En las antípodas

Pedaleamos por senderos de tierra. Alrededor, campos y colinas cubiertos por una infinita alfombra verde. En el horizonte, los glaciares rayan el cielo, y se confunden con las nubes. Podemos pasar horas sin cruzarnos con nadie. Nos acompañan el viento, las ovejas y los pájaros.

De vez en cuando dejamos las bicicletas a un lado del camino, y caminamos un rato hasta encontrar un buen lugar para sentarnos. Respiramos profundamente, y dejamos que el paisaje nos acaricie lentamente, como Morfeo.

Paramos para comer en el Waipiata Country Hotel, el único establecimiento de un pueblo de una docena de habitantes. Entramos en el bar, con una barra clásica en forma de L, mesas altas con taburetes, y el suelo enmoquetado. En la pared de detrás de la barra hay colgados 5 rifles y 7 revólveres. En un rincón del salón, una silla de montar reluciente que ganó un premio en 2009. En el otro, un equipo de música Pioneer con varias cintas de casete encima. Me fijo en un cartelito colgado de la puerta, en el que se indica el horario de apertura de este modo:

“Últimamente estoy aquí casi siempre, excepto cuando he tenido que ir a algún sitio. Pero no tardaré en venir.”

Voy al baño. Las paredes están forradas de pósters con escenas de la vida cotidiana del “hombre del sur”. A juzgar por las imágenes, el hombre del sur cuida de las ovejas y los caballos. Le gusta vestir con tejanos, camiseta blanca sin mangas y sombrero vaquero. Bebe cerveza con los amigos al atardecer, sentado en un caja de madera. Habita un mundo del color de las fotografías antiguas.

Junto a la cisterna del váter, un cartel advierte:

“Le estaríamos muy agradecidos si depositara sus productos higiénicos (tampones incluídos) en la papelera. Tenemos una fosa séptica a la que no le gusta recibir objetos de la era moderna.”

Nos atiende un grandullón muy amable que no se parece en nada a los vaqueros esbeltos de los pósters del baño. Hoy sólo tiene fish and chips (pescado rebozado con patatas fritas) en el menú. Prepara la comida y se va, porque debe atender a unos operarios que vienen a arreglarle unas luces en otra estancia del hotel. Al rato regresa para hacernos el café. Nos explica que aquí está muy solo la mayor parte del tiempo, pero que de vez en cuando organiza una fiesta en el bar y viene gente del pueblo a diez kilómetros, en el que viven un centenar personas.

Volvemos a nuestras bicicletas con el estómago lleno. Después de pedalear unos veinte minutos, tengo una visión muy extraña. Un pájaro negro me sigue. Cada cien metros se para en el cable del tendido eléctrico, como si me esperara, y cuando paso junto a él arranca el vuelo y vuelve a pararse cien metros más allá. Y así sucesivamente, durante un buen rato. Pero lo más alucinante es que tengo la seguridad de que me mira fijamente, y cuando me mira veo a mi abuelo. Parece como si el misterio del mundo me estuviera siendo revelado por primera vez. Por supuesto, el pájaro acaba yéndose, y ya no lo he vuelto a ver nunca más.

Cuando ya estamos llegando al pueblo donde pasaremos la noche, vuelvo a tener otra visión extraña. En las vallas de alambre de una finca, vemos unas siluetas de animales colgando. Nos acercamos. Debe haber una treintena de jabalíes despellejados. Algunas cabezas todavía conservan la expresión de rabia salvaje, con la dentadura a la vista. El conjunto da un poco de miedo, pero esta vez tiene explicación.

En efecto, más tarde me entero de que Ranfurly es un pueblo de cazadores. Tras terminar la cacería, en la plaza se exhiben los treinta o cuarenta jabalíes abatidos durante la jornada, boca abajo, colgando de un gancho clavado en la pierna. Se reparten trofeos a los que han abatido las piezas más grandes, de hasta cien kilos. Los niños también tienen su espacio, donde muestran las liebres y conejos que han cazado. Nos explican que el jabalí se caza a pie, con perros. Hay quien utiliza el rifle para matar, y hay quien prefiere el arco. El ambiente es festivo, familiar, muy agradable. Tras repartir los trofeos, se desolla a los animales y se ponen a secar las pieles en una finca a las afueras.

Para terminar el día, salimos a tomar una cerveza. Entramos en un bar que parece sacado de las películas del oeste, un “saloon”. Una cincuentena de cuernos de ciervo cuelgan del techo. En las paredes, varias cabezas de ciervo y de cabra salvaje disecadas. También hay pescados y caimanes, y una bandera gigante del All Blacks, el equipo de rugby nacional que acaba de ganar la copa del mundo. El único cliente está sentado en un taburete, con su cerveza, mirando fijamente la televisión. La camisa de cuadros rojos y negros, el pelo gris, la gorra marrón manchada de sudor. Parece preocupado por algo.

2 comentarios on En las antípodas

  1. neus
    28 septiembre, 2017 at 09:55 (7 meses ago)

    ¡Nueva Zelanda, qué maravilla!. Me gusta mucho el desarrollo del relato, las imágenes y misterio que aparece; el pájaro negro que mira como tu abuelo. ¿ Cuál de ellos? ¿o los dos? Opino que los dos. El primer párrafo muy atractivo, como siempre, el final inquietante. Parte media jabalíes desollados… En el final esta vez no se ha vuelto al principio, como es habitual… tal vez para continuar el misterio. Foto preciosa. Gran Cristina, gran Pere, gran país. ¡Adelante, huéspedes del mundo! ¡Besos dobles!

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    • Pere Rovira
      14 octubre, 2017 at 19:18 (6 meses ago)

      La verdad es que es un lugar maravilloso si te gusta la naturaleza. Como toda isla, tiene un cierto aire de misterio, de otra época.

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