El triángulo de oro

Nos despertamos y desayunamos en el hostal. Pasamos por el restaurante de Jib y está cerrado. Decidimos quedarnos en Chiang Khong un día más, porque nos apetece volver a verle.

Vamos al Hub Pub a ver si Alan y los chicos todavía no han salido de excursión. Cuando llegamos acaban de levantarse. Preparan un termo de café y conocemos a Mario, el hijo de Alan. Tiene 7 años, no sabe leer ni escribir porque va al colegio cuando le da la gana. La cabeza redonda como su padre y oscura como su madre. Habla inglés con un perfecto acento de Liverpool, con la autoridad y la gracia de los clientes de un pub, su escuela.

Mario y Zach en el pick up

Nos montamos en la parte trasera del pick up y enfilamos la carretera. En la foto, Mario y Zach, y los pies de Chris. Yo intento hacer la foto y no caerme.

Sobre las diez enfilamos la carretera rumbo al triángulo de oro. Cris, Alan y su mujer van en la parte delantera del coche, un pick up. La parte trasera va descubierta, para cargar bultos. Ahí nos encajamos Zach, Chris, Mario y yo. Los chicos empiezan a hablarle a Mario de dragones, un tema que parece interesarle mucho. Le aseguran que en Gales los niños pueden comprarse un dragón, y si lo cuidan muy bien crece sano y obediente, y pueden volar sobre él a donde les de la gana. La mentira se hace tan grande y tan apasionante, que cuando llegamos al triángulo de oro Mario ya está convencido de irse a vivir a Gales con los chicos.

el triángulo de oro

Monumento al Triángulo de Oro, una de las grandes zonas de producción de opio del mundo. Detrás nuestro, Birmania y Laos.

El triángulo de oro es el segundo mayor centro de producción de opio en Asia, un área de un millón de kilómetros cuadrados que se extiende por Birmania, Laos y Tailandia. Hasta principios del siglo veintiuno, cuando Agfanistán tomó la delantera, la mayor parte de la heroína consumida en el mundo salía de este territorio. La industria turística en Tailandia ha aprovechado el tirón legendario, y ha designado como Triángulo de Oro el punto donde se encuentran los ríos Mekong y Ruak, y desde el cuál es posible divisar Birmania y Laos. Llegamos y nos tomamos un par de fotos. Poco más se puede hacer.

alan y sus pegatinas

Alan enganchando una pegatina en una pequeña tienda de la carretera. En la misma nevera, el escudo del Barça.

De vez en cuando, Alan para el pick up en mitad de la carretera. Significa que ha visto un poste de la luz, o un cartel, o un pequeño café de carretera en donde puede enganchar las pegatinas anunciando el pub y el hostal. Baja del coche y engancha la pegatina con esmero. Se la mira desde cierta distancia, como queriendo comprobar el efecto que tendrá en el posible cliente. Sonríe, sube al coche satisfecho, exclama “all right” y arranca el motor.

Llegamos a un pueblo fronterizo con Birmania, donde es posible obtener un permiso que te permite entrar en el país durante unas horas. Si quieres quedarte más tiempo, tienes que llegar en avión, motivo por el cúal hemos excluído Birmania de nuestro itinerario. Nos separamos del grupo, y quedamos en vernos al cabo de unas horas, sin concretar exactamente cuándo ni dónde. Estas son las instrucciones de Alan: “Tengo que ir a renovar mi visado. Cuando vuelva, aparcaré el coche en doble fila por esta calle. Por aquí nos veremos en unas horas” (“esta calle” es una calle de unos dos kilómetros de largo). Zach y Chris deciden ir a Birmania con sus mochilas a la espalda, y con el recado de Alan de traer unas botellas de whisky, más barato al otro lado de la frontera. Nosotros no llevamos pasaporte, así que damos una vuelta por el pueblo, y buscamos un lugar donde comer.

En un garito, comemos una sopa y unos fideos excelentes. En otro, nos sirven un café de la zona magnífico. El pueblo es horroroso, pero la comida y el café hacen que merezca la pena. Cuando nos parece que Alan ya habrá terminado, volvemos a la calle donde habíamos quedado, y tras caminar un rato arriba y abajo, le encontramos. La oficina de visados estaba cerrada y no ha podido hacer lo que tenía que hacer. Pero no parece importarle haber perdido el día, porque hace tiempo que dejó de ganarse los días. Puesto que Zach y Chris no aparecen, nos vamos sin ellos, y Mario llora desconsoladamente. ”Nunca antes había llorado, está acostumbrado a que los amigos clientes duren poco”, exclama Alan extrañado.

Llora porque sabe que se le escapa la que seguramente era su última oportunidad de tener un dragón. Así que le hablo de dragones durante todo el camino de vuelta, hasta que se olvida de que los chicos se han ido. Intento explicarle que, en realidad, tener un dragón es un coñazo. Muerden. Rompen las cosas. Hacen lo que les da la gana y te acabas convirtiendo en su esclavo. Mario escucha, pero cada vez que dejo de hablar dos segundos, lanza una pregunta. Por fin, logro que se duerma en mi falda.

