Pick (me) up

A las siete de la mañana la tía de Sirikan nos lleva con su furgoneta hasta Si Satchanalai, un pueblo a media hora de Ban Na Ton Chan. Nos despedimos, nos hacemos una foto, y volvemos a estar solos. Queremos visitar el conjunto de templos a las afueras del pueblo. Preguntamos a varias personas cómo llegar, pero nadie parece saber nada.

Indicaciones ambiguas que finalmente nos llevan a una parada de autobús. Esperamos una hora, y nada. En este rato, el café de enfrente ha abierto, así que decidimos desayunar y tomarnos un buen café con leche helado, con mucho azúcar, como aquí es norma. Son las nueve.

La furgoneta de la tía de Sirikan. Nos lleva al pueblo en la parte de detrás.

La furgoneta de la tía de Sirikan. Nos lleva al pueblo en la parte de detrás.

A las diez, encontramos una camioneta compartida que dice que puede llevarnos cerca de las ruinas. Subimos, y al cabo de veinte minutos nos deja en un cruce. Miro el mapa que nos han hecho en el café, en donde hay dibujada una carretera grande y otra más pequeña perpendicular, con una flecha que indica “templos”. Debe ser el cruce donde estamos, así que comenzamos a caminar por el arcén de la carretera más pequeña, arrastrando las maletas. Al cabo de un cuarto de hora vemos a un hombre arreglando el jardín de su casa, y le preguntamos por los templos. Deja lo que estaba haciendo, y viene a charlar con nosotros un rato.

Este es el único mapa que tenemos para llegar a los templos.

Este es el único mapa que tenemos para llegar a los templos.

El tipo conoce unas pocas palabras en inglés, suficientes para hacernos saber que estamos en el quinto pinto. No llegaremos a los templos andando y con este sol infernal. Tampoco sabe si vamos a encontrar un lugar para alquilar bicicletas, nuestro plan original. Pasa una moto, y el tipo la para. Hablan un buen rato. La moto reinicia su camino. El hombre nos indica que la moto ha ido a preguntar a otro lugar si alquilan bicicletas. Tenemos que esperar a que vuelva. Charlamos, intentando explicar como podemos nuestras aventuras. El tipo se divierte. Al cabo de un rato pasa una camioneta “pick up”, con el maletero descubierto. El hombre la para y habla un rato con el conductor. Entonces nos dice que subamos a la parte de detrás, que la camioneta nos llevará a los templos, y que ahí encontraremos bicicletas.

Le damos mil gracias, y subimos al maletero. Al cabo de cinco minutos nos cruzamos con la moto, que nos saluda sonriente. No hay tiempo para explicarle lo que ha pasado. Nos sabe mal haberle hecho perder el tiempo, pero la verdad es que no ha parecido importarle. Nos ha sonreído, y punto. A los diez minutos llegamos al conjunto de templos. Le damos las gracias al conductor de la camioneta, que sonríe, da la vuelta al vehículo, y se va por donde nos ha traído. Alquilamos las bicicletas, y nos guardan el equipaje debajo de una mesa del restaurante al aire libre, a la entrada del conjunto de templos. “No os preocupéis, aquí están seguras las maletas”.

Escaleras de entrada a uno de los templos.

Escaleras de entrada a uno de los templos.

No hay nadie, tenemos todos los templos para nosotros. Caminamos entre ruinas milenarias y vegetación tropical. Pájaros y monos nos hacen saber con sus cantos que están al acecho, escondidos, vigilándonos. El musgo cubre las escaleras de piedra, las paredes de los templos derrumbados, la piel de las estátuas de los budas. A pesar de no ver a nadie, debe ser un lugar frecuentado por los locales, porque encontramos varias ofrendas de comida fresca. Arroz, pescado, cerdo, plátanos, huevos duros, flores, agua, incienso humeante. Además, muchos budas tienen ropa encima, como si los hubieran vestido.

Caminamos entre ruinas y templos, encontrando budas como este.

