Es parte del juego

Regresamos a Kunming en otro tren nocturno. Esta vez nos toca compartir habitación con dos adolescentes chinas. Al cabo de diez minutos, y viendo que no hacen señal alguna de moverse, les tenemos que indicar que quiten sus maletas de nuestras camas, y las pongan en las suyas.

Pasan todo el rato antes de ir a dormir poniéndose cremas y mascarillas, utilizando el móvil como espejo, haciéndose fotos. Cenan una especie de patatas fritas.

Llegamos a Kunming a las 5 de la mañana. La revisora ha tenido que despertarnos a los cuatro, el tren ya estaba vacío y nosotros seguíamos durmiendo, en otro mundo. Tras hacer tiempo en el bar de la estación, vamos a la embajada de Vietnam para sacarnos el visado. Puesto que viajamos sin aviones y durante tanto tiempo, necesitamos sacarnos los visados sobre la marcha. Es imposible planificar los visados de un año, y tampoco tenemos la posibilidad de los “visados a la llegada”, que sólo se tramitan en los aeropuertos. En la embajada nos indican que regresemos a las cinco de la tarde para recoger el visado.

Mientras esperamos a que nos hagan el visado, vamos a la estación de autobuses para comprar los billetes a Xinjie para mañana. He elaborado un documento en la tableta con todo lo necesario para entendernos.

El documento incluye lo siguiente:

  • “dos billetes de autobús para mañana a Xinjie”, en transcripción fonética, por si me animo a pedir los billetes en chino
  • “Xinjie, 26 de Junio de 2015”, en caracteres chinos bien grandes, por si no nos entendemos hablando
  • una foto de un billete de la misma compañía de autobús con la que debemos viajar. La he encontrado por internet junto a la traducción de los diferentes conceptos del billete (la frase “en internet se encuentra todo” es cada vez más cierta)
  • una foto de una pantalla típica con los horarios de una estación de autobuses, de nuevo con todos los conceptos traducidos, para ayudarnos a leer los horarios.

Llegamos a la ventanilla de la estación:

  • “Xinjie, Menpiao Mingtian” digo, esperando que funcione.
  • “Mingtian?” me contesta si lo quiero para mañana, la he entendido y me siento eufórico.
  • “Mingtian, mingtian”, confirmo.

A continuación me suelta una parrafada de la que evidentemente no entiendo nada. Le muestro la tableta, con los caracteres en grande indicando “Xinjie, 26 de Junio de 2015”. Vuelve a soltar una parrafada. Caras de póker. Finalmente imprime unos billetes y nos indica el precio con una calculadora. La hora del billete y el precio coinciden con lo que esperábamos. Pero el nombre del pueblo es diferente. Quizá esto es lo que intentaba decirnos. En otro contexto, intentaríamos averiguar qué ha pasado. Pero aquí no sirve de nada. Nadie va a entendernos.

Antes de ir a la estación, nos hacemos una guía para entender el significado de un billete de autobús. Así, podemos comprobar que el destino no corresponde con la ciudad a la que queríamos ir.

Antes de ir a la estación, nos hacemos una guía para entender el significado de un billete de autobús. Así, podemos comprobar que el destino no corresponde con la ciudad a la que queríamos ir.

Volvemos a la embajada de Vietnam. A las cinco en punto sale un hombre de una de las habitaciones, con nuestros pasaportes visados en la mano, y nos los entrega. Puntualidad comunista.

Para pasar la noche en Kunming, hemos alquilado una habitación en casa de una familia. Hace una semana cerramos el trato con la hija, que habla inglés. Pero hoy está de viaje y tendremos que apañarnos con sus padres, que no hablan inglés. Cogemos el metro, y esperamos a que nos vengan a buscar. Al cabo de quince minutos no aparece nadie, así que decidimos encontrar el piso por nuestra cuenta. Es un barrio a las afueras, con casas altas, aceras nuevas, parques, riachuelos, universidades y centros comerciales. La nueva China, limpia, civilizada, sosa. El piso está situado en un complejo vallado, y para entrar tenemos que pasar un control de seguridad. Llegamos al piso, llamamos por el interfono, y no contestan.

Decido salir a buscarlos por los alrededores, quizá nos están esperando en otro lado. Cris aguarda en la portería, por si regresan. Al pasar de nuevo el control de seguridad, veo a un hombre que podría ser el padre de la familia que debe acogernos. Tengo sólo el nombre de la hija. Se lo digo, con todas las pronunciaciones posibles, para ver si lo reconoce. No hace ningún gesto, me he equivocado. Al cabo de quince minutos arriba y abajo, veo a Cris que sale a buscarme. “Ya los he encontrado, están esperándonos en la portería”.

Al llegar a la portería, me encuentro con el mismo hombre al que le he dado el nombre de su hija y no se ha inmutado. No me lo puedo creer. ¿Cómo es posible que no me haya dicho nada? ¿Qué ha pensado, al ver un extranjero con mochila a la espalda, intentando pronunciar un nombre parecido al de su hija? Sólo hablan chino, así que nunca sabremos qué ha pasado.

La madre nos prepara una cena excelente, con diez platos diferentes. Me fascina verla trabajar, cómo va cocinando todos los platos al mismo tiempo, con las ollas, el wok, los palillos. Nos tratan de maravilla, nos sentimos muy bien. En la misma casa tienen a otro inquilino, un inglés que está pasando unos meses en el país, para aprender chino y viajar por la zona. No es un mal plan. Por 400 euros al mes vive como un rey, con todo hecho y deliciosa comida casera.

