Hacia las profundidades del Baikal

Las 30 horas de trayecto de Novosibirsk a Irkutsk comienzan con la agradable noticia de que estamos solos en el compartimento. En el andén, una madre llora mientras su flacucho hijo le dice adiós, aguantando las lágrimas. Las jefas del vagón requisan billetes y pasaportes con la misma autoridad con que más tarde fregarán, de rodillas, el suelo y los lavabos. Coches de otra época aguardan tras la barrera para cruzar hacia el otro lado de la vía.

Las horas pasan rápidas porque nada las entretiene. En el pasillo, unas niñas juegan con sus barbies, rompiendo por momentos el silencio de biblioteca del tren y sus ventanas a la inmensidad de color de monotonía. Un hombre con la barriga al aire deja los crucigramas y fija su mirada en el paisaje, apoyado en la barandilla, inmóvil como el azul del cielo. La nieve, bufanda fría de los árboles, se deshace y deja paso a los marrones dorados de la tierra adolescente de la primavera. De repente, como un corte publicitario, un tren cargado de camiones militares interrumpe la película de la Siberia. Antes de dormir, nos damos un beso.

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Nuestro compañero de compartimento observa su propio reflejo en la ventana

A la mañana siguiente, llega nuestro compañero de habitación. Es de los callados, de los que se sientan delante tuyo y te miran sin verte, de modo que el silencio no te incomoda. Su letargo no le permite ni siquiera aburrirse, porque implicaría pensar demasiado. Al cabo de un par de horas, saca un túper con arroz y pollo estofado (un plato habitual en el transiberiano) y come sigilosamente. Le ofrezco un trozo de manzana con el único objetivo de arrancarle unas palabras, y me contesta negando con la cabeza y media sonrisa. Es todo lo que nos diremos. Al cabo de unas siete horas, en la penúltima parada antes de llegar a Irkutsk, entra el cuarto ocupante del compartimento.

Nada más sentarse, Vladimir nos estrecha la mano mientras nos pregunta de dónde somos, a dónde vamos y cómo nos llamamos. Sin prácticamente dejarnos responder, intenta explicarnos su trabajo. Con la ayuda del diccionario visual, un poco de inglés, alemán, francés y el lenguaje corporal, acabamos comprendiendo que viene de la guerra en Ucrania, es conductor de ambulancias en el ejército.

Vladimir evoca a través de la guerra con Ucrania los buenos tiempos del siglo en que Rusia derrotó a los nazis. En varias ocasiones golpea su palma de la mano con el puño y sonríe violentamente exclamando que hicieron pedazos a Hitler. Entendemos perfectamente lo que le gusta de su país, de los hombres: la capacidad de imponerse mediante la fuerza. Es un fascista, lo más parecido que encontraremos a Limonov durante nuestro viaje siberiano.

[Aprovechamos para recomendar la novela Limónov (y darle mil gracias a Jorge por habérmela regalado para mi cumpleaños). Un retrato de Rusia y los Balcanes a través de un personaje tan odioso como adictivo. Como todos los grandes libros, cuestiona nuestras nociones sobre el bien y el mal, sobre los buenos y los malos de la historia.]

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Vladimir es lo más parecido a Limónov que encontraremos en nuestro viaje ruso

Como solamente nos queda una hora para llegar a Irkutsk, me divierto conversando y gesticulando con Vladimir, siguiéndole la corriente, avivando la pasión nacionalista que enciende sus ojos. Su misión es darle al extranjero la versión completa de Rusia, y la nuestra calibrar cuando conviene retirarnos para que todo quede en anécdota. Empieza a cantar el himno soviético, mientras el ruso callado, sentado a su derecha, sonríe y piensa en la noche que le espera. Esto es sólo el prólogo de Vladimir, que todavía no ha cogido su pluma preferida para escribir: el vodka.

Me hago un selfie con nuestro Limonov particular y le deseo suerte, mientras nos apresuramos a sacar las maletas al pasillo y bajar del tren. En la estación nos espera Tamara, sujetando un cartelito con nuestro nombre. Nos saludamos, sonreímos y ponemos rumbo a su casa, un regalo del gobierno cuando se jubiló de su trabajo de directora de la compañía nacional de tren en Irkutsk. Cenamos una pasta con pollo y unos pastelitos deliciosos, mientras conversamos con Tamara a través del traductor de Google. Le comentamos que la cena estaba buenísima, interesándonos por las recetas, y nos comenta que las ha sacado de internet.

A la mañana siguiente ponemos rumbo al Baikal, concretamente a la isla de Olkhon, en donde viven alrededor de 1500 personas, la gran mayoría de la cultura Buryat. El Baikal es para los Buryat un ente divino, y le rinden culto. De hecho, gran parte de la población alrededor del Baikal le tiene respeto. Es uno de los motivos (junto a la pésima carretera que lo une a Irkutsk) por los que el lugar se mantiene relativamente alejado de la contaminación que corroe a buena parte de la Siberia.

