Guerreros

Espero en la cola, repasando con Cris cada trayecto. Llega nuestro turno. Cris me agarra del brazo, los ojos llorosos. “No, no vayas.” Respiro hondo. “Todo irá bien, no te preocupes. Ahora tengo que irme.” Suelta mi brazo. Me giro, quién sabe si volveré a verla. Doy un paso al frente.

Nunca antes en la historia de China se han comprado 14 billetes de tren de golpe en la misma taquilla. Delante mío, una funcionaria desafiante. Nunca antes en la historia de China una misma funcionaria ha dedicado tanto tiempo a una misma persona. Detrás mío, una masa de chinos no puede sospechar lo que está a punto de ocurrir. Un blanco va a hacerles esperar en la cola más de lo que nunca han esperado en sus vidas. Sólo quien ha estado ahí puede entender cómo me siento. Beijing, estación de tren del oeste. 8,19 de la mañana del 11 de Junio de 2015.

“Beijing a Pingyao. Para hoy. 10,24 de la mañana. 2 billetes.”

Mira la pantalla. Teclea. Mira la pantalla. Teclea. Me mira. 640 yuan. De acuerdo. Pago. Billetes impresos. Me los entrega. Hace el gesto de que me retire.

“Perdone, por favor. Querría otro billete si puede ser.”

“Sí.”

“Pingyao a Xian, tren rápido de las 9,29 de mañana, día 14. Dos personas.”

Mira la pantalla. Teclea. Mira la pantalla. Teclea. Me mira. 310 yuan. De acuerdo. Pago. Billetes impresos. Me los entrega. Hace el gesto de que me retire.

“No, necesito otro billete.”

El tipo de atrás me empuja. Le ignoro. Murmuros.

“Xian a Chengdu, literas de abajo, segunda clase. El dieciséis, a las 20:34. Dos personas, hombre y mujer.” La cosa se complica.

“¿Dieciséis?

“Sí, el dieciséis.”

“21:57.”

“No, 20:34.”

“Sólo 21:57.”

“Bueno pues a las 21:57. Gracias.”

Mira la pantalla. Teclea. Mira la pantalla. Teclea. Me mira. 630 yuan. De acuerdo. Pago. Billetes impresos. Me los entrega. Hace el gesto de que me retire.

“No, necesito otro billete.”

Un hombre saca su cabeza por encima de mi hombro y le pide explicaciones a la funcionaria. Una mujer avanza desde la izquierda hasta pegar su cabeza en el cristal de la taquilla. Le enseña un billete, señalando enfurecida con el dedo.

Les ignoro, y sigo a lo mío.

“Chengdu a Kunming, literas de abajo, segunda clase. El diecisiete, a las 22:34.”

Más empujones, ahora ya descarados. Me giro, cabreado. Los chinos en mi cola no pueden creerse lo que está sucediendo. Nada les frustra más que comprobar que si hubieran escogido la cola de al lado, ya tendrían sus billetes. Pero no se atreven a cambiar de cola, por miedo a que les vuelva a pasar lo mismo. Bloqueo. Peligro.

“No hay plazas. Sólo tercera clase, literas superiores.”

La peor cama posible en un tren chino. Sonrío.

“Ok.”

Mira la pantalla. Teclea. Mira la pantalla. Teclea. Me mira. 380 yuan. De acuerdo. Pago. Billetes impresos. Me los entrega.

“Algún billete más?” Milagro, un funcionario chino ha improvisado un nuevo protocolo.

Me giro. Los chinos de la cola me insultan sin contemplaciones. Una urticaria avanza por sus brazos, por su cuello, por su cara. Les cambia la piel. Les salen escatas. Se están convirtiendo en dragones. Van a comerme. Me la juego, y vuelvo a darles la espalda.

“Kunming a Dali, 21:17, el dieciocho.”

“No. 23:34.”

“Bueno pues 23:34. Gracias.”

Mira la pantalla. Teclea. Mira la pantalla. Teclea. Me mira. 310 yuan. De acuerdo. Pago. Billetes impresos. Me los entrega.

“De Dali a Lingjian?” La funcionaria sigue improvisando. Quién sabe, igual y hasta acaba contándome un chiste.

