Mareas

A principios del siglo pasado, un grupo de Urak Lawoi (“hombres del mar”) liderados por To Kiri llegaron al archipiélago de Butang. Encontraron unas aguas repletas de peces y marisco, gracias a las fuertes corrientes y las pronunciadas mareas. Organizaron su vida de isla en isla, siguiendo las leyes del mar y sus alimentos.

Durante la época de monzones, los hombres del mar se quedaban cerca de casa para evitar los peligros de las impredecidbles inclemencias del tiempo. Durante la temporada seca zarpaban buscando comida, de isla en isla. Eran viajes que podían durar semanas o meses. Nómadas por naturaleza, o a la fuerza, según se mire.

To Kiri hizo un trato con el gobernador de Satún, la provincia más al sur de Tailandia. El gobernador concedió a los Urak Lawoi el derecho a establecerse en el archipiélago, a vivir de sus tierras y aguas. No es extraño, pues, que To Kiri todavía sea celebrado como el padre fundador, un ídolo venerado junto a otros ancestros en las fiestas de luna llena de Noviembre y de Mayo, que marcan el principio y el fin de la época seca, la fecunda. Durante estos festivales, conocidos como Loy Rua, se construye un barco de madera de dos metros de longitud, sobre el que colocan chiles, pescado, arroz y pasteles, además de cabellos y uñas. La fiesta dura los tres días de luna llena, aderezados con bailes y alcohol abundante. El tercer día se interna el barco en el mar, y se deja a la deriva. Si no vuelve, la suerte será propicia. Si vuelve, es mal augurio.

Otras fuentes indican que To Kiri se aprovechó de una situación propicia, o se aprovecharon de él. Tailandia estaba en disputas con Malasia, y el archipiélago de Butang, a escasos kilómetros del territorio malayo y tailandés, tenía una importancia estratégica. El gobernador de Satún pensó que si conseguía poblar las islas con “tailandeses”, aunque fueran unos gitanos nómadas que ni siquiera hablan tailandés, tendría más argumentos para reclamar legítimamente la propiedad del territorio frente a Malasia. La jugada le salió bien, y los gitanos se adueñaron de las tierras, abandonando parcialmente su nomadismo, y cultivando a sus anchas sus creencias animistas. Encontraron su lugar, y el gobernador su prestigio.

En los años setenta la Unesco declaro patrimonio universal toda la zona del archipiélago, rebautizado con el nombre de Parque Nacional Marítimo de Tarutao. Sólo la isla de Koh Lipe quedó al margen de esta protección, y allí fueron reubicados a la fuerza los hombres del mar, los Urak Lawoi, privados de su derecho al nomadismo y a la libre explotación de las aguas y las tierras. No sabemos si la Unesco actuó de manera ingénua, pero lo cierto es que su declaración proteccionista fue el principio de la colonización turística de unas islas hasta entonces casi vírgenes. En los años ochenta llegaron los primeros turistas a Koh Lipe, y con ellos el dinero, que era algo desconocido para los Urak Lawoi.

Hoy en día, los 500 hombres del mar que quedan en el archipiélago viven mayoritariamente concentrados en un poblado en el interior de Koh Lipe, y la primera línea de mar la ocupan alojamientos turísticos gestionados por europeos y estadounidenses. Han abandonado sus tradiciones semi-nómadas, y las fiestas de la luna llena han perdido gran parte de su fuerza y significado. Algunos todavía viven de la pesca, pero a cambio de dinero, y muchos otros prefieren la comodidad de trabajar en los servicios turísticos. Las mareas y la luna ya no dictan su calendario.

