Primer día a bordo

A las 12 bajamos a comer. Conocemos a Devi, la otra pasajera, una chica de Estados Unidos de 25 años. Dice que está contenta de que seamos gente normal. Ella es una poeta activista, vegana y feminista. Está desarrollando un proyecto sobre el agua, financiado por la Universidad de Harvard. Lleva colgada del cuello una cartulina en la que pone “cuéntame tu historia sobre el agua”. Su plan es recoger varias de estas historias, y escribir un libro sobre la relación del ser humano con el agua.

Viaja en bicicleta y barco, porque también es ecologista. El trayecto hasta Australia, sin embargo, lo hizo en avión. Come muy rápido y se despide. “Tengo que escribir una propuesta de libro. Estoy leyendo un libro sobre cómo escribir propuestas. Para ser escritor, lo más importante es saber escribir propuestas de libro”.

Nosotros alargamos un poco más la comida, y después nos retiramos a nuestro camarote. Es como un pequeño apartamento. Tenemos una sala de estar de unos veinte metros cuadrados, con un par de sofás y una mesita, y una mesa grande de despacho con una librería detrás. Toda una pared está cubierta de ventanas que dejan ver el mar infinito más allá de los contenedores de colores. Una puerta conduce al dormitorio, compuesto por una cama de matrimonio estrecha, un par de mesillas de noche, el armario ropero y el acceso al baño, que en un espacio diminuto acoge el lavamanos, la taza del wáter y la ducha.

Todos los muebles están rematados por un bordillo elevado, para impedir que los objetos se caigan fácilmente con el vaivén de la nave. Además, hay varias rejillas adherentes sobre las que se aconseja colocar vasos, botellas y otros enseres delicados. La decoración es funcional y austera, sin ninguna voluntad de tener la más mínima personalidad. Muebles marrones, sofá rojo, suelo azul enmoquetado, cortinas naranjas. De las paredes cuelgan un cuadro, el altavoz del sistema de megafonía interna y unas hojas con el plano del barco e instrucciones de seguridad. Tenemos televisor, dvd, equipo de música y una nevera. Algunas novelas de gasolinera en las estanterías, y en un cajón un mapa del cielo nocturno.

Pican a la puerta. Abrimos con algo de dificultad, porque son puertas de seguridad duras de accionar, como casi todo aquí. Es el tercer oficial, viene a buscarnos para darnos una vuelta por el barco y contarnos las principales normas de comportamiento y seguridad a bordo. Bajamos a pie. Los pisos están indicados por letras, de la A a la G. Arriba de todo está el puente de mando, desde donde el capitán y los oficiales controlan el rumbo. Siempre hay dos personas como mínimo, por si una se duerme o le sucede algo. Los oficiales pasan un total de 8 horas al día en el puente, en turnos de 4 horas. Por ejemplo, trabajas de 8 de la mañana a 12 del mediodía, y de 8 de la tarde a 12 de la noche. O bien de 12 a 4, o de 4 a 8. Es un horario que te parte el día -y la noche- y no te permite planificar gran cosa más allá del trabajo. Pero tampoco hay mucho más que hacer.

En el piso F, justo debajo del puente de mando, están las habitaciones del capitán, el oficial jefe, el oficial jefe ingeniero, y la nuestra. En el E están las habitaciones del resto de oficiales, y la lavandería de autoservicio. En el D un gimnasio con un par de máquinas, un pingpong y una pequeña piscina que hay que llenar y vaciar cada vez que se usa. En el C más habitaciones. En el B, un comedor para el capitán, los oficiales y los pasajeros, y otro comedor para el resto. Una sala de televisión y juegos para capitán, oficiales y pasajeros, y una sala de televisión y juegos para el resto. La cocina, con sus congeladores gigantes, y regida invariablemente por filipinos. Y una pequeña tienda que sólo abre los viernes de cuatro a cinco de la tarde, y vende chocolates, cerveza, whisky, aperitivos y artículos de higiene personal. El tedio monótono de los días convertirá la apertura de la tienda en el acontecimiento de la semana.

La sala de televisión y juegos está presidida por un televisor gigante y cientos de DVDs. Contrariamente a lo que dice el mito, no hay ninguno pornográfico. Al menos en público, la tripulación prefiere entretenerse con el karaoke, la consola de videojuegos, las cartas y las guitarras.

Finalmente, en el piso A se encuentra la oficina del ingeniero jefe, que es el encargado del funcionamiento mecánico del barco, y por lo tanto necesita estar cerca de la sala de máquinas, justo debajo. Es también el punto de encuentro para todo tipo de asuntos burocráticos, por ejemplo el control de pasaportes de la policía en cada puerto. La sala de máquinas, de cuatro pisos de altura, la dejamos para otro momento.

