Entre Formentera y San Francisco

“Parece una mezcla de San Francisco y Formentera”, me contesta un amigo cuando le envío la foto que acabo de tomar. Estamos en Bondi Beach, una de las setenta playas de Sydney y punto de inicio del camino de la costa, que abraza a la ciudad a lo largo de dos horas de paseo.

Hace buen tiempo, y varias personas se remojan en la orilla o en las piscinas de agua salada construidas entre las rocas. Los surfistas repiten una y otra vez las mismas rutinas. Un cartel informa de que al amanecer se ha visto un tiburón merodeando por la zona.

agua transparente en las playas de sydney

Las aguas de las playas de Sydney son tan transparentes como peligrosas

La playa consta de dos zonas claramente diferenciadas. Primero está el parque, cubierto de césped, con equipamientos públicos como barbacoas, servicios, pipicán y parque infantil. Después está la arena, reservada a los surfistas y bañistas en general. Es algo habitual en Australia, verde y dorado se besan junto al azul turquesa del mar. Por supuesto, también hay chiringuitos, pero aquí los atiende un barista orgulloso de su flat white, que es el nombre que recibe la mejor receta que conozco para el café con leche. Ser surfista en Australia es todo un estilo de vida, pero el glamur existencialista de los baristas es lo que se lleva ahora.

piscinas de agua salada junto al mar

Para bañarse y nadar, la mayoría de la gente opta por estas piscinas junto al mar, de agua salada.

El camino de la costa discurre tranquilo entre casas de lujo, pequeñas calas, miradores, acantilados y la discreta música del horizonte azul. Varios letreros nos instruyen sobre la fauna del lugar. Leemos acerca de los viajes migratorios de las ballenas, e incluso las vemos a lo lejos, saludando con sus trompetas de agua. Más cerca, nos adelanta con la cabeza bien alta un lagarto de medio metro de largo. Un matrimonio autóctono nos asegura que no hay ningún animal peligroso en esta zona, y que en todo caso pisando fuerte espantamos a las serpientes.

cementerio de waverley

El cementerio de Waverley, uno de los más bonitos del mundo

En una colina con impresionantes vistas al mar, descubrimos el cementerio de Waverley, quizá el conjunto de lápidas más bonito del mundo. Aquí están enterrados algunos de los poetas, jugadores de rugby, criminales, políticos y mártires que contribuyeron a forjar la identidad colonial de Australia. El lugar lleva operando más de 130 años como negocio privado, pero los costes de mantenimiento de sus joyas arquitectónicas y artísticas hacen cada vez más complicada su viabilidad económica. Por ello, se han puesto en marcha iniciativas como la esponsorización de lápidas, con escaso éxito. La tumba del pionero de la aviación Lawrence Hargrave sólo ha merecido el patrocinio de la Real Sociedad de Aeronáutica, y la del poeta Henry Lawson una mísera ayuda del gobierno estatal. Cuando se barajó la idea de poner en marcha un crematorio, la comunidad local de vecinos se opuso. El cementerio sigue arrastrando sus años en búsqueda de fuentes de financiación.

Tras la excursión marítima regresamos a casa. Oscurece. En el supermercado del barrio, compramos comida y una botella de vino para la cena. La cajera nos informa de que el vino debemos pagarlo en otra caja específica para productos alcohólicos. Como no queremos hacer cola de nuevo, decidimos que cenaremos con agua. Este es un país que se lleva mal con la bebida. El camarero de un bar, por ejemplo, está en su derecho de negarte otra cerveza si considera que vas borracho. De hecho, todos los camareros están obligados a tomar un curso en el que les enseñan a identificar signos de embriaguez. En varios estados sólo es posible comprar bebidas alcohólicas en establecimientos reservados para ello, como las películas pornográficas.

Nos preparamos una ensalada de espinacas, atún y tomate, y nos sentamos a cenar en el comedor. Tina y John, nuestros arrendadores, charlan con el matrimonio chino que ha alquilado otra habitación. Cuando la mujer china nos ve comer del bol de ensalada, se gira hacia su marido y le lanza una cascada de sonidos durante dos largos minutos. Los demás callamos, como admirados de que sea posible hablar y entender el chino. Finalmente, el hombre se gira y nos dice en un inglés indio: “mi esposa preguntar si sólo cenar esto”. Acto seguido, sin esperar a que terminen las maniobras diplomáticas de su marido, la mujer se levanta hacia la cocina, y vuelve con una bandeja de dumplings (empanadas) todavía calientes que planta delante nuestro. Están deliciosos, y se lo agradezco con múltiples sonrisas.