Caminamos entre ruinas y templos, encontrando budas como este.

No conocemos la historia de este lugar, el simbolismo de las diferentes figuras de buda, de las ofrendas, de la arquitectura de los templos, muy diferentes entre ellos, de diferentes épocas. Pero nos importa poco. Simplemente paseamos, y de vez en cuando nos quedamos en silencio contemplando las estatuas, las escalinatas, las bóvedas. En un claro, frente a uno de los templos más bonitos, nos sentamos a comer las sobras de la cena de ayer. En seguida vemos que es una mala idea: hormigas gigantes acuden curiosas a probar nuestros manjares. Comemos de pie, es la única manera de evitarlas.

Algunos budas van vestidos con telas amarillas o naranjas. Desconocemos el significado.

Algunos budas van vestidos con telas amarillas o naranjas. Desconocemos el significado.

Devolvemos las bicicletas y recogemos nuestras maletas en el restaurante. Insisten en que comamos algo, pero sólo queremos agua. Cuando les preguntamos cómo podemos volver al pueblo, nos piden demasiado dinero por llevarnos con una moto taxi. Así que les decimos que no, y hacemos el gesto de irnos a pie. Nos miran con cara de mala leche, y no hacen ninguna contra-oferta a la baja, como suele ser habitual. Así que caminamos. Al cabo de veinte minutos, llegamos a la carretera principal. Hacemos auto-stop, y el tercer vehículo que pasa se para. Van cuatro mujeres a bordo. Vuelve a ser una camioneta pick-up, nos indican que subamos detrás en el maletero. Nos hacemos un hueco entre las ollas todavía calientes, las bandejas de comida preparada, la fruta, las verduras. Al parecer, estas mujeres tienen un puesto de comida ambulante, o vienen de participar en algún tipo de mercadillo. Quién sabe. El caso es que huele muy bien, y tenemos que controlarnos para no mojar el dedo.

Las mujeres nos dejan en una parada de autobús del pueblo, desde la que podremos llegar a la estación de tren de Uttaradit. Incluso bajan a preguntar los horarios, y nos indican cuánto tendremos que esperar. Les agradecemos su ayuda, ellas sonríen y desaparecen por donde han venido. Al cabo de un rato aparece el autobús, y al cabo de un par de horas llegamos a la estación de tren de Uttaradit. Compramos los billetes y nos sentamos en el vestíbulo para pensar qué hacer. Todavía faltan varias horas para nuestro tren nocturno, el primero que cogeremos en Tailandia, con destino a Bangkok.

De repente, una mujer de unos 50 años y una niña de unos 6 se nos acercan. La mujer empieza a decirnos cosas en tailandés, intercalando alguna palabra en inglés. Así mismo, insiste a la niña para que practique su inglés. Tenemos la típica conversación limitada de quién no conoce el idioma del otro: estamos de viaje por el mundo, nos gusta mucho Tailandia, esperamos el tren hacia Bangkok, somos de Messi, es decir Barcelona. Entonces la mujer coge un papel y, después de escribir unas líneas, nos lo entrega. Es la dirección de su casa, por si queremos ir o necesitamos algo. La mujer nos entrega otro papel en blanco, y nos pide que escribamos nuestra dirección. Finalmente, nos pide que nos hagamos una foto con la niña, suponemos que su nieta. Le enseñamos la foto, hablamos un poco más, y se despiden.

En la estación de Uttaradit nos hacemos amigos de esta niña y su abuela.

En la estación de Uttaradit nos hacemos amigos de esta niña y su abuela.

Buscamos la consigna para dejar las maletas y así poder dar una vuelta por el pueblo más ligeros. No hay consigna, pero sí un cuarto donde un hombre nos indica que podemos dejar el equipaje, que él lo vigila. Preguntamos si a las once, cuando sale nuestro tren, va a estar abierto. Nos dice que sí, que siempre hay alguien por la estación. Lo dice con esa despreocupación tan preocupante, que cada vez nos preocupa menos porque ya nos vamos acostumbrando a que parezca que nada va a salir bien, y todo acabe saliendo bien.

