Melancolía

Poco a poco, Koh Lipe va desapareciendo en el horizonte del medio día. En el barco, charlo con un tipo que ya va borracho. Su amigo nos observa unos metros más allá, mientras toca la guitarra. El ruido de los motores no me permite escuchar la melodía.

Cuando llegamos al puerto, mi compañero circunstancial abandona rápidamente el transbordador, y se olvida las sandalias. Frente a un garito del puerto leo lo siguiente en un cartel: “Don’t worry, take it easy, here is thai”. Tómatelo con calma, no te preocues, esto es Tailandia. Es un resumen bastante acertado de nuestros días por aquí. Cruzamos la frontera y abandonamos el país. Estamos en Malasia.

La constitución establece que todos los malayos son musulmanes, pero sólo el 60% de la población practica el Islam, seguidos por un 20% de budistas, un 10% de cristianos y un 6% de hindúes. Es una contradicción evidente, pero de algún modo parece funcionarles, porque el país parece bastante tolerante con las tradiciones, fiestas y rituales de todas las confesiones. Malasia suele ponerse como ejemplo de país islamista tolerante, a pesar de que, por ejemplo, la voluntad de convertirse del Islam a otra religión se suele castigar con multas o incluso la cárcel. Quizá ayuda el hecho de que la religión está fuertemente asociada a la etnia.

Llegamos a la isla de Penang al anochecer, después de varias horas en el autobús. Nos alojamos en un pequeño hostal para ciclistas, en la ciudad histórica de George Town. Estamos en el país más desarrollado del sudeste asiático que hemos visitado, a caballo entre Tailandia y Singapur. A diferencia de lo que suele ser habitual, el sur del sudeste asiático es más rico que el norte. La agilidad de los trámites en la frontera, las autopistas perfectamente asfaltadas y los coches nuevos no engañan: son un indicador fiable de desarrollo económico.

Pasamos tres días sorteando coches y rickshaws por viejas calles sin aceras, donde el principal atractivo es el arte y la comida callejera. Es un lugar perfecto para fotografiar el exotismo decadente que todavía prevalece en ciertos lugares de Asia, entre los recuerdos del colonialismo británico, el comercio de opio y la barbarie japonesa de la segunda guerra mundial. Por todo ello, la ciudad es patrimonio de la Unesco, que a veces parece que es lo máximo a lo que pueden aspirar las ex-colonias europeas. Exotismo cultural decadente para turistas. En otras partes de la isla de Penang, intentan tirar adelante por otros caminos, como por ejemplo las tecnologías de la información. Algunos se refieren a Penang como el Sillcon Valley del Este.

arte callejero en penang

El arte callejero en George Town suele combinar pintura y objetos reales.

Cristina disfruta con su cámara, pero yo todavía estoy en Koh Lipe, y me resisto a pasarlo bien. La comida en Penang es en principio mejor que en ningún otro lugar de Asia, pero yo echo en falta los sabores caseros de la Tailandia rural. Y aunque el arte callejero y los edificios de antiguas fábricas chinas quedan muy bien en la pantalla del iPhone, prefiero las playas y la selva tropical. Tardaré unos días en recuperar la ilusión por el viaje.

arte callejero en george town

Otra de las muchas pinturas que pueden encontrarse por el centro histórico de George Town

cargado de likes

Me gustó la imagen del chico que recoge todos los likes de Facebook. Quizá son los que obtienen la multitud de turistas que retratan el mismo arte callejero.

puesto de comida callejera

Típico puesto de comida callejera. Se supone que en Penang puede comerse la mejor comida del sudeste asiático, pero a nosotros no nos convence.

comiendo en la calle

A cualquier hora, la gente se para a comprar algo de comida y descansa un rato.

Después de Penang visitamos Cameron Highlands, famoso por las plantaciones de té. A mi me recuerda a la Andorra más comercial. Todo el mundo va con su coche, en viajes organizados o en taxis de indios que aprovechan para cobrarte un ojo de la cara. Hay incluso un Starbucks. Nosotros nos movemos en auto-stop. El primer día no encontramos el alojamiento. Entramos en un bar, pedimos una coca-cola. “¿Podrías llamar a este número, por favor?. Es nuestro alojamiento, pero no sabemos cómo llegar. No tenemos ni coche ni teléfono, y pronto caerá la noche. Somos de Barcelona, estamos dando la vuelta al mundo.” Por algún motivo, este rollo siempre nos funciona. Al cabo de veinte minutos vienen a recogernos. La gente es maja. Todavía no han olvidado del todo que hace unos años se viajaba así, pidiendo ayuda, sin internet, sin planes, sin conseguirlo todo con dinero.