Llegamos a Chiang Khong. Al enfilar la calle del pub, vemos unos posibles clientes que miran el edificio rojo con lucecillas. Alan saca la cabeza por la ventanilla y les grita “estamos abiertos chicos, pasad a tomar una cerveza”. Le agradecemos el viaje y la compañía. Le pedimos unas cuantas pegatinas, y le decimos que las colgaremos en Chiang Rai y en Chiang Mai, para los viajeros que sigan la ruta inversa hacia el norte. “Muchas gracias chicos, necesito toda la ayuda que podáis darme”. Buscamos a Mario para despedirnos, pero ni siquiera me mira cuando le encuentro. Está ocupado hablando con unos nuevos amigos clientes.

Como todavía es pronto para ir a cenar al garito de Jib, decidimos pasear junto al río. Un tipo igualito que Clint Eastwood se para a hablar con nosotros. Hace 10 años que vive en Chiang Khong, jubilado. Ayuda con el inglés a diferentes personas del pueblo, y ha instalado unos ordenadores para unas tribus Hmong y Kamai que viven en las montañas. Nos cuenta que la gente de la tribu refleja lo que ve en ti. Si estás tenso se ponen tensos, si estás a gusto están a gusto. Ante cualquier problema de comunicación, Clint pide un vaso de agua, y deja que las cosas se vayan aclarando solas. Al final todo acaba aclarándose, dice, y sigue su camino.

Cuando llegamos al bar de Jib está sonando un blues buenísimo. “Es Duke Robillard”, contesta Jib cuando le pregunto quién toca. “Al final os habéis quedado otra noche”, añade sonriendo. Observo el lugar y tomo algunas notas mientras esperamos la comida. El cartel del restaurante con letras rojas y verdes, típicamente mexicano. Fotos de músicos en las paredes. Dos guitarras en un rincón. Una foto de militares y la frase “no more dictators”. Los panes hechos en casa detrás del mostrador, deliciosos pero tristes. La cocina en el cuartito del fondo, de obra, con sus woks, ollas y boles metálicos. En el suelo recipientes de diferentes tamaños llenos de agua, para lavar los platos y los cacharros. Un poster de los beatles y otro de Jimi Hendrix a cada lado de la encimera. Entro en el baño, empapelado con fotos de mujeres en pelotas, perros y algún hombre, también desnudo. Una postal de Platja d’Aro muestra una hilera de culos sobre la arena, en la playa. Otra postal muestra a una mujer desnuda en paracaídas, a punto de caer sobre una multitud de penes erectos.

Al acabar la cena volvemos a tocar un rato juntos. Entra una pareja de estadounidenses y nos interrumpe. “¿Tenéis helado mexicano?”. Jib responde que no, y se van. Me pregunto qué necesitan para quedarse en un lugar. Me pregunto a dónde se dirigen ahora. Me pregunto qué es el helado mexicano, y por qué esta pareja ha llegado hasta aquí para pedir uno. Y de repente, improviso un blues sobre una pareja estadounidense en busca de helado mexicano en un pequeño pueblo de frontera tailandés.

Después de tocar compartimos un par de cervezas. Jib nos enseña su colección de videos musicales. Miles de grabaciones míticas y raras de blues y jazz. “Me lo bajo todo de youtube, porque esto no puede durar mucho tiempo gratis. Lo hago antes de que cobren”. Pienso que un cierto tipo de personas somos así: tenemos la manía de coleccionar la mejor música, los mejores libros, las mejores películas. Nos entusiasma acumular, ordenar, pensar en quiénes lo van a poder disfrutar años más tarde, incluso cuando hayamos muerto. Me gusta comprobar que un tailandés de 67 años, que vive en un pueblo de menos de dos mil personas a miles de kilómetros de distancia de mi casa, comparte este gusto tan mío. Le recomiendo a Raimundo Amador, y nos despedimos deseándonos suerte.

A la mañana siguiente cogemos el autobús hacia Chiang Rai. Lo han pintado completamente de un rojo muy chillón. Por dentro, parece una especie de local psicodélico, con el techo repleto de espejos y ventiladores. Avanza a trompicones, y por fin logra salir del pueblo y enfilar la carretera. Por la ventanilla, los campos de cultivo del norte de Tailandia. En mi iPod suena un disco de Big Bill Broonzy.

Foto de familia con Jib

Por la mañana, antes de irnos del pueblo, nos hacemos una foto con Jib

Autobús a Chiang Rai

Saludo al revisor (o quién sabe quién es) antes de subir al autobús.

Autobús tailandés

Interior del autobús rojo. Los epejos y ventiladores colgando del techo le otorgan un aspecto algo psicodélico.

3 comentarios on El triángulo de oro

  1. neus
    6 agosto, 2016 at 11:13 (1 año ago)

    ¡¡Viva, sin instrucciones de uso, lo importante es leer!!¡¡ A por ello!!

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  2. Neus
    23 julio, 2016 at 11:53 (1 año ago)

    ¡Olé! Después de unos días de asueto, reemprendo la lectura por el final… No sé qué pensaría un profesor de literatura…;-) Pero ahora disfruto del placer de leeros saltándome capítulos, aunque luego los retome. ¡A la salud de ese blues del helado mexicano y de Jib, también de Mario, y de esas tribus miméticas que reflejan lo que ven en ti! ¡Besos, queridos viajeros, dobles!

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    • Pere Rovira
      2 agosto, 2016 at 17:32 (1 año ago)

      Este blog puede leerse en cualquier orden, no hay instrucciones de uso 🙂 Gracias por seguir fiel a nuestras aventuras escritas.

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