“No, no seguimos hasta Lingjian. Dali a Kunming, el veinticinco, a las 22:03. Ya es el último”

Mira la pantalla. Teclea. Mira la pantalla. Teclea. Me mira. 340 yuan. Por algún motivo el mismo trayecto es más caro cuando regresas. Pero no es momento de pedir explicaciones. De acuerdo. Pago. Billetes impresos. Me los entrega.

“Algo más?”

Detrás mío los dragones rugen. Cris corre y salta a su alrededor para distraerlos, esquivando las bolas de fuego que salen de sus bocas furiosas. Tarde o temprano se la zamparán de un bocado. Pero no puedo retirarme ahora. Falta el toque final. Les doy la espalda.

“Sí, algo más. Repasemos juntos por favor. Pingyao a Xian, el 14.”

“Sí.”

“Xian a Chendgu, el 16.”

“Sí.”

“Chengdu a Kunming, el 18.”

“No el 17.”

“A ver. Ok, sí.”

“Kunming a Dali el 18 y Dali a Kunming el 25.”

“Sí.”

“Gracias. Muchas gracias. Lamento la cola. Nos gustan mucho los trenes chinos.”

La funcionaria sonríe, y me hace un gesto para que me aparte de una vez. Cris me agarra del brazo y arranca a volar. Lo hemos conseguido. Bajo nosotros, los dragones nos miran furiosos, rugiendo, pero enseguida se giran y se olvidan de nosotros. Un hombre empieza a empujar e insultar al siguiente de la cola. Una mujer avanza por la izquierda para pedir explicaciones. El ciclo vuelve a comenzar.

Llegamos a Pingyao a las cuatro de la tarde. Hemos viajado en un tren exactamente igual a los AVE de España, el país con más kilómetros de alta velocidad del mundo, después de China. La estación de tren es nueva, moderna, impresionante. Se diría que hemos llegado a una gran ciudad. Pero estamos en el campo, en mitad de la nada. Pingyao, nos dicen, queda a 15 kilómetros. Una pequeña ciudad de 200,000 habitantes. Después de negociar durante un cuarto de hora, cogemos un taxi sin licencia. Parece funcionar con una bombona de gas gigante que ocupa todo el maletero. Tecnología china. Más tarde nos explicarán que coger estos taxis es peligroso. “No porque te timen, si no porque pueden explotar”, nos dirá la encargada del hotel, con esa típica sonrisa china que no sabes muy bien si es ironía o burla o ambas cosas.

El camino a Pingyao nos resulta familiar. Durante varios kilómetros, grandes solares con aceras, papeleras, farolas, pasos zebra para peatones. La mayoría vacíos. De vez en cuando, un edificio a medias, otro terminado pero con los plásticos en las ventanas. Nadie por la calle. Parece que la burbuja inmobiliaria en China también viene de la mano del AVE. No en vano, Pingyao es donde se fundó el primer banco de China.

Banco en Pingyao

El primer banco de China se abrió en Pingyao. Así recibían a los clientes.

Nos alojamos en el antiguo palacete de una de las grandes familias de la ciudad, el primer hotel donde dormimos desde que comenzó el viaje. Pasan los años, y hasta las casas de los grandes banqueros acaban convertidas en hoteles de tres estrellas.

Hotel en Pingyao

En Pingyao nos alojamos en un palacete, nuestro primer hotel en lo que va de viaje

El centro histórico de Pingyao es la ciudad enmurallada mejor conservada de China. En la calle principal, las tiendas venden productos típicamente locales. Cremas para la piel. Perfumes falsos. Tambores africanos. Gorras con la estrella comunista. Al caer la noche, los karaokes proyectan a todo volumen las voces desafinadas de los turistas chinos. Los restaurantes sirven la misma comida esteorotipada de todas las zonas turísticas. Y con la manía de tratar al turista blanco de manera paternalista, advirtiéndole de los platos que no van a gustarle, y dando por sentado que va a comer con tenedor y cuchillo. A pesar de todo, pasamos tres días tranquilos, e incluso logramos tomar alguna fotografía con reminiscencias del pueblo que, en algún momento, debió ser este pueblo.

Calle principal en pingyao

Calle principal en Pingyao, que a pesar de las tiendas turísticas todavía conserva su encanto

Templo en Pingyao

Templo en Pingyao, la ciudad mejor preservada de China

La siguiente parada es Xian. Alquilamos un tandem y damos la vuelta a la muralla. Lo pasamos en grande pedaleando y filmando videos de nuestras acrobacias. Nos hacemos una foto los dos a bordo del tándem. Una de esas fotos icónicas que vamos a mirar durante toda la vida. Una de esas fotos que alguien salva del fondo de un cajón el día en que recogen tus cosas porque ya te has muerto. Tendremos que imprimirla, para que alguien pueda encontrarla.

