El puente de la amistad

Dejamos Luang Prabang a bordo de un barco para una docena de pasajeros que nos llevará hasta Tailandia, en una travesía de dos días por el río Mekong. La madre del agua, le llaman.

Pasamos el tiempo mirando el paisaje y durmiendo, acurrucados por el balanceo del barco, plácido incluso al sortear los troncos flotantes. El río es marrón como la piel de la gente que habita estas tierras. La selva llega hasta la orilla, verde, voluptuosa, indomable mientras Laos siga siendo pobre. En el horizonte, la silueta de las montañas de acuarela entre las nubes bajas. El Mekong nace en el Tibet, y poco a poco se va contaminando de vida humana, a través de China, Birmania, Laos, Tailandia, Cambodia y Vietnam.

Antes de que anochezca, paramos para pasar la noche en un pueblo que vive de los barcos que paran antes de que anochezca. Cenamos con dos londinesas de veintipocos que hemos conocido en el primer día de travesía. Insisten en ir a un restaurante indio, su comida favorita. Las chicas, como buenas londinenses, nos ofrecen una conversación agradable e interesante a partes iguales. Sorprendentemente, además, la comida india es excelente en este garito de un pueblo nacido del negocio cruceril.

El segundo día de travesía llegamos al tramo de río que limita con Tailandia a un lado, y Laos al otro. La orilla tailandesa, con piedras y cemento. La orilla laotiana es selva virgen, con el ocasional pescador asomando entre las cañas. Pienso en Henri Pierre y su sentencia: “en cuarenta años, Laos será como Tailandia”. Esta parte del río, pues, es un espejo hacia el futuro o hacia el pasado, según a qué lado se mire.

Llegamos al final de nuestra travesía. Cogemos un autobús que nos lleva hasta la frontera, y sin muchos problemas la cruzamos. Ya estamos en Tailandia. Nos hacemos una foto con las inglesas. A ellas les espera una camioneta para llevarlas a Chiang Mai, capital del norte del país. A nosotros no nos espera nadie, así que cogemos un tuk tuk hasta un hostal en el pueblo más cercano, Chiang Khong. La chica del hostal se queda con mi pasaporte para rellenar la ficha de clientes. Dejamos las maletas en la habitación y salimos a dar una vuelta y a sacar dinero antes de que anochezca.

Con los bolsillos llenos, buscamos un lugar para cenar. Llegamos a un restaurante mexicano. Miramos la carta. Nos miramos. Suena música de blues. Decidimos entrar. Ya tendremos tiempo de comer thai. Nos atiende un tipo bajito y flacucho, mezcla perfecta entre tailandés y mexicano. Pedimos burritos y enchiladas, y dos cervezas bien frías. El tipo llega con las cervezas, y se sienta con nosotros. “No estaba seguro de si os quedaríais, como esta pareja que ha venido y se ha ido al ver los precios. La gente busca lo más barato. Pero yo ofrezco calidad, ingredientes internacionales.” Me gusta la música, digo. “Tienes buen gusto. Big Bill Broonzy sings the blues.” Lo sé. Pere. Cristina. Jib. Encantado.

La comida tarda mucho en llegar, pero está deliciosa. Pedimos otras cervezas, y seguimos hablando con Jib. “Soy autodidacta. Aprendí a cocinar cuando no había internet, con lo que me decían los turistas, en directo, experimentando”. Como un buen jazzman, le digo, y sonríe. “A los cincuenta años nos cansamos de Bangkok y abrimos un hostal aquí con mi mujer, que es la mujer que está ahí dentro. El primero que te encontrabas al llegar en barco desde Luang Prabang. A base de trabajo y buen servicio, nos convertimos en un clásico. Al cabo de diez años se nos acabó la concesión, y nos pidieron tanto dinero por renovarla que decidimos cerrar. Cuado tienes éxito te piden dinero, en el fondo no soportan que te vayan bien las cosas por hacer las cosas bien. Así que abrimos este restaurante, siguiendo con nuestra apuesta por la calidad, pero sin prisas.”

Con el dedo índice señala un cartel colgado en la pared, que dice así: “Quality takes time. When Thailand meets Mexico, please be patient”. La calidad requiere tiempo. Cuando Tailandia y Mexico se encuentran, por favor ten paciencia. Nos explica que volvió a hacerse famoso rápidamente. A la comida exquisita añadió pan y pasteles caseros, café tostado artesanalmente. “Pero desde que los chinos construyeron el puente antes de llegar al pueblo, la gente puede cruzar la frontera sin pasar por aquí. En un año esto se ha quedado muerto. Los pocos turistas que llegan buscan lo más barato, nuestra oferta de calidad no tiene sentido aquí.” A los 67 años él, 63 ella, les toca reinventarse o cerrar para siempre, si es que pueden. El puente se llama Friendship Brige, un nombre típicamente chino. Forma parte del plan de infraestructuras del gigante asiático, que necesita mejorar las conexiones con los países de alrededor para proveerse de alimentos y materia prima.

Jib se retira, y volvemos a celebrar con Cristina la suerte de encontrarnos con gente interesante en cualquier lugar. Repasamos el listado de personas que hemos conocido en los últimos meses. Entonces, veo que Jib coge una guitarra, y comienza a tocar y cantar un blues. Cojo la otra guitarra, y tocamos juntos. El es mucho mejor que yo, pero aún así pasamos un buen rato. Al terminar el cuarto blues, nos dice que tiene que cerrar, y que mañana no abrirá porque van en coche a la capital a recoger a su hija, que llega en avión desde Alemania. Tendremos que volver otro año para probar su pan casero matinal y el café artesanal.

Tocando un blues

Improvisando un blues con Jib, guitarrista tailandés autodidacta, amante del blues y la comida mexicana.

