Infierno, purgatorio, paraíso

Bangkok reúne todo lo que no nos gusta de las ciudades, y pasamos por ella discretamente, casi sin abandonar el hostal en el que nos alojamos, a las afueras. El único día que decidimos bajar al centro es quizás el día más peligroso del viaje.

Nos separamos con Cris porque tenemos que comprar cada uno varias cosas. Quedamos al cabo de un par de horas delante de unos grandes almacenes.

Termino mis compras más rápido de lo que pensaba, y me quedo en un puente observando el ajetreo de la calle. Muchas de las calles del centro se cruzan por un puente, para no entorpecer el reinado de los coches y las motos. A otro nivel por encima del puente circula el sky train, una especie de metro elevado, símbolo del progreso en Bangkok, pero claramente insuficiente para remediar la locura que supone desplazarse en esta ciudad. Todo invita al estrés: caravanas, sirenas, cláxones, contaminación, suciedad, gente caminando a empujones como si no hubiera mañana.

Nos encontramos con Cris donde habíamos acordado, y decidimos volver a casa para cenar algo por el barrio. Cuando llevamos una hora esperando el autobús, recibo un mensaje de mi hermana preguntándome si estamos bien. “Sí, claro, estamos muy bien, pero un poco cabreados con el transporte público en Bangkok”. Tardamos casi tres horas en llegar a casa para un trayecto de veinte minutos en condiciones normales. El caos es total, pero todavía no sabemos por qué. En el hostal nos conectamos a internet y leemos que ha habido un atentado con varios muertos en el centro de Bangkok, a dos manzanas de donde hemos estado realizando nuestras compras por separado. Mensajes a la familia, todo bien.

barrio a las afueras de bangkok

Nos alojamos en un barrio tranquilo a las afueras de Bangkok, con canales pintorescos pero apestosos.

Pasamos los días trabajando desde el hostal, una pequeña casa con tres o cuatro habitaciones, en un barrio muy agradable de calles estrechas y edificaciones bajitas. Una viejecita pasa con su carro-cocina cada mediodía, y te prepara una sopa de fideos deliciosa por 30 céntimos. Es lo que come la dueña del hostal, y también nosotros. De vez en cuando salgo a caminar por la zona, repleta de canales pintorescos pero apestosos. Y poco más, hasta el tercer día, en que ponemos rumbo a Koh Lipe, empezando por un tren nocturno de los que sales más joven, por el frío que pasas.

tren nocturno en tailandia

Los trenes en Tailandia son excelentes, con camas anchas. Pero hace muchísimo frío.

El tren nos deja en Hat Yai, la última de las ciudades del sur de Tailandia a la que es recomendable viajar, y que antaño fue el gran putiferio de Malasia y Singapur. A partir de aquí, nos dicen, hay que ir con cuidado, porque los grupos separatistas – los mismos que atentaron en Bangkok – tienen su base en esta región, y pueden ser peligrosos. Bajamos del tren y nos vamos directos al café de la estación, a comer un poco. De este modo, nos evitamos tratar con los cazaturistas que aguardan la llegada de sus presas. Los observamos desde el café, tranquilamente. Todos acaban atrapando a alguien. Al cabo de una hora, salimos caminando sin molestias en busca del autobús que ha de llevarnos a la costa. No tardamos más de diez minutos en encontrar la parada de autobús.

Como todavía falta tiempo, busco un lugar donde comprar un café, porque el de la estación era malísimo. A dos manzanas encuentro un pequeño garito ambulante que promete realizar los mejores cafés con leche helados de Tailandia. El tipo que atiende el garito resulta bastante simpático, e incluso habla un poco de español. “Estuve viviendo un tiempo en Colombia”. Prepara dos granizados excelentes con su rudimentaria máquina de espresso y grandes dosis de sirope. Vuelvo al encuentro de Cris contento y triunfante, con ambas manos ocupadas por dos grandes vasos repletos de hielo con cafeína.

Al cabo de tres horas volando por las carreteras, el autobús nos deja en el puerto, donde un barco nos lleva hasta un embarcadero flotante, a trescientos metros de la playa. En el embarcadero, subimos a una pequeña lancha de madera que realiza el trayecto hasta la isla de Koh Lipe. Por fin la vemos a lo lejos, rodeada del agua turquesa del mar de Adamán.

La primera fotografia de Koh Lipe, nuestro paraíso particular.

La primera fotografia de Koh Lipe, nuestro paraíso particular.

Hemos pasado casi veinte horas de viaje para llegar hasta aquí. Fue de las pocas islas que se salvó de la tragedia del tsunami de 2004: al parecer quedó protegida por Sumatra, o quizás fue su belleza casi intacta. Paradójicamente, este hecho feliz amenaza su tranquilidad, porque el turismo aumenta año tras año. Pero ahora es época de monzones, y esto espanta a los turistas. Y así es. La llegada a la isla es amor a primera vista, a primer olor, a primer tacto. Es como debe ser, supongo, la llegada al paraíso, pero en carne y hueso.

2 comentarios on Infierno, purgatorio, paraíso

  1. neus
    27 septiembre, 2016 at 15:33 (1 año ago)

    Debio ser su belleza la que protegió a Koh Lipe, la belleza persuade… incluso al maligno. Espero descrpción… ¡Qué rica la sopa! ¡Qué bien que os alojarais a las afueras! ¡Qué bendición que la suerte os haya acompañado siempre! ¡Besos dobles!

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    • Pere Rovira
      8 octubre, 2016 at 19:48 (1 año ago)

      ¡La belleza y mucha suerte! Las islas a las que sí llegó el tsunami también eran bellas 🙂

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