La familia

En la familia de Cay todo el mundo trabaja, todos los días. El primer turno es de seis a once, y el segundo de dos a ocho. Comen y descansan entre las once y las dos, las horas de mayor calor. Los lunes y los jueves cambia el horario. Cenan un poco antes porque a las ocho Cay acude a clase de inglés en el edificio comunitario del pueblo.

En los días que pasamos con la familia, Cay y Huyet se encargan del campo de maíz. Su tarea consiste en recolectar todo el maíz y pelarlo. En casa, Huyet elabora los cestos para transportar el maíz. También cose ropa para la familia. Cay tiene una máquina para limpiar el maíz y el arroz, y alimenta a los peces de la balsa.

Casa de campo vietnam

La casa de Cay, ejemplo típico de las casas de campo tradicionales del norte de Vietnam

Máquina arroz vietnam

Huyet preparando el arroz con una máquina mecánica, en el almacen de la casa

El hijo, Niem, se encarga del trabajo más físico: transporta el maíz desde el campo a casa. También cuida de los animales, y con su moto realiza viajes para turistas por los pueblos de alrededor. A diferencia de sus padres, a menudo pasa el rato sin hacer nada. Siempre sonríe. No sabe nada de inglés. Tiene un teléfono inteligente, y es muy fan del barça. Cuando le decimos que solíamos trabajar para el FC Barcelona, nos pregunta si conocemos a Messi. Le decimos que no, pero que si viene a Barcelona lo invitaremos al estadio. Pragmático, nos contesta que prefiere una camiseta, la original. En un papel dibuja el diseño que quiere. Escribe España, debajo el número 11 y debajo Neymar. Le explicamos que no es así la camiseta, y le mostramos el diseño correcto. Le decimos que intentaremos enviársela en unos meses. Acepta el trato como si le hubiera tocado la lotería.

Dormitorio en Vietnam

La foto de bodas de Niem y Thom preside nuestro dormitorio en la casa

La nuera, Thom, cuida de la casa y del huerto, y cocina para todos. Nos atiende durante el día si necesitamos algo, y lleva la contabilidad. Al igual que su marido, también sonríe todo el tiempo. Durante los 5 días que pasamos en la casa, cocina algo diferente cada día. Es una cocinera extraordinaria, y siempre prepara más comida de la necesaria. Yo, por educación y por gula, me lo acabo todo, y ellos sonríen y murmuran, quién sabe qué piensan del rico occidental hambriento.

Cocina en Vietnam

Thom preparando la cena. El fuego siempre está encendido.

La abuela, Tuo, se dedica a limpiar el maíz a mano, mirando siempre a la calle entre los barrotes de la barandilla de casa. Está al día de lo que sucede en el pueblo, saludando a todo el que pasa por delante. De vez en cuando saca un instrumento de cuerda tradicional y, sin dejar de mirar al infinito, toca. El primer día nos pareció una bruja recelosa, pero poco a poco nos vamos acercando, aprovechando la intimidad de las mañanas en las que sólo estamos con ella en la casa. Un día le enseño fotos de nuestra familia, y con el diccionario le voy indicando quiénes son nuestras abuelas, padres, hermanos. Ella asiente y de vez en cuando sonríe. Le enseño fotos de Barcelona, de Paris, de Rusia, de Tokyo. Ella misma pasa las fotos en la tableta. Al cabo de un rato, se levanta y vuelve a su rincón a limpiar maíz.

Abuela Tuo tocando música

De vez en cuando, la abuela Tuo coge su instrumento tradicional y toca mirando al infinito

Abuela Tuo trabajando

A pesar de su avanzada edad, la abuela Tuo también trabaja, como el resto de la familia.

El maíz sirve para alimentar a los animales y los peces, y para elaborar un licor muy fuerte, parecido al vodka. El que no utilizan lo cambian por arroz. Los animales y los peces los crían para comerlos. El huerto crece precioso gracias a la abundante agua de la región, y una tierra muy fértil. Fabrican su dieta con las manos. Con los ingresos del turismo, pueden pagar la moto, la electricidad, el teléfono y, si la medicina tradicional no funciona, un médico en la ciudad. Y contribuyen a un fondo de la cooperativa para infraestructuras, proyectos turísticos y culturales. Por ejemplo, una escuela de música tradicional Tay, su etnia, para que los jóvenes del pueblo la aprendan y la preserven.

