Nueve yuanes

A las 7 de la mañana nos vamos de Pugolaozhai. Nos acompañan Camilo y Gina, dos colombianos que hemos conocido en el hostal. Tienen veintipocos años, llevan unas mochilas gigantes a la espalda, ella habla sin cesar y él sonríe todo el tiempo.

Me gusta poder subir las escaleras de salida del pueblo siguiendo su ritmo. Llueve, como debe ser siempre que se abandona un sitio del que no te quieres ir.

Gina lleva en China 6 meses, intentando mejorar el idioma, aunque confiesa que los primeros meses no fue prácticamente a clase y se dedicó a viajar por el país. Al principio fue muy complicado y estuvo a punto de tirar la toalla. Después de 8 años estudiando chino en Colombia, llegó aquí y no la entendía nadie. La profesora en Colombia no le daba mucha importancia a los tonos, y parece ser que son importantes. Además, en cada lugar de China prácticamente se habla un idioma diferente.

Nos recomienda una aplicación para el teléfono móvil: enfocas o dibujas un caracter en la pantalla, y te da la traducción. Es muy útil para interpretar los letreros, los billetes de tren, los menús. Es una aplicación que deberían utilizar los turistas que se tatúan caracteres chinos. Parece ser que los caracteres más tatuados son el de “sopa” y “agua”, porque son muy estéticos a ojos occidentales. Después de un mes en China, tengo la sensación de que en muchos aspectos, yo también me he tatuado caracteres que no entiendo.

El resto del trayecto nos explican maravillas de Colombia, sobre todo de su cocina tradicional. Llegamos a la estación de autobuses de Xinjie. Gina y Camilo van hacia Kunming, nosotros hacia Hekou, el último pueblo chino antes de cruzar la frontera a Vietnam. Su autobús sale ya, así que nos intercambiamos los emails – “si van a Colombia tienen que escribirnos” – y nos hacemos una foto.

Gina y Camilo

Gina y Camilo, nuestros compañeros de viaje en el último día en China

Nosotros todavía tenemos tiempo, así que decidimos buscar algo para desayunar. Nos duele un poco el estómago, y tenemos antojo de algo similar al pan. De algo que no sea chino. Encontrar café ya sería celestial. Cris se queda en la plaza con las maletas, y yo salgo en busca del desayuno.

Bajo por unas escaleras, y llego a la calle principal. Son las 8 de la mañana, momento de máxima actividad del día. Las tabernas están llenas de clientes comiendo sopa de fideos. En una pequeña tienda, venden una especie de bollos rellenos de carne. Más allá, vestidos tradicionales, utensilios para la cocina, para el campo. Una farmacia, la única a una hora a la redonda. Ni rastro de café, pan o cualquier cosa por el estilo. Después de caminar durante veinte minutos, vuelvo a la plaza. Toca comer fideos otra vez.

Delante nuestro, un restaurante que pinta bastante bien, con una parte abierta y la otra cerrada. Entramos, nos dicen que está cerrado. Intentamos preguntar a qué hora abren, señalando nuestra muñeca como quién señala un reloj. Pero el lenguaje corporal en China es diferente, no entienden qué estamos haciendo. Tenemos la sensación de que nos toman por locos. Estamos habituados. Intentamos dibujar un reloj. Nada, no sirve de nada. Decidimos ir entrando cada diez minutos, no tenemos nada que hacer, y a la tercera nos invitan a sentarnos.

Pedimos dos raciones de arroz frito con ajos tiernos. Es lo más barato, nos van a maldecir, pero es lo que nos apetece. En un rincón, un tipo va cortando a trocitos un lomo de cerdo, concentrado en su tarea. Al cabo de un rato termina, levanta la mirada, y desaparece hacia la cocina. El arroz nos sienta de maravilla.

Al salir de Xinjie, nos encontramos con la comitiva de un entierro. Durante veinte largos minutos, nuestro autobús avanza a paso humano, siguiendo la ceremonia. Detrás de la comitiva, es decir justo delante nuestro, un carro arrastrado por un tractor. Desde el carro, unos hombres van tirando tracas de petardos al suelo. Suponemos que es una especie de protección contra los malos espíritus, y ciertamente es efectiva, porque nadie se atreve a acercarse.