A pesar de todo, Koh Lipe en temporada de monzones es una isla tranquila, con muy pocos turistas y un cierto equilibrio con el medio ambiente y los habitantes originales del lugar. Conozco al primer Urak Lawoi durante otra de las magníficas puestas de sol que admiro cada tarde. Lo he visto ya varios días, pintando un pez pirata con esmero en proa de su barco de cola larga, como se les llama aquí a las tradicionales embarcaciones de madera de los pescadores. Le hago una señal para indicar que me gusta lo que está dibujando, y me quedo un rato más mirando antes de reemprender mi camino por la playa. Dos días más tarde, vamos a tomar algo a un bar con música en directo. Entre canción y canción, el cantante se recoge el cabello en una cola, nos mira y dice “Vosotros, los del Mali (así se llama nuestro hotel), ¿os animáis a cantar? ¿No me reconoces? Soy el que pinta el barco cada tarde mientras tu paseas”.

Un mediodía salgo a caminar protegido por las nubes, después de desayunar un arroz frito con pollo. Llego al vertedero de la isla, en donde tres hombres separan el plástico y las latas del resto. Aunque la basura es un gran problema, Koh Lipe se esfuerza en reciclar y minimizar su impacto. El reciclaje es en parte un negocio, y no está muy claro a quién beneficia exactamente. Pero en parte es también activismo, ligado a la organización Trash Hero, que gestiona varios programas de limpieza y reciclaje.

Sigo caminando, y atravieso el poblado de los Urak Lawoi. Casas muy precarias, construídas con chapa, madera y cañas. Sin alcantarillado ni baños, y limitado acceso al agua potable. La ropa tendida al sol, algunas fachadas pintadas de colores y los pollos correteando dotan de vida al lugar. La mayor parte de los habitantes deben estar trabajando o en el colegio, porque sólo veo a tres o cuatro viejos, sentados en el porche de sus casas o tendidos en una hamaca.

Una de las casas más bonitas del poblado de los Urak Lawoi.

Una de las casas más bonitas del poblado de los Urak Lawoi.

Casi todos los habitantes originales de la isla malvendieron sus tierras a extranjeros por muy poco dinero en los años ochenta y noventa, con el beneplácito del gobierno, proclive a los sobornos que acompañan a la modernidad occidental. Eran presas fáciles para los estafadores. El significado de la propiedad de la tierra era un concepto extraño para esta gente, cuya lengua es únicamente oral y no entiende de documentos y leyes escritas. Tampoco están habituados a planificar, y de la frase “pan para hoy y hambre para mañana” suelen entender “alcohol para hoy y para mañana”.

Pero algunos conservaron las tierras, y otros las están recuperando, mediante duros litigios contra el capital extranjero y los oficiales corruptos del país. Todo un logro para gente prácticamente analfabeta. Unos cuantos han conseguido montar sus propios negocios, y volver a primera línea de mar, donde siempre estuvieron, con modestos alojamientos que se anuncian como verdaderamente respetuosos con la cultura local y el medioambiente. Otros se han organizado y asociado, en colaboración con extranjeros establecidos en la isla, para dar salida a los jóvenes autóctonos, por ejemplo con programas de formación en submarinismo. “Los tiempos han cambiado”, aseguran desde la organización Project Urak Lawoi. “Las técnicas y conocimientos ancestrales no son suficientes para preservar la independencia de las generaciones futuras. Es necesario desarrollar herramientas aptas para el momento presente”.

El proyecto Trash Hero es otro ejemplo de desarrollo sostenible. Bajo el lema “reducir, reusar, reciclar” llevan a cabo diferentes acciones de carácter medioambiental. La más conocida es la recogida de basura. Cada lunes reúnen a un grupo de voluntarios que, junto a dos guías locales, limpian alguna de las playas del archipiélago. Se han recogido más de 20,000 kilos de basura. Cuando vamos nosotros incluso encontramos un televisor. “Mucha basura es todavía restos del tsunami”, me dicen mientras sostengo un par de zapatillas en la mano, quien sabe si de alguna víctima del terrible suceso, a cientos de kilómetros de distancia, hace más de diez años. Desde Trash Hero también impulsan un programa para la reducción del uso de botellas de plástico. Comprando una cantimplora de aluminio, tienes derecho a recargarla gratuitamente de agua potable tantas veces como quieras, en diferentes puntos de suministro de la isla.