Después de cenar intentamos resolver el misterio del billete de autobús. Investigando, descubro que hay una misma manera de referirse a muchos lugares, aunque estos lugares también pueden tener nombres distintos. Me explico. Nosotros vamos a Xinjie, un pueblo que antes se llamaba Yuanyang y era la capital de la región también llamada Yuanyuang. Pero resulta que Yuanyang se quedó pequeño, y decidieron trasladarlo a otra ciudad que tenía más posibilidades de expansión. A esta ciudad la llamaron Nueva Yuanyuang, pero algunos la llaman Yuanyuang a secas, y otros insisten su nombre anterior, Nansha. Al antiguo Yuanyuang lo rebautizaron como Xinjie, aunque se le suele llamar Antigua Yuanyuang. Los habitantes de Xinjie, sin embargo, la siguen llamando Yuanyuang. Es decir que Yuanyuang es muchos lugares y no es ninguno. Quizá esto es lo que la taquillera de la estación quería decirnos. Sea como sea, tenemos un billete a varios lugares a la vez, todos con el mismo nombre y con nombres distintos. Pura China.

A la mañana siguiente nos encontramos el desayuno en la mesa. De nuevo, una barbaridad de comida. Sopa de fideos, verduras, cerdo, fruta, té, leche. La madre nos mira comer, y cada vez que vamos a terminarnos algo, nos hace la señal para ponernos más comida. Dejamos el piso con algo de pena, hubiera estado bien pasar aquí unos días.

En la estación, buscamos nuestro autobús comparando los caracteres del billete con los de los carteles en el parabrisas de cada autobús. Encontramos el nuestro, y subimos. Todavía no sabemos muy bien a dónde vamos. Es parte del juego, nos decimos. Pero esta vez más nos vale ganar a la primera, porque nos quedan sólo 5 días de visado en China, y no querríamos perdernos las terrazas de arroz de Yuanyang.

En la fila de asientos de al lado se sientan un par de ingleses, uno de ellos con rasgos orientales. Nos decimos que debe hablar chino, así que le pregunto si el autobús va al Yuangyuan que en realidad es Xinjie. El chico de rasgos orientales me contesta que no tiene ni idea de que existen varios Yuangyuanes, pero que va a donde vamos nosotros, de hecho al mismo hostal, y que ya lo encontraremos. Le pregunto si habla chino. Me dice que un poco menos de lo que sugiere su aspecto.

El autobús va parando en cada uno de los Yuangyuanes, y el conductor nos indica que bajemos en la última parada. Como siempre, todo resulta ser mucho más fácil si te dejas llevar que si intentas descifrar el significado de lo que estás haciendo. Nos falta el trayecto final hasta Pugolaozhai, donde está nuestro hostal. Nuevamente, es muy sencillo, porque al bajar del autobús hay varias camionetas dispuestas a llevarnos. Después de negociar durante los cinco minutos de rigor, acabamos contratando el viaje por la mitad del precio inicial.

El chico de rasgos orientales, Ron, resulta muy simpático y espavilado. Su amigo Julien parece un zombie. El día anterior comió unos fideos en un antro cerca de la estación -un pecado imperdonable en China, son los lugares más infectos- y no para de vomitar sacando la cabeza por la ventanilla de la camioneta.

Al cabo de una hora por una carretera de curvas, la camioneta para en una especie de descampado. Llueve, y la niebla no nos deja ver mucho. El conductor nos indica que vayamos recto y bajemos por algún sitio. Cogemos un camino, llegamos a unas escaleras, y seguimos adelante. El agua baja por todas partes, nos rodea una vegetación exhuberante, pudorosa detrás la niebla. La escena es idílica, pero hay que ir con cuidado para no pisar las cagadas de los bueyes, pequeños cráteres en el camino. Aparecen unos niños y nos preguntan algo. Ron habla con ellos, le dicen cómo llegar al hostal, y piden un yuan por la información. Les contesta que no, y se parten de risa. Saltan y corren alrededor nuestro. Sin parar de reir, nos dirigen hasta el hostal.

Vista de Pugolaozhai desde el Timeless Hostel

Desde la ventana de nuestra habitación imaginamos las terrazas de arroz bajo la niebla

Dejamos las maletas, y comprobamos aliviados que el baño es de taza, y está limpio. Sólo hay que vigilar con los mosquitos, hay bastantes y estamos ya en zona de malaria y dengue. Aprovechamos la última hora de luz para ir hasta el mirador de la plaza del pueblo. La niebla se va dispersando, y nuestros ojos descubren poco a poco el paisaje de las terrazas de arroz, como en una operación de cataratas a cámara lenta. El agua toca su música por el laberinto de arterias que recorren esta espectacular obra de ingeniería que vemos por primera vez. Por enésima vez, tenemos la maravillosa sensación de haber llegado al mejor lugar que hemos visto en todo el viaje. Una bandada de ocas cruza la plaza caminando. Les hacemos caso, ya es tarde. Es hora de cenar y dormir impacientes hasta el amanecer, para seguir jugando.

2 comentarios on Es parte del juego

  1. Neus
    18 enero, 2016 at 12:59 (2 años ago)

    Bueno, ya tengo ganas de ver las terrazas de arroz. ¡Cuántas aventuras, y qué bien resueltas! ¡Adelante, queridos viajeros1. ¡Besos dobles!

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    • Pere Rovira
      8 febrero, 2016 at 01:22 (2 años ago)

      Ya llegan las terrazas, aunque me temo que no sabremos describir todas las sensaciones que nos provocaron. ¡Hay que ir en persona! ¡Abrazos y besos!

      Responder

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