1. Orioln
    20 marzo, 2016 at 22:25 (2 años ago)

    Ens Vietnamites es van trobar al mig de una guerra entre capitalisne i comunisme.

    Paradoxalment, va guanyar el comunisme, però ara són més aviat capitalistes.

    Orgullosos d’haver guanyat la gran super potència militar mundial, però alhora, s’han recinvertit

    Pero piel camí, milers dinnocents pel mig… Pobrets

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    • Pere Rovira
      25 abril, 2016 at 17:00 (1 año ago)

      Si “només” fossin milers… Milions!

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  2. Neus
    15 marzo, 2016 at 12:46 (2 años ago)

    Sin comentario, toda la barbarie que cuentas. Sí, a veces el corazón se tiene en un puño. ¡Besos dobles!

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    • Pere Rovira
      19 marzo, 2016 at 18:25 (2 años ago)

      Lo que más sorprende es cómo se han recuperado… O al menos, eso parece.

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