Colaboramos con el proyecto Trash Hero. Entre otras cosas, se dedica a limpiar las playas de basura con la ayuda de voluntarios.

Colaboramos con el proyecto Trash Hero. Entre otras cosas, se dedica a limpiar las playas de basura con la ayuda de voluntarios.

En uno de los cafés que más frecuentamos conocemos a Chunchita, la camarera, que aspira a vivir de la fotografía y ha retratado en magníficas instantáneas la vida y costumbres de los Urak Lawoi. “Me gustan las fotos que tenéis expuestas”, le digo. “Son mías”, contesta. “¿Cuál te gusta más?”. Por la tarde la busco en Facebook, y le hago varios “me gusta”. Otro día me agradece que promocione su trabajo en la red social, y nos explica que la han contratado en el hotel en el que nos alojamos, para realizar las fotos de la página web.

Junto al café en el que trabaja Chunchita, que sirve hamburguesas de carne australiana y es propiedad de una estadounidense colosal, se encuentra la tiendecita de pancakes de la señora Yuju. Cada vez que pasa alguien por delante, la señora Yuju exclama “iujuuu, iujuuu! pancakes! iujuuu, iujuuuu!”. Al parecer, la señora solía pasearse por toda la isla con los pancakes, las magdalenas y su característico estribillo comercial. Lo leo en un artículo dedicado de hace algunos años, con excelentes fotografías de Koh Lipe, y me hace gracia porque también se refiere a ella por su inconfundible cantinela. Ahora ya está demasiado mayor, y prefiere atender a la clientela desde un puesto fijo.

Probamos los pancakes una noche, después de cenar una deliciosa pasta italiana. La dueña del local es una tailandesa que vivió 25 años en Italia, y ahora ha vuelto a su país, o mejor dicho a Koh Lipe, a pasar el resto de su vida. Le caemos bien. Cuando cenábamos, una rata enorme ha cruzado por una viga del techo del restaurante, y se ha parado justo encima de la mesa de una parejita de alemanes muy acaramelados. La dueña se ha dado cuenta de que nosotros nos dábamos cuenta, y creo que ha agradecido que no hayamos dicho nada.

Cuando volvemos a casa, la marea alta cubre casi toda la playa y la luz de la luna se despereza entre las nubes. Sólo se escucha el mar, el aire es fresco, casi frío, y nos apetece caminar abrazados. Iluminamos el suelo con la linterna, y en un pedazo de arena vemos un cangrejo que avanza penosamente bajo el peso de su propio caparazón. Parece nervioso, tiene prisa por llegar a algún sitio. Maniobra con tanta diligencia contra la arena infinita que incluso inspira ternura. “Es una buena persona”, pienso. Entonces llega una ola, y ya no lo vemos más.

4 comentarios on Mareas

  1. Orioln
    18 octubre, 2016 at 21:15 (1 año ago)

    Sembla el paradís!!

    I actuar en una tasca tan local i simple a la vegada, et fa sentir que els fruits dels esforços es recullen de manera inmediata ROI inmediat!!

    Allá el temps el veus passar, i el deixes passar pq estàs millor allà que enlloc. Aquí, no parem d’agafar trens que no ens porten enlloc.

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  2. neus
    6 octubre, 2016 at 15:37 (1 año ago)

    Bueno, Koh Lipe, hermoso lugar colonizado que conocemos gracias a esta entrega. Bien por recoger basura. Bien por el pintor-cantante. ¿Cantásteis al final ? Creo que sí. ¡Bien por Yuju! Por las fotografías que señalais en rojo ( las de Chunchita y las otras, por las vuestras). Bien por intentar adaptarse a los tiempos de los habitantes, sin perder demasiado su identidad. En cuanto a la escritura, los dos párrafos finales me gustan mucho, el que más el último. ¡Viva Koh Lipe y sus mareas!

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    • Pere Rovira
      8 octubre, 2016 at 19:49 (1 año ago)

      ¡Gracias! ¡Viva Koh Lipe! 🙂

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