El pueblo no puede ser más sencillo. Un centenar de tejados de palmera de un marrón grisáceo cubren una planície rodeada de campos de arroz y maíz, que se extiende hasta una cordillera dentellada como una sierra. Entre las casas crecen las palmeras, los árboles y las plantas con la fuerza y el esplendor de la primavera eterna, verde y luminosa. El sonido del agua recorre las calles y las casas como la sangre por las venas. De vez en cuando una moto agita el aire, recorriendo calles demasiado estrechas para que puedan pasar los coches.

Casa tradicional en Thon Tha

Una de las 90 casas de Thon Tha. Son todas prácticamente iguales, y conservan la arquitectura tradicional.

La mayoría de la gente está en el campo o en casa trabajando, nadie pasea como nosotros. Nos cruzamos con mujeres y hombres que transportan con maíz, arroz o hojas de palmera, utilizando el icónico método oriental de la madera apoyada en el hombro, con un gran cesto desbordado de carga colgando en cada punta. Un par de viejas nos saludan, y se interesan por las heridas del brazo de Cris. Lo miran, lo tocan, pronuncian varias onomatopeyas y frases que por supuesto no entendemos. Nosotros contestamos con gestos y sonidos, y al cabo de un rato de fructífera conversación nos despedimos sonriendo. Resulta todo tan familiar, tan cotidiano, que a veces parece que lo hemos entendido todo sin haber entendido nada.

A la entrada del pueblo, el edificio comunitario hace las veces de escuela, ambulatorio, sala de reuniones y punto de internet. También se imparten clases de inglés a los campesinos que están haciendo sus primeros intentos de turismo responsable, con profesoras nativas que han llegado al pueblo gracias a una organización internacional de ayuda.

Clases de inglés

Clases de inglés en el edificio comunitario del pueblo.

El calor es demencial lejos de la sombra. Entramos en una casa que vemos medio abierta, y pedimos agua haciendo con las manos el gesto de beber. Nos invitan a quitarnos los zapatos y subir a la casa. Nos sientan en unos taburetes alrededor de una mesa, traen una botella de agua y dos vasitos, y se sientan frente a nosotros una mujer mayor y otra más joven. Nos miran. Las miramos. Tenemos tantas preguntas como ellas, y las mismas dificultades para preguntar. Así que la conversación se limita a las cuatro frases de siempre. Venimos de aquí, hemos pasado por allí, vamos para allá, estamos alojados en la familia de tal. Entonces me levanto y señalo las fotos que tienen colgadas en un lado del comedor. “Esta soy yo de pequeña, estos son nuestros hijos, mi madre, mi marido,…” Nos despedimos haciendo una pequeña reverencia y dándonos la mano. Un par de días más tarde, nos encontraremos a las dos mujeres en el río, con una rana gigante que Cris agarrará con reparos, y que provocará las risas de los presentes mientras yo le tomo una foto.

Cris y la rana

En el río, nos encontramos con las mujeres que nos invitaron a tomar agua en su casa. Le entregan a Cris una rana gigante.

Regresamos a casa. Es la última cena, y para celebrarlo Thom prepara diez platos diferentes. Nos emborrachamos con Cay mientras las mujeres nos miran desde un rincón entre divertidas y recelosas. Totalmente deshinibido, levanta el chupito de licor de arroz riendo sin reparos, y hablando en inglés con una lucidez tan repentina como indescifrable. Cris me graba soltando un monólogo sobre la felicidad que todavía ahora nos hace reir.

Brindis

La última noche, Cay no quiere ser el último en beber. Me llena el vaso cuando lo termino.

Reservas de licor de arroz

Cuando pensaba aliviado que ya habíamos terminado, Thom se levantó a rellenar la jarra de licor de arroz.

Cojo el libro de huéspedes, y comienzo una dedicatoria etílica, incompleta, parcial. Escribo sobre la paz del amanecer. Sobre el papel marginal que aquí juega el dinero. Sobre la verdad de la ignorancia y la ignorancia de la verdad.

Escribo sobre una familia feliz, en donde cada comida es una fiesta.

Ya lo echábamos de menos.

 

4 comentarios on La familia

  1. Pere Rovira Planas
    7 mayo, 2016 at 18:55 (2 años ago)

    Feia dies que no et llegia. Això m,ha permès avui el luxe de llegir uns quants capítols de Vietnam. Un relat viu, pròxim, profund i divertit alhora. No hi ha dubte: literàriament, la nostra família progressa. Abračades a tots dos.

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  2. neus
    7 mayo, 2016 at 18:38 (2 años ago)

    ¡Precioso! ¡Cuenta atrás! “Ya lo echábamos de menos”. ¡Besos dobles!

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