Entretenimiento

Zarpamos a las 15h. El piloto dirige la maniobra de salida del puerto, que durará unas dos horas si todo va bien. Es el típico australiano afable y campechano, que dirige un carguero de 300 metros de largo como si fuera lo más natural del mundo. Va vestido con pantalones cortos y camisa de manga corta. Lleva gafas de sol. Más que el piloto, parece el pasajero de un crucero para jubilados anglosajones.

Nos explica que estuvo de vacaciones en España el año pasado:

“Pensaba que sería como latinoamérica, por eso de que habláis el mismo idioma, pero me pareció un país muy bien hecho. Dicen que hay crisis y mucho paro, pero yo no vi pobreza por ningún lado. Me pareció impresionante una colosal obra de ingeniería en Madrid que hizo construir Franco”.

Sin esperar una respuesta por parte nuestra, vuelve a su tarea. Va recitando una serie de números de tres en tres. Un oficial los repite, y otro los traduce en instrucciones para el rumbo del barco. El capitán lo mira todo desde un segundo plano. Ya tiene ganas de que el australiano charlatán termine con su tarea, y él pueda retomar su posición en la cima de la jerarquía.

A las 17h el piloto da por finalizado su trabajo. Por megafonía anuncian que ya ha llegado la lancha para llevarlo de regreso a tierra. Nos estrecha la mano a todos los presentes, y saluda de manera especial al capitán. Ya se conocen de otras ocasiones. Ambos son veteranos.
Cobran lo mismo, pero sólo uno duerme en casa cada día.

Durante la cena, el steward baja las persianas porque el sol es muy intenso. Un oficial ruso con el que aún no hemos intercambiado palabra le dice:

“Puedes dejarlas bajadas siempre. Me paso media vida en este barco, en el puente de mandos, desde donde sólo se divisan contenedores y el mar. Cuando bajo a comer no quiero seguir viendo lo mismo.”

Le pregunto si además de estar en el puente de mandos, tiene alguna otra tarea.

“No, sólo el puente”, dice.

“Entonces cuando terminas eres libre”, contesto. Enseguida me doy cuenta de que me he expresado de la peor manera posible, pero no me da tiempo a reaccionar.

“Sí, libre para ir a pasear, quedar con los amigos, ir de compras. Soy libre en esta prisión”.

La pasajera americana, Devi, interviene: “¿Qué haces en la mitad del año en que no trabajas?”

“Gastar el dinero”, dice secamente. Y tras unos segundos de silencio, añade: “Viajar con la mujer”.

El capitán llega y se sienta a nuestra mesa. Parece contento. Alejarse de la tierra firme, y de cualquier autoridad por encima suyo, le ha puesto de buen humor. Nos explica que una vez llevó de pasajera a una mujer de 72 años que estaba dando la vuelta al mundo con un coche de los años veinte. Había trabajado toda la vida regentando un concesionario de coches en Alemania. Ningún hijo quiso continuar el negocio, así que lo vendió para financiar su hazaña. Al parecer, el mismo coche ya había dado la vuelta al mundo muchos años antes, con otra mujer al volante.

El capitán remata la historia con una de sus sentencias filosóficas: “Nunca es tarde para hacer nada. Sólo cambia el punto de vista. De joven tienes un punto de vista, de mayor otro. Pero puedes hacer las mismas cosas”. No sé muy bien a qué se refiere, pero a la filosofía de andar por casa no hay que darle muchas vueltas. Nos ha tocado un capitán hablador, afable. A cambio, la comida es espantosa. De acuerdo a nuestra experiencia, parece existir una relación proporcional inversa entre la simpatía del capitán y la calidad de la comida. Dicho de otro modo: a los tres días de cenar con nuestro afable capitán, estaremos de su simpatía hasta las narices. Es muy difícil entablar amistad alrededor de una mesa con pésima comida.

De regreso a la habitación, Cris me comenta si me he fijado que los oficiales no se hablan entre ellos. Es cierto. Sólo hablan con nosotros. Quizá sólo estamos aquí para distraerlos, para que escuchen las historias de las personas que viven en libertad. Estamos aquí para que no se vuelvan locos del todo. Somos un entretenimiento, una medida de seguridad. El precio de los billetes es tan sólo un filtro.

Todavía llega la señal de internet al móvil, así que decido terminar el saldo haciendo una videoconferencia con mi amigo A., que acaba de despertarse en Barcelona. Me enseña a su hijo recién nacido. Saludo a su mujer. Me cuenta que tienen dos semanas libres y se irán a Tenerife con más amigos y más hijos. Hablamos durante dos horas. A. observa que la cuerda de la cortina se mueve detrás mío. Es el vaivén del barco, al que en pocas horas ya me he acostumbrado. Y entonces la conexión se corta, y a pesar de los intentos por recuperar la videoconferencia, nuestros reflejos digitales ya no vuelven a encontrarse.

Se ha hecho de noche, la luna ilumina los contenedores que se ven desde las ventanas de nuestro camarote. Azules, blancos, rojos, verdes. Más allá, tan sólo el rugir del mar. Ahora sí. Por fin ha comenzado la travesía del mar de Tasmania.

1 comentario on Entretenimiento

  1. Neus
    31 agosto, 2017 at 12:37 (3 semanas ago)

    Muy interesantes los mandos del barco, casi más personajes que personas. Quizá sí las historias de los pasajeros palíen la falta de libertad. Felicidades a papis A. ¡Muchos besos!

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