El viaje de Taro

Desembarcamos en Fukuoka después de casi tres horas de ferry. Cogemos el autobús: una pantalla va recitando los nombres de las paradas en japonés e inglés, lo cuál nos alivia hasta que nos damos cuenta de que hay tres paradas con el mismo nombre en el centro de la ciudad. A la segunda decidimos bajarnos: otra pantalla nos indica el importe a pagar entre un enjambre de números que nos ha llevado un buen rato descifrar. Hay que introducir el importe exacto en una máquina, motivo por el cuál hay otra máquina al lado que da cambio. Completamos la operación mientras el autobús permanece parado en el más absoluto silencio. El conductor, diminuto, mira al frente, con mascarilla celeste y sombrero azul marino de capitán de barco. Una gota de sudor en su sién me confirma que es humano.

Hemos quedado a las cinco en el restaurante donde trabaja Taro, la persona que nos alquila el apartamento en el que pasaremos la semana. Mientras nos invita a sentarnos en la barra, saca el menú de bebidas y dice que estamos invitados a lo que queramos. Saludamos también al propietario del restaurante, amigo de nuestro anfitrión desde que coincidieron en su primer empleo en unos grandes almacenes, recién salidos de la universidad. Entonces, el sueño de Taro era realizar un viaje en bicicleta por el continente euroasiático, y el de su jefe montar un restaurante tailandés. Cuatro años y cuarentamil kilómetros después, vuelven a trabajar juntos, con los sueños cumplidos.

Taro saca unos vasos de chupito, los llena de tequila helado, y junto a un par de cocineros y el jefe nos propone un brindis por nuestro lento viaje sin aviones alrededor del mundo. Yo propongo otro por los sueños cumplidos. Brindamos y reímos. Seguimos hablando. A veces la amistad sucede muy deprisa.

Al cabo de una hora larga, y como vemos que Taro no parece tener intención de dejar de invitarnos a cañas, decidimos que es momento de decir adiós e ir a conocer nuestro apartamento. Taro nos indica el camino en un mapa que ha dibujado él mismo, y en donde ha indicado tres o cuatro sitios para comer ramen y sushi, así como la ubicación del supermercado. Nos explica también que seremos vecinos, y que disculpemos el desorden de cajas en el rellano, todavía está instalándose.

Encontramos el lugar sin problemas, pero la llave no funciona. Temo que Taro nos ha dado las llaves de su apartamento: efectivamente, pruebo en su puerta y se abre. Regreso al restaurante a resolver la confusión. Al llegar, Taro ya no está, ni tampoco el jefe. Los cocineros no hablan pizca de inglés, así que después de ver que yo tampoco entiendo pizca de japonés, me invitan a sentarme y me sirven una cerveza.

Habíamos leído que Fukuoka es una ciudad muy relajada y con la mejor calidad de vida de Japón. Y a juzgar por nuestra llegada, la fama es totalmente merecida. Hemos conocido a nuestro anfitrión hace dos horas. Nos han invitado a varias cervezas y un chupito de tequila a cada uno y todavía no hemos conseguido entrar en casa, que era el objetivo principal del encuentro, al fin y al cabo. Por un momento tengo la sensación de que en realidad estamos en Sevilla.

Taro llega cinco minutos más tarde, con la bicicleta al hombro, jadeando. Al parecer, se ha dado cuenta del error con las llaves, y ha ido a buscarnos rápidamente a casa con la bici, pero hemos ido por caminos diferentes y por eso no nos hemos cruzado. Busca las llave entre los estantes de botellas, en los cajones bajo la barra, por el suelo, en los bolsillos, la chaqueta. “No las encuentro”, concluye, “te doy mi copia, y ya veremos cuándo hacemos otra. Por cierto, esta noche si os apetece pasaros por el restaurante, os invito a lo que queráis, para compensar las molestias”.

Esta vez la llave funciona y entramos en casa. Es un apartamento minúsculo, de unos 20 metros cuadrados, con cocina, lavabo y dormitorio con suelo de tatami. Pocos muebles: un futón, una mesita baja y un cojín a cada lado para sentarnos a comer o trabajar. Una colcha y una cortina con caracteres japoneses, y una lámpara de luz tenue completan el escenario. Nos enamoramos al instante de nuestro nuevo hogar, y volvemos a decirnos que tenemos mucha suerte.

Salimos a pasear: estamos en el centro del barrio de moda de Fukuoka. Ninguna casa supera los tres pisos de altura. Y en sus bajos la mayor concentración de locales “cool” que he visto en mi vida. Aquí un café en donde se escriben novelas en libretas de papel, allí un taller de bicicletas regentado por un japonés barbudo con mono tejano, ahora una pequeña librería en donde comprar postales para decorar la estantería de casa, más allá una tienda con vestidos de rayas, una taberna donde sirven deliciosos ramen por 5 euros y una barbería masculina donde te afeitan la barba, el pelo y la cartera por 75 euros. Todo el mundo es joven y va vestido de modo que el “hipster” barcelonés medio se sentiría avergonzado y correría a casa a quemar su armario.

Caminamos un poco más allá, entre maravillados y abrumados por una estética perfectamente calculada a cada palmo de calle, y entramos en un barrio residencial, con las casas algo más altas y la gente con bolsas de comida en la cesta de sus bicicletas. Al cabo de media hora, llegamos a Ohori Koen, el parque principal de Fukuoka. En una de las terrazas del castillo en ruinas que corona el parque, un chico descalzo observa completamente inmóvil la puesta de sol. Me quedo mirándole desde atrás, encuadrando con la cámara su cuerpo frente al fuego del crepúsculo. Cuando los edificios ya no dejan ver el sol, da media vuelta y se pierde escaleras abajo, caminando con cierta prisa.

