Espejismos

Ban Na Ton Chan es un pueblo donde todo el mundo parece ser feliz. El turista, al llegar, se pregunta por qué ha venido. Aquí no hay nada más que un pequeño museo de cultura local montado por aficionados, un restaurante, el templo y caminos de montaña. El viajero, sin embargo, sabe que ha encontrado otro pequeño paraíso. Es tal y como se lo imaginó cuando en el Facebook del pueblo vio una foto del barbero y el siguiente texto: “Barber shop in my village. Adult 30b. Children 20b. No mirror”. El viajero busca barberos que trabajan sin espejo.

Cocinando crepes de arroz

Preparando la comida típica del pueblo. Crepes de arroz. Hace años, eran tan pobres que no podían comprar ni fideos de arroz, y las mujeres se inventaron esta receta, más económica.

Nos alojamos en casa de los padres de Sirikan, una veinteañera que estudia para maestra en Uttaradit, la ciudad más cercana. Su padre es un hombre bajito y rechoncho, involuntariamente cómico, que suele andar por casa en zapatillas, calzoncillos largos y camiseta blanca de tirantes. Le encanta ver la tele desde su mecedora de madera. Un día nos tragamos juntos una ceremonia del rey, y me intenta explicar lo que sucede. Con la madre interactuamos poco, casi siempre está haciendo algo y es bastante vergonzosa. La casa está a las afueras del pueblo, rodeada de árboles frutales de todo tipo: mango, guayaba, fruta del dragón, marañón, mangostan, papaya, rambután,… La voluptuosidad del huerto y los jardines contrasta con la sencillez del comedor, las habitaciones con colchones antiguos, el baño sin agua caliente.

La familia que nos acoge en Ban Na Ton Chan.

La familia que nos acoge en Ban Na Ton Chan.

Cuando llega la hora de preparar la cena, la tía de Sirikan, Pa Pong, pregunta si nos gusta el picante. Le decimos que sí, y nos pide que nos sentemos en el suelo de madera de la cocina. “Prepararemos curry nivel 4, es decir, con cuatro chiles”. En un mortero de piedra, picamos los chiles juntamente con limas, cilantro, comino, hojas de kaffir y otras especies y hierbas aromáticas. Por otro lado, rallamos un coco, hacemos una masa y la apretamos hasta que va soltando su esencia líquida y blanca. Ya tenemos la base del curry. Las sobras del coco las tiramos por la ventana. Los pollos acuden rápidamente a comer, aclimatándose de antemano a los sabores de su inevitable destino final: curry de pollo.

Preparando el curry de pollo nivel 4 chiles

Preparando el curry de pollo nivel 4 chiles

Pa Pong es la mejor cocinera que hemos conocido en este viaje. Como tantos genios, hace que su arte parezca fácil. Además, es de las pocas personas de la zona que habla algo de inglés, y una de las impulsoras del turismo en las familias del pueblo. Regenta un restaurante, pero en época de monzones tiene poco trabajo y por eso vendrá varios días a casa para cocinar y ayudarnos con la comunicación con nuestros anfitriones. Un día subiremos a lo alto de una montaña. Mientras los demás descansamos, ella cogerá una azada. Cava duramente junto a unos árboles de bambú, hasta extraer unos tubérculos. “Son excelentes para la sopa”, dirá secándose el sudor de la frente. Es una mujer bajita, muy morena y muy fuerte, con el pelo recogido sin gracia y gafas de intelectual. Siempre va con pantalones de chándal y camisas estampadas, y conduce una scooter del año de la pera.

Después de cenar, acompañamos a Sirikan a recoger unos bulbos de tulipán. Los gatos se entretienen observando con recelo a grandes sapos que deambulan por el jardín, ajenos al mundo. Decido pasear un rato a solas por el camino oscuro que sale de casa, mientras los grillos se quejan de su condición. Fumo y miro el cielo. Cuando regreso, me encuentro a Cris sentada en la mesa del porche con la familia, preparando unas ofrendas florales a partir de los tulipanes. Hay que ir doblando las hojas cuidadosamente, hasta convertir el bulbo en una preciosa flor. Me siento para ayudar. Cuando terminamos, nos vamos todos a dormir. Son las nueve.

Nos levantamos antes de las seis para ir a la ceremonia del templo. Nos prestan ropa: a Cristina un vestido, a mí una camisa. Hay que ir arreglado, parece ser que es algún tipo de festividad especial. Acudimos con el arte floral que preparamos la noche anterior, además de algo de comida. Nos acompañan hasta un altar, y nos enseñan a hacer los rezos y ofrendas pertinentes. Después nos sentamos frente a una especie de escenario, sobre el que varios monjes se colocan en posición de meditación. Una especie de portavoz del pueblo, quizá el alcalde, habla sin descanso. De vez en cuando, alguien pregunta al alcalde. La ceremonia comienza sobre las séis de la mañana, y termina a eso de las diez cuando los monjes recogen la comida y se van. Hay gente de todo tipo, desde bebés a ancianos. El ambiente es silencioso pero muy distendido, aunque no entendemos nada de lo que pasa, y nadie puede explicarnos. Cristina triunfa con su vestido granate y pelo largo. Una mujer se le acerca y me pide que les haga una foto.