Muralla de Xian

En tándem por la muralla de Xian

El día siguiente visitamos el conjunto arqueológico de los guerreros de terracota. Resulta que eran de colores, aunque ahora no se conserva ninguno pintado. En el museo podemos ver una recreación. Los guerreros se descubrieron por casualidad en 1974, cuando unos campesinos estaban construyendo un pozo. Es un ejército completo, con soldados, oficiales de diferentes rangos, caballos, armas, etc. Cada una de las caras, nos aseguran, es diferente. La tesis más común es que el emperador pensaba seguir gobernando después de muerto, y se hizo construir este ejército para el más allá.

Guerrero de Xian

Los guerreros de Xian originales eran de colores

Por fin llegamos a la nave principal, que aloja a más de 6000 soldados. Avanzamos lentamente, entre empujones, gritos, selfies y olor a sudado. A pesar de ser temporada baja hay gente por todos los lados. Además, varios chinos insisten en hacerse fotos junto a nosotros. Al parecer, somos tan exóticos como los guerreros.

Los Clinton en Xian

Entre los guerreros de Xian, encontramos esta tierna estampa de la familia Clinton

Una familia ha pagado 150 euros para acceder a un palco privilegiado, desde donde hacen fotos a placer, sin empujones. Flanqueados por un ejército de soldados de terracota, observan al pueblo llano desfilar a trompicones. El padre con ese aire campechano y deportivo de los ricos cincuentones. La madre repleta de joyas, con un bolso de marca, gafas de sol y esa cara de asco de la ignorancia. Las dos hijas chateando en sus iPhone 6 Plus.

Por la noche vamos al barrio de los chinos musulmanes, famoso por su mercado de comida nocturno. Hacemos cola un largo rato para probar la especialidad del mercado, una suerte de hamburguesa que promete ser más de lo que acaba siendo. En la cola, el chino de delante intenta hacernos una foto furtivamente, pretendiendo hacerse un selfie pero enfocándonos a nosotros. Le doy un golpecito en la espalda y le invito a que pose a mi lado, sin agobios.

Al día siguiente hacemos las maletas y encargamos dos docenas de dumplings en el garito de debajo de casa. Un euro y medio. Nos dirigimos a la estación de tren. Hoy toca viajar a Chengdu, esa ciudad de 15 millones de habitantes de la que nunca habíamos oído hablar.

4 comentarios on Guerreros

  1. Oriol
    2 enero, 2016 at 21:35 (2 años ago)

    Gran cultura la de no saber fer una cua, i colar-se a saco. És cultural. A Itàlia això no passa, només tinsulten tot cridant amb les ulleres de sol posades. A Japó quan hi va haver el tsunami i apagón, feien cues silencioses al supermercat tot i que quedessin poques existències (i sense pujar els preus), a Espanya segur que hi ha Revenda de tiquets del torn, i a Anglaterra farien complainings a la mínima.

    Tal i com dius, t’ho has de prendre com un joc. Segur que ells també, con el regatejar, i sinó, tonto qui no ho faci.

    Que gran que deu ser Xina, tot un món en si mateixa,

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    • Pere Rovira
      7 enero, 2016 at 19:25 (2 años ago)

      Si hi vas amb la ment oberta, el sentit del viatge com a joc i molt de temps, jo crec que Xina no te l’acabes mai. Quan hi ets voldries marxar, i quan marxes hi voldries tornar 🙂

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  2. Neus
    20 diciembre, 2015 at 13:31 (2 años ago)

    Estupenda la narración de la compra de billetes. Toda una hazaña!!! Bien!!!
    No nos cansaremos de repetir lo estupendo que es este viaje. ¡ Felicidades! Y Besos… muchos!!!

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    • Pere Rovira
      28 diciembre, 2015 at 17:28 (2 años ago)

      En realidad fue muy divertido… Es una de las ventajas de viajar por donde nadie te entiende, cualquier cosa se convierte en un reto que, si te lo tomas como un juego, es muy divertido 🙂 Besos!

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