Tina y John son una pareja cerca de los treinta, que alquila 3 de las 4 habitaciones de su casa a las afueras de Sydney. “Nos encanta conocer gente”. Si te pillan en el sofá, o distraído esperando para entrar al baño, fácilmente pueden entretenerte durante media hora de reloj hablando sin parar. Ella es australiana, y hace poco ha empezado a trabajar de barista en el café de las piscinas olímpicas. Él es ruso, y estudia un máster en contabilidad y finanzas. Tienen una diminuta perra llamada Lolly, a la que a menudo levantan a la altura de su cara y le dan besos. En una de las habitaciones se aloja un sindicalista australiano. En la otra habitación el matrimonio chino, que ha venido a Sydney para asistir a la ceremonia de graduación de su hijo.

Las universidades australianas, como muchas otras industrias del país, han encontrado en China una fuente rebosante de clientes. El imaginario occidental sigue situando al país de los canguros en el “culo del mundo”, cuando la realidad es que goza de una privilegiada situación geográfica para abastecer de materia prima y servicios de valor añadido al país más poblado del mundo. Quizá por ello hace más de 25 años que Australia no experimenta una recesión. Ninguna otra economía capitalista ha logrado semejante hazaña.

A la mañana siguiente, el sindicalista australiano protesta sobre la decadencia industrial de su país. Es tímido, gordito y con la cara rosada de buena persona. Ha viajado hasta Sydney para ver la final de no sé qué torneo de rugby. Nos cuesta horrores entender su inglés de clase trabajadora. Se gana la vida en una fábrica “en una región donde antes se hacían coches, y ahora sólo se procesan materias primas para que lo fabriquen todo los chinos”. Mientras tanto, Tina prepara y nos va sirviendo unas creps aderezadas con limón, azúcar y mucho amor. La receta es simple pero difícilmente superable, como las cosas que valen la pena en la cocina y la vida en general. Los chinos, por su parte, deben haber salido de casa muy pronto, porque nadie los ha visto hoy.

Es domingo, luce el sol y no tenemos nada que hacer: las condiciones ideales para disfrutar de Sydney. Habíamos pensado en visitar las Blue Mountains, un parque natural a una hora en tren, y de paso aprovechar que el domingo el transporte público es gratuito. De hecho, en una semana cualquiera sólo se pagan los primeros ocho viajes. La medida está pensada para reducir el uso del coche durante el fin de semana, e incentivar el turismo local. Esta estructura tarifaria, nos explica John, es su excusa para dedicar el lunes a realizar la colada: mientras espera las sucesivas tandas de lavadora y secadora, viaja en autobús a los barrios colindantes, para comprar cosas que necesita o simplemente deambular. La cuestión es completar ocho trayectos en un día, y así poder viajar sin coste el resto de la semana. Lo más divertido del asunto es que John casi nunca se mueve de casa, excepto los lunes. Es un hombre feliz.

Puesto que entre una cosa y otra ya son casi las doce cuando salimos de casa, abandonamos la idea de las Blue Mountains y aconsejados por John decidimos visitar el barrio de Newtown, a 20 minutos en autobús. La parada está frente a una oscura tienda de muebles de segunda mano, con algunas sillas polvorientas, una lámpara y una butaca descolorida expuestas sobre la acera. Hay algo profundamente anglosajón en una tienda anacrónica abierta el domingo a las doce del mediodía, mientras esperas el autobús plantado en la acera gris y los coches pasan como las nubes.

típica calle con letreros vintage en sydney

Típica calle en Sydney, con letreros vintage colgando sobre la acera.

Las calles de Newtown son un hervidero de progres pijos (autodenominados hipsters) ávidos de café, helados de diseño y comida orgánica. Se entretienen comprando discos de vinilo y libros de economía social, charlan entre cervezas artesanales y alquilan el sofá de su casa para poderse pagar la peluquería, la ropa y el teléfono. El barrio está repleto de arte callejero: murales, grafitis, farolas pintadas, esculturas improvisadas aprovechando el mobiliario urbano. Un impulso creativo surgido para darle una vuelta a la desalmada arquitectura del lugar, y apuntalar la conversión de un antiguo barrio obrero en uno de los lugares más caros de la ciudad.

café en newtown

Aquí nos paramos a comer un magnífico helado, acompañado por el obligado café

cervecería artesanal

Una de las cervecerías artesanales más famosas de la ciudad. En el barrio de Newtown, por supuesto.

calle residencial en sydney

Una calle residencial en Sydney, con casitas bajas y silencio vecinal.

fachada pintada con arte callejero

Arte callejero para dotar de nueva vida a la monótona arquitectura de los barrios.

colorida tienda de sillas

Tienda de sillas en Sydney, junto a mujer con vestido.