Una mañana muy temprano salimos de excursión. A mitad de la ascensión, maldigo al tipo del hostal que nos había hablado de “una caminata poco complicada” (por la noche, cuando le comentaré la dificultad del terreno, me dirá sin inmutarse “puede ser, la verdad es que nunca he ido allí”). La niebla y las raíces se apoderan del camino. No vemos nada, y a cada paso el mundo parece crujir debajo nuestro. Estamos perdidos. De repente vemos unos papelitos blancos en el suelo que parecen indicar una ruta. Los seguimos y efectivamente, al cabo de un par de horas, culminamos la ascensión. Hemos llegado a una caseta donde descansan varias personas. Un tipo nos explica que es él quien ha dejado los papelitos, porque mañana tiene que traer a un grupo de turistas, y quería asegurarse primero de conocer bien la ruta. Unas chicas nos explican que son de Singapur. Les preguntamos acerca de qué nos recomiendan de su país. “¿Os gusta comprar o comer?”, nos responden elocuentes.

Al principio de la excursión, cuando la niebla todavía nos permite ver el camino.

Al principio de la excursión, cuando la niebla todavía nos permite ver el camino.

En Kuala Lumpur entramos en la mezquita principal de Malasia. Antes nos invitan a cubrirnos con unas túnicas de color lila. El tipo que nos las entrega a la entrada afirma que es muy fan del Atlético de Madrid. Cristina está muy guapa, con el pelo y el cuello escondidos bajo el hiyab. A pesar de que sólo lo llevan las mujeres, el término “Al-hiyab” significa literalmente “el velo que separa al mundo de Dios”. Quizá Dios son las mujeres. En una esfera menos metafísica, es un pañuelo que suelen llevar las musulmanas desde la pubertad, en presencia de varones adultos que no sean de su familia inmediata. Paradójicamente, nos explican, el hiyab puede interpretarse como una protesta contra la asimilación de la mujer a un objeto sexual. Es cierto: si se cubren del todo, son simplemente un objeto. Al salir de la mezquita nos ofrecen dátiles y agua.

la mezquita de kuala lumpur

Quedo cautivado por las simetrías de la mezquita en Kuala Lumpur.

Una noche quedamos para cenar con Wui Wui, una chica que conocí estudiando en Londres, hace ya quince años. Entonces ella tenía treinta años, pero sigue igual. Hay algo mágico en la piel de las mujeres asiáticas, prácticamente inmune al paso del tiempo durante su primer medio siglo. Nos lleva a cenar cangrejo a un restaurante chino, en un barrio de la ciudad donde sólo viven chinos. Wui Wui es china y cristiana. Después de cenar, cogemos el coche para ir a tomar algo a un bar. Nuestra anfitriona reservó una mesa con vistas a un lago artificial que es parte de un gran complejo residencial-comercial. Así suele funcionar la planificación urbana en las grandes capitales de Asia. A pesar de todo, es lo más bonito que veremos en KL, que es como los locales se refieren a la ciudad. Incluso hay un camino por donde pasear rodeado de árboles.

Le preguntamos a Wui Wui por su lugar preferido en KL. Se queda pensativa un buen rato, y pone cara de “¿por qué me haces preguntas tan complicadas?”. Finalmente, nos recomienda un restaurante en el sótano de un centro comercial, y el mercadillo de un pueblo a las afueras. Puesto que no nos convence demasiado, al día siguiente vamos al cine. Es la primera vez desde que salimos de viaje. Antes de comenzar la película, ponen un anuncio de Malasia con el himno nacional de fondo. Tres personas de la sala se ponen de pie.

Las torres petronas, el símbolo de Kuala Lumpur.

Las torres petronas, el símbolo de Kuala Lumpur.