 

Meditando con la puesta de sol

Meditando con la puesta de sol

Cenamos en casa. Por fin podemos comer una buena ensalada con lechuga, tomates y zanahoria, en platos y una mesa, aunque todavía sin sillas. La complementamos con unos trozos de sashimi de toro, una de las mejores partes del atún. Estamos cansados, pero nos decimos que no podemos ser descorteses con Taro el día en que nos hemos conocido. Además, hace ya casi un mes, desde el Baikal, que no salimos una noche con otras personas.

Pasamos la noche en la barra del restaurante, hasta bien pasadas las dos de la madrugada. Nuestro anfitrión no nos deja pagar nada. Nos explica largo y tendido su viaje de 40,000 kilómetros en bicicleta. Imaginamos que estará cansado de explicar siempre lo mismo, así que al menos le ayudamos a refrescar su español e intercalamos su discurso con las anécdotas de nuestro viaje.

Nos dice: “Para cada país que visitaba, aprendía a decir seis cosas fundamentales: hola, adiós, gracias, la comida está muy buena, cuánto cuesta, baja el precio”. “La gente es muy maja, pero el problema es que también hay gente muy mala” nos dice con la mirada seria, recordando algún episodio en que lo paso mal durmiendo a la intemperie, en estaciones, templos, iglesias o márgenes de la carretera.

Le miro: es bajito y delgado, muy poca cosa. Estudió sociología. Después de licenciarse, trabajó como responsable de la sección de música en unos grandes almacenes. A los 26 años decidió cargar su bicicleta con cuarenta quilos de equipaje, y cruzar el continente eurasiático ida y vuelta. Ha regresado hace tres meses y trabaja de camarero. Además, tiene el proyecto de montar una casa de huéspedes con su jefe. Ha empezado por el apartamento que nos alquila: somos sus segundos clientes. No se queja ni una vez en toda la noche. Brinda a menudo. Intenta ligar con su compañera de barra. Comenta que en un par de años quizá emprenda otro viaje, o quizá no..

[Aquí puedes encontrar el canal de youtube del viaje de Taro]

Hablamos con el amo del restaurante. De piel oscura y cara redonda, es japonés pero no se parece en nada a Taro, cara alargada y pálida. Viajó a Barcelona para coger ideas de decoración. Se acabó inspirando en un restaurante del que nos enseña las fotos. Reímos: es un lugar al lado de la segunda oficina donde trabajamos juntos con Cris, en la calle Valencia, y que solíamos frecuentar por su excelente tarta de queso. Nunca reparamos en que la decoración fuera especial. Si entonces hubiéramos visto a un japonés tomando fotos del lugar, seguramente habríamos protestado burlonamente por la manía de los nipones de captarlo todo con su cámara.

Hablamos con los cocineros tailandeses, fans del Barça, de Xavi, Iniesta y Messi. No paran de reir y de cocinar. Hablamos con la camarera, que se comporta como deben comportarse las chicas japonesas: con una mezcla de timidez y picardía,  condimentada con unas gotas de tonta. Nos presentan a un grupo de clientes habituales, filipinos, que nos explican que están estudiando un master, que trabajan muy poco en la universidad pero a cambio son muy felices en Japón y en el restaurante de Taro en particular. Temen el día que les toque regresar a las familias y al trabajo. Hay muchas maneras de tomarse un año sabático.

Terminamos la noche con una foto todos juntos

Terminamos la noche con una foto todos juntos

Nos hacemos una foto todos juntos, tras lo cuál damos la noche por terminada y regresamos caminando al apartamento, felices. Antes de irnos, nos dicen que mañana celebran una fiesta patrocinada por Airbnb (el sitio web en el que hemos encontrado el apartamento de Taro) en el restaurante, y que habrá comida gratis desde la 1 a las 6 de la tarde.

Los taxis van tan despacio que casi parece que pasan sin moverse: quizá por eso los taxistas conducen con guantes blancos. En el portal de casa, las bicicletas duermen sin candados. El futón, caliente, nos permite recobrar la libertad de dormir solos. Miramos al techo, nos miramos. Habíamos leído bastante sobre Japón, sabíamos que veníamos a una de sus ciudades más anodinas, y por lo tanto más hospitalarias. Pero no esperábamos encontrarnos tan a gusto desde el primer día.

Sin embargo, no habíamos conocido Japón. Habíamos conocido a Taro y su viaje.

5 comentarios on El viaje de Taro

  1. Pere Rovira
    23 julio, 2015 at 09:53 (2 años ago)

    Gràcies per regalar-me aquest magnífic tros de literatura en el dia del meu aniversari. Abračades paternes.

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    • Pere Rovira
      15 agosto, 2015 at 15:26 (2 años ago)

      L’any vinent ho celebrarem amb més literatura, i una bona paella al Poblenou! 🙂

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  2. Neus
    17 julio, 2015 at 18:28 (2 años ago)

    A la salud de los sueños realizados y de la literatura que nos permite conocer al flaquito y listo ‘Taro y su viaje’. ¡Qué felicidad leeros y qué disfrute viajar con vosotros!. ¡¡Besos dobles!!

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