Seguimos caminando rumbo al puerto de Victoria, unas tres horas de caminata por barrios residenciales, la universidad, varios parques y el centro financiero y comercial. Hay poca gente paseando. Disfrutamos del sol y una arquitectura entre victoriana y yanqui, con mayoría de casitas bajas y silencio vecinal. Pero también hay varios pedazos de ciudad por reconstruir, que nos recuerdan su lado decadente más allá de los cafés y las tiendas de diseño. En un descampado rodeado por antiguas fábricas y almacenes que se caen a pedazos, y delimitado por un puente sobre el que pasa el tren, varios indigentes viven en tiendas de campaña. Una rata gigante se cuela en una de ellas, pero no debe haber nadie porque no se oye ningún grito.

Nos sentamos a comer un pastel en un parque presidido por un cartel que dice lo siguiente:

“Municipalidad de Leichhardt. Ordenanza 48 del gobierno local, 1919. Estas son algunas de las actividades prohibidas en este espacio público. El consumo de alcohol, depositar basura, romper cualquier botella, vidrio o recipiente de cristal; acampar o pasar la noche, interferir con el mobiliario urbano, o con la flora, fauna y jardines; el golf, el tiro con arco, hacer volar aviones de aeromodelismo y cualquier juego o la realización de cualquier acto que pudiera herir, poner en peligro, obstruir o molestar a cualquier persona; disparar rifles o armas de fuego; entrar con vehículos a motor (excepto en el área de parking), montar en bicicleta o ciclomotores; entrar con caballos, ganado, cabras, galgos o perros sin atar, encender el fuego (excepto en las instalaciones construidas por el gobierno local para tal propósito).”

Que un cartel así siga presidiendo la entrada a un plácido parque dice bastantes cosas de Australia y su historia colonial. La multitud de reglas y advertencias absurdas de este país te induce a pensar que los australianos son más retardados de lo que parecen, o quizá es tan sólo su gobierno, o la Reina de Inglaterra, quien lo sigue creyendo. Al fin y al cabo, hasta hace poco eran salvajes aborígenes incapaces de encajar en el ideal de sociedad del Imperio Británico. Por eso los mataron a todos: tan sólo el 2,5% de la población de Australia es aborigen, según un censo de 2001.

Rematamos el día tomando una cerveza frente al Harbour Bridge, con la emblemática ópera detrás nuestro. Las luces del puerto empiezan a encenderse, y las gaviotas sobrevuelan las terrazas peligrosamente cerca, embriagadas por el olor a comida. Grabamos un video para un amigo enamorado de Australia, y se lo mandamos. Lo acompañamos de comentarios jocosos, irreverentes. Nos comportamos como si nunca tuviéramos que despertar de la felicidad nómada, como si este viaje maravilloso fuera a durar para siempre. Debe ser el espíritu de Sydney.

vista del harbour bridge, puente del puerto

El “Harbour Bridge”, puente del puerto. Junto al edificio de la ópera, es un símbolo de la ciudad.

3 comentarios on Entre Formentera y San Francisco

  1. neus
    2 enero, 2017 at 13:03 (11 meses ago)

    Pues, adelante!! A Sidney y a leer! Qué placer teneros de vuelta;-). ¡¡¡Besos dobles, siempre!!!!
    ¡¡¡ Feliz 2017!!! ¡¡¡Para vosotros, para todos!!!

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  2. neus
    28 noviembre, 2016 at 13:34 (12 meses ago)

    Sí, debe ser el espíritu de Sidney. Precioso lugar, preciosas fotos y texto que las acompaña. Muy buena la observación sobre el cartel y su relación con la historia colonial…
    ¡Besos dobles!

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    • Pere Rovira
      9 diciembre, 2016 at 13:46 (12 meses ago)

      Una ciudad que vale la pena visitar. Lástima que estemos tan lejos. Pronto más impresiones del país de los canguros…

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