Antes de cruzar la frontera a Singapur, pasamos un par de días en otra ciudad de pasado colonial, Malacca. En la estación de autobuses nos intentan vender una tarjeta telefónica de la compañía Putu Bambu. Pasamos las horas de café en café, de galería en galería. El tiempo discurre decadente, adaptado a la atmósfera del lugar. Frente a nuestra terraza favorita, un adolescente ciego toca el órgano y canta muy mal, imitando a la perfección los movimientos de cabeza de un Stevie Wonder al que, evidentemente, nunca ha visto actuar. Su madre lo coloca allí cada tarde, junto a un bote para dejar limosna. A todo volumen, para que sea imposible ignorarlo.

los rickshaws en malacca

Los rickshaws en Malacca son muy horteras. Además del aspecto chillón, ponen una música terrible a todo volumen.

En una de las galerías de arte, conocemos a su propietario, Tham Sie Winn, que es también el autor de la mayoría de las obras expuestas. Nos pide permiso para dibujarnos en su cuaderno. Nos enseña un libro muy bien editado, con gran parte de sus cuadros. Cuando era joven viajó por todo el mundo, “como vosotros”, dice, “pero sin dinero”. Nos enseña fotos de su paso por Nueva York, Mexico, Bolivia, China. Visitó más de cuarenta países durante tres años y pico con la mochila a la espalda. “Has tenido una buena vida”, le digo. “Fui derecho”, contesta, y alarga el brazo como si quisiera trazar una línea recta. Cuando termina nuestros retratos se despide, y nos desea buena suerte antes de encerrarse en su taller al fondo de la galería.

retrato por tham sie winn

Así queda mi retrato. Al fondo, el artista.

Finalmente, tras un par de semanas en Malasia, rematamos nuestro periplo por el continente asiático con tres días en Singapur, una mezcla de todo lo que hemos visto complementada con infraestructuras y costumbres occidentales. Nos alegra volver a encontrar aceras, semáforos y parques. Esculturas. Pasamos una mañana recorriendo una preciosa biblioteca pública de cinco plantas. Pero no es suficiente para apagar la luz de la melancolía. Caminamos hacia el puerto. Nos esperan doce días de mar hasta Australia. Cruzaremos el ecuador del mundo y de nuestro viaje.

despedida de Asia

Nos despedimos de Asia con algo de melancolía. Nos esperan 12 días de crucero hasta llegar a Australia.

4 comentarios on Melancolía

  1. neus
    19 octubre, 2016 at 12:36 (1 año ago)

    La melancolía es hermosa como los lugares vistos, no me extraña… Al final de todo el viaje también quedará ese poso de melancolía… Pero ahora estamos a punto de embarcarnos y cruzar el ecuador del mundo para llegar a Australia. ¡Ostras, qué maravilla…! ¡Fotos preciosas! ¡¡Besos dobles!! Y un saludo cordial a Orioln.

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  2. Orioln
    18 octubre, 2016 at 21:03 (1 año ago)

    Home xatos, teníeu el llistó ben alt, venieu d un dels millors llocs possibles, i veig que amb bones experiències… On millor que tailandia?

    Per algun motiu, no conec a ningú que m’hagi parlat bé mai de malasia, més enlla de fer la foto al koala Lumpur aquest.

    Mintriga Singapur…. És com un Andorra? O n’és aviat com un las Vegas o qtar ?

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    • pere rovira
      19 octubre, 2016 at 10:24 (1 año ago)

      Malasia té coses molt interessants, i ens va quedar molt país per veure. Però potser al costat d’altres països del sudest, no és tan atractiu. Viatjar és un estat mental, i tot depèn del moment. De totes maneres, no em faria res tornar a passar unes setmanes per Malasia ara mateix 🙂 Respecte Singapur, és una ciutat tipus Hong Kong, potser més occidentalitzada i tot. La típica ciutat on tot és net i polit i civilitzat. Puc entendre que en certs moments de la vida, és un lloc interessant per viure-hi. Però personalment, per viatjar, crec que hi ha llocs molt millors. Això sí, potser una molt bona base per passar-hi uns mesos i anar viatjant a diferents parts d’Asia. I el menjar, si tens calers, és molt bò.

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