Salimos a dar una vuelta. Encontramos un garito especializado en Som Tam, la ensalada de papaya verde típica de Tailandia. Pica a rabiar, pero al mismo tiempo es refrescante y muy sabrosa. Como tantos platos del sudeste asiático, el aliño es casi más importante que los ingredientes principales. Para la ensalada Som Tam, se prepara un aliño con ajo, chile, salsa de pescado, lima y gambas secas. El objetivo es combinar diferentes sabores, y confundir al paladar: dulce, agrio, picante, salado.

El camarero, que también es el cocinero, nos pregunta qué nivel de picante queremos. Es una pregunta que nos suelen hacer, pero que sirve de poco. No existe una escala universal de picante para ponernos de acuerdo. Así que solemos pedirla al gusto del cocinero. A veces no pica nada, y a veces pica tanto que casi no podemos comer. Esta vez, pica lo justo: suficiente para hacerte llorar, pero no tanto como para hacerte abandonar. Como tantas cosas en la vida.

Observamos al cocinero preparar nuestra ensalada. Trabaja en un mostrador repleto de dibujos y garabatos de los clientes. Sobre el mostrador, un gran recipiente cilíndrico repleto de papaya verde cortada a tiras. En botes más pequeños, otros ingredientes y aliños. Va combinando los diferentes elementos en un bol, con calma pero sin pausa. Sirve la misma comida que en los garitos tradicionales, pero el lugar tiene un aspecto moderno, joven. Las mesas y los taburetes son de madera, las paredes están decoradas con fotos, cuadros, dibujos de árboles y bicicletas. Eso sí, no falta el calendario con la foto del rey. Y el hielo sale de una especie de barreño cubierto, situado en la calle junto a la puerta de entrada. Al cabo de un rato nos damos cuenta que comparten el hielo con el local de al lado, una especie de pub.

Después de cenar, tomamos un par de cervezas en el pub. Empieza a caer una lluvia torrencial, propia de la época de monzones en que estamos. Cuando disminuye la intensidad, decicimos volver a la estación. Pasamos por delante del restaurante, y de repente oímos una voz que nos llama. Es el dueño, que nos ofrece un paraguas para que no nos mojemos. Le damos las gracias, pero le decimos no lo necesitamos.

Recogemos las maletas y al cabo de una hora subimos al tren, junto a otros tres pasajeros. Hace un frío polar, incluso bien tapados bajo las mantas de lana. Al cabo de unas horas llegaremos a Bangkok, donde casi nadie ha oído hablar de Uttaradit. 

3 comentarios on Pick (me) up

  1. neus
    23 septiembre, 2016 at 22:00 (1 año ago)

    “Esta vez, pica lo justo: suficiente para hacerte llorar, pero no tanto como para hacerte abandonar”. ¡¡Bien!! ¡¡Besos dobles!!

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  2. Orioln
    19 septiembre, 2016 at 22:15 (1 año ago)

    Aquesta rara sensació que algo acabarà anant malament, però finalment, si es vol i s’intenta, tot acaba sortint prou bé.

    Es com la inversa de murfi.

    Segur que tampoc expliqueu aventures a llocs que al final surten ‘ranes’, o que si algú us hagués ajudat en aquell precís moment, potser haguéssiu trobat allò altra…. És com un creuament de vides o trens o pickups que agafes i trens que s’escapen… Al final s’ha d’anar gaudint del que es té!!

    Quin gran viatge, suposo que amb el temps, on la memòria i les emocionses es van fent cada vegada més selectives, tailandia serà un dels generadors de records de bons moments.

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    • Pere Rovira
      21 septiembre, 2016 at 16:36 (1 año ago)

      M’agrada això de la inversa de la llei de Murphy, m’ho apunto 🙂 – efectivament, Tailandia quedarà en la memòria com un dels grans llocs, i això que encara no hem parlat de Koh Lipe…

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