En el minibús, con capacidad para 10 personas, nos encontramos con más extranjeros que los que hemos visto en todo el transiberiano. Tres alemanes que aprovechan las vacaciones a mitad de curso universitario, una china que acaba de graduarse y viaja con sus padres de setenta años, una australiana que ocupa dos asientos y prácticamente no abrirá boca durante todo el viaje. Parece, pues, que finalmente vamos a ver un lugar bonito.

En esta época del año, finales de Abril, el lago empieza a deshelarse. Por este motivo, no podremos cruzar el lago con el minibús, como es habitual, y tendremos que montarnos en un hoovercraft, una especie de lancha con base neumática, capaz de deslizarse tanto por el hielo como por el agua.

A pesar de todo, como nos contará más tarde Nicolas Pernot, un magnífico fotógrafo francés afincado en Olkhon, muchos autóctonos no atienden al peligro, y utilizan el coche para acortar el camino entre diferentes partes del lago. Los más viejos conocen las rutas seguras, instinto de la edad. Pero los más jóvenes, o los más borrachos, tienden a ignorarlas. “Las profundidades del Baikal están repletas de chatarra. El mes pasado se hundió un minibús con 6 pasajeros. Sobrevivieron 5 ocupantes, y el sexto murió. Era el hijo del ex-presidente de Ucrania. Hay que respetar el lago, hay que respetar a la gente que lo conoce. Porque es sagrado, y también porque ahogarse en sus aguas debe ser una de las muertes más terribles que existen”. Mientras nos cuenta esta historia, no puedo evitar pensar que el hijo del ex-presidente, que se llamaba como su padre, Viktor Yanukovych, fue en realidad asesinado.

Finalmente, tras siete horas de viaje, llegamos a nuestro hostal en Olkhon, que consiste en varias cabañas de madera y una cantina que huele a buena comida. Dejamos las maletas en la habitación y nos acercamos al lago caminando, antes de que caiga la noche.

Lo que veo a continuación es uno de los paisajes más hermosos que he contemplado en mi vida. Es como si el lago, por respeto a su propia belleza, hubiera decidido quedarse inmóvil, contemplándose a si mismo en el silencio más absoluto, aprovechando los espejos perfectos del agua helada. Nos sentamos en la playa, frente a las esculturas de hielo azul, blanco y turquesa, y durante varios minutos no sabemos decir nada. Enciendo un cigarrillo. Sólo los cuervos, de vez en cuando, rompen el vacío del atardecer.

El Baikal, completamente helado. Al fondo nuestra casa en el pueblo de Khuzir, isla de Olkhon

El Baikal, completamente helado. Al fondo nuestra casa en el pueblo de Khuzir, isla de Olkhon

 

De regreso al hostal conocemos a Nacho y Carlos, dos madrileños que viajan por el mundo con una calma contagiosa. El encuentro con Nacho es curioso. Tras un par de frases convencionales, me pregunta “¿tú eres un famoso de internet, verdad?”. Y así me entero de que Nacho se dedica al marketing digital, y hace muchos años me escuchó dar una conferencia sobre analítica web.

[Para quien quiera complementar la lectura con más fotos, aquí tenéis nuestro álbum de fotos del Baikal]

6 comentarios on Hacia las profundidades del Baikal

  1. Pilarin
    8 junio, 2015 at 21:46 (2 años ago)

    Tras unas semanas de viaje muy cerca de casa. Acabo de ir lejos, muy lejos gracias a vosotros. Me encanta leer vuestras crónicas.
    Continúa por favor a darnos esta visión poética del mundo y de sus ocupantes.
    Un petó ben fort per a tu i la Cristina.

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    • pere rovira
      10 junio, 2015 at 01:43 (2 años ago)

      Muchas gracias Pilarín! Nos gusta mucho saber que nos lees. No te preocupes que vamos a seguir escribiendo durante, espero, mucho tiempo! 🙂 Besos!

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  2. Neus
    7 junio, 2015 at 19:07 (2 años ago)

    ¡Muy bien! Por las obseravciones: Las jefas de vagón…, las imágenes: La nieve, bufanda fría…, reflexiiones: como todos los grandes libros cuestiona…, intuiciiones y sobre todo por ese modo de contar tan cercano: antes de dormir nos damos un beso y tan hermoso… como el lago Baikal. Sigue el trayecto y las páginas… ¡¡Besos dobles!!

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    • pere rovira
      10 junio, 2015 at 01:42 (2 años ago)

      Gracias! Al final lo que nos permite recordar son los pequeños detalles. Hace ya un par de meses que dejamos atrás Rusia, pero ciertos momentos, muy breves, casi instantes, son los que recuerdo más vivamente.

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  3. pere rovira
    6 junio, 2015 at 10:37 (2 años ago)

    Quasi prefereixo llegir la teva versió del Baikal que anar al Baikal. Abraçades, fill i col.lega literari.

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    • pere rovira
      10 junio, 2015 at 01:41 (2 años ago)

      Hauràs d’anar-hi per veure si és així 🙂 🙂

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