De visita al templo, con nuestras ofrendas y ropa de vestir.

De visita al templo, con nuestras ofrendas y ropa de vestir.

Por la tarde vamos de excursión en bicicleta, para seguir disfrutando de nuestra suerte: es época de monzones pero no llueve, cosa muy rara. Nos acompaña Sirikan, su madre, su tía y un niño que parece haberse añadido espontáneamente y se divierte dejando claro que conduce mucho mejor que nosotros. Al llegar a un claro, aparcamos las bicicletas y comenzamos a subir por un camino. Antes, encendemos un incienso repelente de mosquitos; cada uno lleva el suyo en una mano, y lo mueve en círculos como para hacer un conjuro. Yo pienso que se terminará antes que la excursión, y nos acribillarán los mosquitos. Pero el camino es cada vez más empinado y pronto me concentro únicamente en seguir el ritmo de las anfitrionas cincuentonas y el niño repelente, que sortean raíces, barro y musgo con suma facilidad.

Nuestras anfitrionas suben la montaña con demasiada facilidad.

Nuestras anfitrionas suben la montaña con demasiada facilidad.

La vista desde la cima compensa el esfuerzo realizado.

La vista desde la cima compensa el esfuerzo realizado.

Por fin llegamos a la cima. La vista es espectacular, un horizonte verde interminable, pura selva tropical. Intentamos imaginarnos la salida del sol, uno de los principales atractivos del lugar que dejamos para otra visita. Comemos unos pastelitos, nos estiramos, no hacemos nada. Cris juega con un columpio y le hago fotos ante la divertida mirada del niño. Al cabo de un rato, volvemos a bajar hasta las bicis, y emprendemos pedaleando el camino de regreso a casa. Sin mosquitos.

El camino de regreso es pura felicidad.

El camino de regreso es pura felicidad.

Mientras avanzamos por caminos rodeados de palmeras, papayas y árboles gigantes de los que desconozco el nombre, vuelve a invadirme una felicidad espontánea e inexplicable. Es uno de esos momentos en que todo cuadra: los pájaros cantan, el cielo luce un azul imposible, el ambiente es fresco, el olor libre de la naturaleza lo invade todo, nadie quiere nada más que pasear tranquilamente antes de cenar. Pedaleo feliz, sabiendo que no vamos a ninguna parte. Pedaleo feliz, sabiendo que por la mañana no habrá nadie esperando al otro lado del espejo. Y al rodear un charco, me caigo.

4 comentarios on Espejismos

  1. Orioln
    17 septiembre, 2016 at 20:23 (1 año ago)

    Amb el ‘Pedaleo feliz, sabiendo que no vamos a ninguna parte’ segur que tots tenim dies a la feina i a la vida que sentim que pedelem sense anar Enlloc. Per aún motiu, quan tens aquesta sensació de vacances s’apropa a la felicitat, quan es per la feina, s’apropa al estar cremat.

    Les vacances et fan disfrutar molt de qualsevol activitat, malgrat que no anava dirigida amb un objectiu. Hauria de passar el mateix a la vida suposo. Una mena de ‘anar pedalant per anar algun lloc, però que has de saber disfrutar del camí.

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    • Pere Rovira
      21 septiembre, 2016 at 16:40 (12 meses ago)

      Quin comentari tan encertat, Oriol! No ho havia pensat, però resumeix perfectament bona part del que és viatjar com vàrem viatjar, sense horaris ni rumb fixe. I malhauradament, també resumeix perfectament la vida rutinaria. Es una paradoxa, com tú dius. Però també és cert que viatjar t’exposa continuament a sensacions noves, aprenentatges, persones, i la feina és molt més monòtona. I potser per això caminar sense objectius quan viatgem ens omple, però a la feina és un motiu més per pensar que el que fem no té gaire sentit, és a dir, que en treiem poc profit com a persones.

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  2. neus
    17 septiembre, 2016 at 07:12 (1 año ago)

    Feliz de leerte, feliz título, feliz narración y feliz parráfo final, un clásico ya en las entregas, con esa caída que también forma parte de la felicidad!! Casi diria que la felicidad existe porque hay caídas… Muy sabrosa y literaria la anécdota del barbero sin espejo y la de los pollos que se acostumbran al olor de su curry final…
    Preparo maletas para ir a Ban Na Ton Chan. ¿Espejismo? ¡Besos dobles!

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    • Pere Rovira
      21 septiembre, 2016 at 16:42 (12 meses ago)

      ¡Prepara las maletas, prepara! 🙂 Me alegra que te gusten los finales tanto como los principios. De eso se trata en la vida en general, y en las cosas más mundanas.

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