Tenemos libertad de movimiento por todo el barco, excepto para la sala de máquinas, a donde tiene que acompañarnos un oficial. Así mismo, si queremos salir a cubierta, es mejor advertirlo antes al puente de mando, por si el estado del mar no fuera el adecuado, o estuviéramos a punto de realizar alguna maniobra o mantenimiento mecánico que no aconsejara salir. Es posible dar toda la vuelta al barco por la cubierta en unos quince minutos andando. Es un caminito en su mayor parte muy estrecho, a menudo mojado y con restos de sal. La barandilla es muy bajita, así que yo siempre camino pegado a la pared y con cierta intranquilidad. ¿Y si de repente viene una ola? En un barco así, si te caes al mar estás muerto. Suponiendo que alguien te viera, en el tiempo de dar el aviso, frenar y cambiar el rumbo se habrían recorrido varios kilómetros. Sin ningún punto de referencia, es imposible encontrarte.

Después de la visita guiada, el oficial nos lleva a un despacho para enseñarnos las instrucciones básicas en caso de emergencia. Es decir, en caso de naufragio. Lo más complicado es aprender a ponerse el traje impermeable en menos de un minuto. Es parecido al de un submarinista, y en caso de caer al mar puede salvarte la vida. En las aguas más frías, sin traje te morirías por congelación en unos tres minutos. Con traje aguantarías casi una hora. Suficiente para que el bote salvavidas pudiera localizarte y salvarte. Ni Cris ni yo logramos ponernos el traje en el tiempo requerido. De hecho, yo necesito casi un cuarto de hora, y la ayuda de Cris y el oficial para lograrme embutir a duras penas dentro de este engendro. Reímos a carcajadas. Estamos haciendo buenas migas con el oficial. Me parece que esta es la verdadera utilidad del traje.

A las cinco de la tarde acudimos puntuales al comedor, y cenamos con el capitán. Es polaco, y muy hablador. Le explicamos nuestro viaje, pero él quiere saber a qué nos dedicamos profesionalmente. Se le ilumina la cara.

“Entonces ustedes hacen algo similar a lo que está estudiando mi hija. Ciencia cogni algo”.
“Ciencia cognitiva”, apunto.
“Eso”.

Creo que por primera vez ha entendido que lo que su hija estudia puede servir para labrarse un futuro decente. “Si quiere le doy mi email y su hija puede escribirme”. Nos da las gracias. De repente hemos subido un escalafón. Pero el capitán tardará poco en volvernos a poner en nuestro lugar. Resulta que yo me refiero al barco como “cargo boat”, y es un error. En inglés el término “boat” suele utilizarse para referirse a barcos de tamaño pequeño. Para los grandes se habla de “vessel” o “ship”. A la tercera vez que digo “boat” el capitán me interrumpe, visiblemente irritado.

“Por favor, no diga más que vamos en un “cargo boat”. Diga que vamos en un cargo vessel o cargo ship. Pero nunca en un cargo boat. Yo no soy el capitán de un barquito.”

Y con esta frase, y su recuperada autoridad, nos despedimos amablemente hasta el día siguiente. Ya hemos pasado nuestro primer día a bordo. Mañana, a las tres de la tarde, por fin zarparemos.

4 comentarios on Primer día a bordo

  1. Neus
    31 agosto, 2017 at 13:08 (3 semanas ago)

    Es verdad “quin neguit”… Sobre todo, el pasillo tan estrecho y con la barandilla tan baja… Desde luego, toda una aventura… locura y ventura. Vosotros habéis tenido “ventura”. “Ven ventura,
    ven y tura (dura)” ¡¡Agradecédlo a tope!! Y nosotros más!!! Hemos de llegar a la Sala de máquinas… ¡Muchos besos!

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  2. Neus
    7 julio, 2017 at 14:03 (3 meses ago)

    También lo leeré con calma. Bien por Oriol. ¡¡Besos dobles!!

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  3. oriol
    4 julio, 2017 at 02:42 (3 meses ago)

    Quin neguit al cos!!. I sense internet?

    Quants ‘turistes’ a part de la ecologista?

    Com deu ser començar un viatge duns astronautes?

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    • Pere Rovira
      10 julio, 2017 at 17:40 (2 meses ago)

      Al vaixell anàvem només tres passatgers. La resta, uns 20 en total, tot tripulació. No teníem internet. En d’altres vaixells que vàrem agafar, però, hi ha la possibilitat de tenir correu electrònic. Però és força limitat. Crec que és part de la gràcia pel turista. La tripulació, per cert, sol tenir més facilitats per connectar-se, però crec que també depèn del capità.

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