Garbage in, garbage out

Cuando se viaja muy lentamente, el viaje es medio y fin al mismo tiempo. Viajar lentamente es un pasaporte hacia la plenitud. Porque si uno viaja lo suficientemente lento, no llega nunca a ninguna parte. Y ahí radica la felicidad del eterno viajero, el único tipo que existe de viajero. Llegar es terminar.

Nada más levantarnos, nos vestimos rápidamente y subimos al puente de mandos. Esta noche casi no hemos dormido. El temporal nos zarandeaba, sacudiéndonos de un lado a otro de la cama. Pero lo peor era el estruendo del barco al golpear el agua. No sabíamos qué era, simplemente oíamos un ruido estremecedor, como si el mar abriera su boca para tragarse la nave. A la tercera o cuarta vez, sin embargo, hemos llegado a la conclusión de que no podía ser nada grave, porque seguíamos a flote.

El tercer oficial, o “tercero” como le llama el capitán, está al mando de la nave. Nos comenta que tenemos olas de cinco metros. Esto explica la mala noche que hemos pasado, pero no le da mayor importancia. Es pura rutina. “Si los contenedores no caen al mar, el temporal no es muy grave. E incluso entonces lo peor sería la pérdida de mercancía. Es difícil que un temporal pueda hundir el barco. Es más probable que nos torpedeen los piratas.” Como aquí no hay internet para contrastarlo, tendremos que creerle.

Nos comenta que un truco para dormir es abrir las piernas y los brazos, apretándolos contra los bordes de la cama, de manera que quedas como encajado y te mueves menos. “Pero el truco sólo funciona si duermes solo”, comento. “Si estás acompañado, dormir no es tan importante”, responde Tercero con media sonrisa, pensando quizá en la última noche que pasó con su mujer, antes de zarpar hace ya cinco meses. Vuelve al cuadro de mandos, y después de hacer algunas consultas, nos muestra un mapa meteorológico. Al parecer, el temporal durará dos o tres días. A bordo de un carguero, ni siquiera las tormentas tienen prisa.

El barco se tambalea tanto que no nos apetece ducharnos. Lo que sí hacemos es guardar todos los objetos en las mochilas y los armarios, acolchados improvisadamente con camisetas y jerséis. Cuando por fin no queda nada a la vista, decidimos bajar a desayunar. El ascensor no funciona, como medida de seguridad. Bajamos las escaleras tambaleándonos como dos borrachos. Me imagino que algo así debe sentirse en un terremoto. Pero aquí no hay peligro. La sensación es hasta divertida, a pesar del mareo y la falta de sueño. No hay otro lugar más seguro para comprobar la violencia del mar.

En un carguero todo parece estar meticulosamente programado. En el comedor, una hoja cuadriculada muestra el menú de la semana. En otras hojas se informa de la regulación alimentaria, y la política de la compañía sobre el consumo de alcohol y estupefacientes. Un anuncio llama mi atención: anima a la tripulación a rellenar una encuesta de satisfacción laboral de manera totalmente anónima, bajo la promesa de tomar muy en serio sus indicaciones.

Hay dos comedores: el de los oficiales y el de los marineros. La separación responde a motivos jerárquicos, es evidente, pero también permite la segmentación culinaria. Para los oficiales se cocina un menú digamos más “continental”, y para los marineros un menú filipino, que permite al cocinero lucirse en especial. Porque el cocinero de un carguero es invariablemente filipino. Nosotros estamos invitados siempre al comedor de los oficiales. El único día en que toda la tripulación come en un mismo lugar es cuando hay barbacoa, que suele celebrarse si el tiempo lo permite una vez por semana, en alguna de las cubiertas exteriores.

En la misma planta de los comedores, están las salas de estar. Una para los oficiales, y otra para los marineros. Son prácticamente idénticas. Cuentan con tres mesas cuadradas para jugar a las cartas, un gran mueble con un televisor gigante, y un sofá en ele para varias personas. Consola de videojuegos, reproductor blue ray, y cientos de películas y videojuegos. Dos guitarras. En el comedor de los marineros, además, hay un equipo de karaoke. No podía ser de otra manera, pues prácticamente todos son filipinos.

Cada estancia del barco cuenta con un mapa y varias hojas de instrucciones generales, colgando de la pared y de la puerta, plastificadas y clavadas con chinchetas. En los pasillos, las paredes están llenas de infografías, mapas y listados de nombres e instrucciones, sobre todo tipo de cosas referentes a la organización del trabajo y de la vida a bordo. En el pasillo del comedor hay una pizarra blanca en donde cada día se anota la altura de las olas y el huso horario. Ayer dibujamos unas olas y un barquito en vertical, pero al poco tiempo lo habían borrado.

Todo el mundo se nombra por su cargo. Hablan un inglés adaptado, con influencias básicamente polacas, indias y filipinas. Su vocabulario está plagado de terminología marinera, aunque a veces dudo ante ciertos palabros, y me pregunto si no serán puras invenciones que han arraigado. Pero sea como sea parecen tener una palabra para nombrar cada cosa importante de disciplinas esenciales a bordo como la gastronomía, la mecánica, la cartografía, la náutica o los primeros auxilios. Dan las horas con solemnidad. Dicen “a las diecisiete cincuenta y cinco” con tal aplomo que da miedo llegar tarde.

Cada pocos días se realiza un simulacro, con la finalidad de poner a prueba el conocimiento de los diferentes protocolos de actuación en situaciones tan estimulantes como ataque pirata, incendio, fuga de agua, evacuación o emergencia médica. Por ejemplo, ayer aprendimos a ponernos el traje especial de neopreno para bajas temperaturas. El capitán fue muy didáctico: “Con este traje, incluso en las aguas más frías, aguantarías vivo una hora, suficiente para que el bote de emergencia te localice y te rescate. Sin el traje no duras ni tres minutos.”