Autobús

El autobús avanza al ritmo de la comitiva fúnebre

Unos metros más adelante, un grupo de hombres con turbantes blancos transporta el ataúd, cubierto con una sábana roja. Por delante del ataúd, el panorama es totalmente distinto, casi festivo. Unas mujeres sostienen unas bandejas de plata con flores. Otras mueven unos palos con cenefas de colores y tiran serpentinas. A la cabeza de la comitiva, más hombres tirando petardos. Finalmente, la ceremonia toma un camino a la derecha y podemos retomar la velocidad de crucero, unos cuarenta kilómetros por hora.

El autobús es muy pequeño, para unas quince personas. No hay aire acondicionado, y el calor es infernal. Entre los asientos de delante, una niña saca la cabeza, y le hago algunas carantoñas. A partir de este momento, reclamará su dosis constante de atención, y pasaremos gran parte del camino jugando. Debe tener un año, y viaja con su madre, a quien le falta un brazo. Durante una de las paradas, la madre baja a comprar leche, y otro pasajero le ayuda a preparar el biberón.

En todos los trayectos de autobús, en algún momento la polícia lo para y sube a inspeccionar. El autobús se detiene a un lado de la carretera, y suben las autoridades con sus metralletas al hombro. Nos piden los pasaportes. Lo típico de siempre, los mirarán, nos preguntarán si somos españoles y nos los devolverán. Pero esta vez no. Esta vez se giran y bajan del autobús, que arranca el motor y se va. Nos quedamos de piedra. Muy nervioso, me levanto para decirle algo al conductor. Antes de que pueda articular palabra, el autobús gira a la derecha, aparca junto a unos coches y para los motores. A los cinco minutos, regresan los policías y nos entregan los pasaportes. Como tantas veces en China, no tenemos ni idea de qué ha pasado.

Al cabo de cuatro horas de viaje, cuando ya no sabemos cómo ponernos en el asiento, y con las camisetas apestando de sudor, llegamos a Hekou. La mujer sin brazo se pone a la niña a la espalda, con la ayuda de otro pasajero. Con el brazo, sostiene dos grandes bolsas. Baja del autobús, le digo adiós y nos sonríe. En todo el trayecto no ha pronunciado palabra.

Según lo que he podido leer en internet, tenemos que encontrar un minibús de color verde, que nos llevará cerca de la frontera por dos yuanes. Por supouesto, nada más bajar del autobús nos ha abordado una avalancha de taxistas que nos quieren llevar a la frontera por cincuenta yuanes, asegurándonos que no hay otro modo de llegar, y que ellos son los más baratos. Caminamos unos metros, y encontramos el minibús de color verde. En la acera, un tipo fuma un cigarrilo. “Vietnam”, le decimos. Nos hace la señal con el brazo de que subamos.

El autobús nos deja en una calle con algunas tiendas y poca gente. No hay ningún cartel que indique dónde está la frontera. Preguntamos a un par de personas dónde está Vietnam, y no entienden nada. Decidimos caminar. Sabemos que para llegar a Vietnam hay que cruzar un puente, así que vamos a buscar el río. Encontramos una alambrada y la vamos siguiendo. Al cabo de un rato, divisamos a lo lejos un gran edificio blanco. Es la frontera.

Nos quedan nueve yuanes. Frente a la frontera, un par de tiendas venden latas de coca cola, batidos, fotocopias, cortes de pelo y visados. Un batido de mango cuesta cinco yuanes. Le digo a la mujer si nos da dos por nueve, y acepta. En un carro en la calle, pela y corta los mangos y los introduce en la batidora, junto a tres paladas de hielo que recoge de un gran cubo. A la vuelta de la esquina, el ruido de las obras, la banda sonora de China. El batido está delicioso. Lo saboreamos sentados en unas sillas de plástico, con un gran ventilador encima nuestro aliviando el calor. Sonreímos. Nos levantamos y caminamos hacia Vietnam.

4 comentarios on Nueve yuanes

  1. Neus
    23 febrero, 2016 at 13:25 (3 años ago)

    Pues, sí, opino lo mismo que Nereida. Hacia Vietnam… Besos dobles!

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  2. Nereida Bonmatí
    11 febrero, 2016 at 14:13 (3 años ago)

    Qué bien escribes! Y yo también descubbrí en China que el lenguaje corporal no es universal

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    • Pere Rovira
      12 febrero, 2016 at 02:39 (3 años ago)

      Hola Nereida! Muchas gracias por pasarte por aquí y dejarnos un comentario. Pues sí, parece que al menos el lenguaje corporal cotidiano es distinto. El sentimental, a lo mejor es un poco más universal. Aquí seguiremos escribiendo sin prisa pero sin pausa, eres bienvenida.

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