Todavía es pronto, así que caminamos hacia la dirección que indica un cartel en el que puede leerse “The Hub Pub. British Pub”. Después de caminar unos doscientos metros por una calle oscura y silenciosa, llegamos a un edificio rojo con bombillas de colores. Dos guaperillas de veintipocos están sentados a la barra del bar, hablando con Alan, el dueño. Un cuarentón fornido, de cara redonda y sonriente que nos da la bienvenida a su pequeño paraíso con acento de Liverpool: “welcome home my friends, sit down and have a beer with us”.

El ambiente es del color rojo pálido de los putiferios. Moqueta en el suelo. Al fondo, una escalera victoriana de madera hacia lo desconocido. La pared tatuada de frases, dibujos y firmas de clientes escritas con rotulador. Un poster de Lance Armstrong con el maillot amarillo, dedicado. Un diploma del Libro Guiness de los Récords. Recortes de periódico enmarcados. Alan y sus dos clientes se entretienen poniendo videos musicales de Youtube, a cada cuál más hortera. Entre canción y canción, van contando sus hazañas al ritmo de la cerveza, que circula en abundancia.

Zach y Ben terminaron sus estudios hace poco, y decidieron viajar hasta Australia buscando algo que todavía no han encontrado. Por el camino, trabajan de lo que encuentran, y ligan todo lo que pueden. Tienen cara de niños bien, y se mueven y hablan como si se miraran al espejo. Alan es una joven vieja gloria del ciclismo que decidió comenzar una nueva vida en Chiang Khong a los cuarenta, desde este pub que también es hostal y museo del ciclismo en los pisos de arriba. Se casó con una tailandesa, tuvo un hijo y, cuando todos le daban por acabado, batió el Record Guinness dando la vuelta al mundo más rápida a bordo de su bicicleta. Poco más de cien días, comenzando y terminando su odisea en el Palacio Real de Bangkok. El mismísimo rey de Tailandia le condecoró personalmente, como testifica uno de los recortes de periódico que cuelgan de las paredes.

Explicamos nuestra historia. Filosofamos. Alan nos cuenta lo difícil que es conseguir clientes desde que construyeron el puente. Los chicos le dicen que tiene que hacer más cosas en Internet. Le abren una cuenta de Instagram, le explican qué es un hashtag y para qué sirve. Él escucha con la esperanza del ignorante. “He impreso unas pegatinas. Quiero engancharlas por los pueblos de alrededor. Habéis visto el cartel en el camino? Hago todo lo que puedo, pero no viene gente. Me estoy quedando sin ideas.”

Volvemos a los videoclips. Le digo a Alan que busque el “La, la, la”, de Masiel, ya que la noche va de horteradas. El inglés de Liverpool queda embobado tras el primer estribillo. De repente, sale de detrás de la barra, y nos abraza y salta y da vueltas, mientras grita la canción maravillado. “Es la canción universal”, dice fuera de sí, “todo el mundo puede cantarla”. “La, la, la, la…”. “Muchas gracias chicos, esto va directo a mi lista de favoritos”.

Foto en The Hub Pub

Foto de familia para celebrar una gran noche en The Hub Pub. Zach, Chris y Alan comenzando por la izquierda.

Antes de cerrar el pub, Alan nos comenta que mañana irá a la frontera con Myanmar (Birmania) para renovar sus papeles. Los chicos le acompañarán, y si queremos somos bienvenidos. “Os podréis hacer la foto en el triángulo de oro. Si os apetece, saldremos sobre las nueve, desayuno y viaje gratis.” Le damos las gracias por su ofrecimiento, sin aceptarlo ni rechazarlo. “No worries”.

Ha caído una tormenta de verano. Caminamos evitando los charcos, atrapados por la decadencia de este pueblo de frontera.

5 comentarios on El puente de la amistad

  1. Neus
    23 julio, 2016 at 12:21 (1 año ago)

    Hola amigo escritor: Continúa gustándome mucho Jib y su lema: la calidad requiere tiempo…, también su lema sobre la paciencia. Muy hermosos los párrafos primeros sobre las montañas de acuarela entre nubes… ¡Muchos besos!.

    Responder
    • Pere Rovira
      2 agosto, 2016 at 17:34 (1 año ago)

      Es bastante cierto que la calidad aumenta con el tiempo dedicado, aunque a veces ni siquiera así 🙂 Por aquí seguiremos perdiendo el tiempo para escribir con calidad 🙂

      Responder
      • neus
        6 agosto, 2016 at 11:16 (1 año ago)

        Bueno, “festina lente”, apresúrate despacio.

        Responder
  2. Orioln
    12 julio, 2016 at 18:23 (1 año ago)

    Tenir una llista de gent interessant que has conegut en el viatge, m’agrada la idea.

    Trepitjar terres on s’han suprimit les cultures locals per substituir ho per restaurants mexicans i aptes pel turisme de masses ho fa pitjor que una terra on només queden els locals supervivents. D’aquí 40 anys Laos deixarà de ser el que es per convertir-se en una tailandia? Un apèndix d’occident?

    Responder
    • Pere Rovira
      18 julio, 2016 at 11:13 (1 año ago)

      No podem saber què passarà en el futur… la meva experiència és que tot país té una part molt turística, que cada cop és més gran, però també queden racons per explorar. Igual que a casa nostra, fins i tot a Barcelona hi ha llocs sense turistes 🙂 Ara bé, és més difícil arribar en aquests llocs, i per definició, quan apareixen a les guies canvien. A Laos hi ha molt per veure, però també a Tailandia, tot i que el seu model de turisme és la massificació sense gaires miraments.

      Responder

Deja un comentario y nos harás felices