Luego nos dijo que el protocolo indica que hay que sabérselo poner de pie, pero que no es realista. “En una situación de emergencia el barco se levanta hasta posiciones casi verticales”, dice ilustrando la frase con el movimiento de su mano. “Así que hemos cambiado el protocolo por uno más realista: hay que ponerse el traje como sea. Pero vaya, estamos en aguas cálidas, no se preocupen demasiado.” Es decir, que están los protocolos y está la interpretación de cada capitán. Pero los simulacros se realizan puntualmente, y puntualmente se reportan a la sede central de la naviera, que lo controla todo. La burocracia también hace estragos en el mar. Pero francamente, a mí me tranquiliza.

Cientos de datos sobre el rumbo y estado de la nave se registran y transmiten en tiempo real a repositorios centrales de datos, en tierra. Desde el puente de mandos, en lo más alto del barco, y desde la sala de máquinas, en lo más bajo, se controlan y analizan los datos periódicamente. En el puente los referentes al rumbo y el consumo de combustible, y en la sala de máquinas los referentes al motor, los sistemas mecánicos y eléctricos en general, y la distribución de la carga.

Bajamos a comer. El capitán se queja de la cantidad de informes que tiene que producir y enviar a diario a tierra. Nos explica su teoría sobre la intuición. Más allá de los datos, dice que a veces toma las decisiones por alguna cosa que no sabe explicar qué es. Se va a dormir con tres o cuatro alternativas en la cabeza para resolver un asunto. Por la mañana, tomando el café, tiene un momento lúcido y se le aparece claramente la decisión a tomar, a veces en contra de lo que le dicen los asesores en tierra.

“Es como en Amadeus, la película sobre Mozart: arrebatos de genialidad”. Desde luego nuestro capitán tiene un concepto elevado de sí mismo.
“¿Conocéis la película?”, nos pregunta inquisitivo.
Afirmamos con la cabeza.
“Y tú, ¿la conoces?” dice dirigiéndose a Devi, la tercera pasajera, de Estados Unidos.
“No”, responde con firmeza.
“Baaaa… ¡Americanos! ¡No sabéis nada de la cultura europea!”. Y se ríe y le dice que perdón, que es una broma.

Pero en el fondo le encanta hacer este tipo de comentarios. Parece un lord inglés bajito y regordete pero con acento polaco, al mando de las armadas que salieron a conquistar el mundo. Después de este interludio de nostalgia colonial, prosigue con su charla sobre los sistemas de control informáticos.

“Siempre les digo a los oficiales que si los datos o las instrucciones del ordenador no les parecen lógicos, tienen que pararse a pensar. Tienen que pensar en los datos de entrada que le han dado al ordenador, y qué significan los datos de salida. Muchas veces el problema es el dato que le das a la máquina”. Yo le digo que nosotros lo resumimos como “garbage in, garbage out”. Es decir, si alimentas a una máquina con basura, obtendrás basura. La frase le encanta, ríe a carcajadas. Dice que la piensa utilizar de ahora en adelante.

Leo durante cuatro horas. Los caramelos de jengibre me alivian el malestar, y se han convertido en mi adicción preferida. A las cinco y media, bajamos a cenar. Pero la sensación de mareo invita poco a comer, y en quince minutos hemos terminado. No nos importa, de todos modos la comida es muy mala y en días como hoy necesitamos poca energía para ir tirando.

Subimos al bridge, el puente de mandos. Le estoy cogiendo gusto a la sensación de que todo se mueva, de que todo sea tan inestable y al mismo tiempo saber que estás a salvo. Alejado del mundo, pero al mismo tiempo nodo imprescindible de la red de intercambios comerciales. Estamos en otro mundo, que en realidad es nuestro mundo más que nunca.

Frente a nosotros, el arco iris al completo. Es la primera vez que lo veo nacer y morir en el mismo plano. Me emociono al ver la luz de colores emergiendo del agua, como una exhalación divina. La nave va acercándonos al milagro, y por un momento parece que cruzaremos el arco y entraremos en otra dimensión.

Cuando se viaja muy lentamente, el viaje es medio y fin al mismo tiempo. Viajar lentamente es un pasaporte hacia la plenitud. Porque si uno viaja lo suficientemente lento, no llega nunca a ninguna parte. Y ahí radica la felicidad del eterno viajero, el único tipo que existe de viajero. Llegar es terminar.

4 comentarios on Garbage in, garbage out

  1. neus
    2 agosto, 2017 at 21:30 (2 meses ago)

    Muy hermoso. ¡Qué gozada la visión del arco iris! Toda una filosofía de vida: garbage in, garbage out; la máquina como la vida te devuelve lo que le das. También una filosofía de viaje: el viaje como medio y fin…, como ente en sí mismo”pasaporte hacia la plenitud”. Aunque desde otra perspectiva llegar no es terminar es empezar de nuevo… Texto precioso. ¡¡Felicidades!!. ¡¡Bsss triples!

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    • Pere Rovira
      1 septiembre, 2017 at 18:37 (3 semanas ago)

      Si no se llega, no hace falta empezar de nuevo. Todo es continuo, las rupturas son una ilusión humana. Así lo intuía en ese momento. ¡Gracias por los elogios!

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      • Neus
        1 septiembre, 2017 at 21:10 (3 semanas ago)

        “Todo es continuo”, filosofía zen, Tao, tao… Teo, Teo… Besos sin fin.

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  2. neus
    2 agosto, 2017 at 21:05 (2 meses ago)

    Ohhhh!!!! Cuánta producción!!! Bien!!! Besos dobles!!

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