El noventa por ciento

Melbourne es una ciudad ideal para descansar una semana. Así, al menos, la disfrutamos nosotros. Buen café, buena comida, buenos museos. El séptimo día, ayudamos al conductor del taxi a poner las mochilas en el maletero, y le indicamos que nos lleve al puerto de mercancías. En uno de sus 35 muelles está atracado el carguero que nos ha de llevar en cinco días hasta Dunedin, en Nueva Zelanda.

El taxi nos deja a la entrada del puerto. A partir de aquí sólo puede emplearse el servicio de transportes interno. Cogemos una furgoneta que nos deja en un edificio donde no hay nadie. Luego, encontramos otra que nos lleva hasta la oficina donde gestionan el tránsito de pasajeros y tripulación. Dejamos sobre el mostrador los billetes y los pasaportes, pero nos indican que con el billete es suficiente. “El control de pasaportes será después, a bordo del carguero. La policía todavía no ha llegado, ya les avisarán. De todos modos, seguramente no zarparán hasta mañana”. Acogemos el cambio de planes con indiferencia. Llevamos tantos meses viajando que resulta difícil saber en qué consiste perder el tiempo.

Una vez terminado el escaso papeleo, un minibús nos lleva hasta el carguero. Al fin tenemos delante la bestia. Nos quedamos un rato mirándola, inmóviles. Llevamos puesto un chaleco fluorescente y casco de obras. Siete meses después de comenzar nuestra andadura al otro lado del globo, por fin nos vemos cara a cara con el verdadero culpable de que hayamos llegado hasta aquí. Porque nuestro viaje no hubiera sido posible sin los barcos de carga, que suministran al mundo de todo lo necesario para vivir. Y te permiten ir de Australia a Nueva Zelanda, acariciando durante cinco días el rebelde mar de Tasmania.

Trescientos metros de largo, cincuenta de ancho y un calado de quince metros. Los ocho mil mil contenedores que transporta formarían en línea recta una caravana de camiones de cien kilómetros. Tal y como explica Rose George en su libro Ninety percent of everything, el 90% de todo lo que el ser humano cultiva y fabrica se transporta en contenedores. El ordenador en el que lees este texto. La silla en la que estás sentado. La ropa que llevas puesta. El kiwi que has desayunado y el filete que tomaste para cenar. El café de cada mañana. Las medicinas que te curan. El ascensor con el que bajas a la calle. Los semáforos que te permiten cruzarla. La gasolina. La droga. Las armas. Prácticamente todo lo que existe ha pasado varios meses dentro de un rectángulo metálico, surcando los mares.

Unos cien mil barcos parecidos al que tenemos delante hacen posible que el mundo tal y como lo conocemos exista. Grecia es el país con el mayor número de barcos, prácticamente el triple que los Estados Unidos y Alemania. Parece ser que al país de Ulises esto de navegar le viene de lejos. Pero Noruega y Dinamarca son otros países que pocos situarían en el top diez mundial. Y quizás tampoco los diminutos Singapur y Corea del Sur. El negocio marítimo está en manos de pocos países, y de pocas empresas. El 80% de la capacidad mundial de transporte marítimo la controlan 20 empresas. La mayor es danesa, con un 15% de cuota de mercado. Le siguen de cerca una empresa de origen napolitano y ahora suiza, y una francesa.

Después de tomar varias fotos del almacén flotante que ha de llevarnos a Nueva Zelanda, nos preguntamos qué tenemos que hacer. No hay nadie para decirnos nada. Tampoco ninguna indicación. Hemos rellenado decenas de impresos para poder llegar a este punto, y ahora que tenemos el barco delante no sabemos qué hacer. Somos los dos únicos puntos andantes en mitad de este inconmensurable robot infatigable al que llaman puerto de mercancías. Verdadera maravilla de la ingeniería.

Las grúas recogen los contenedores y los sitúan sobre una especie de camiones sin conductor, que una vez cargados arrancan hacia algún lugar del puerto, para dejar su sitio a otro camión, en un monótono ciclo que no descansa ni con la llegada de la noche. Todo se mueve a velocidad constante, por caminos predecibles, y sin que nadie parezca mover los hilos. Un mundo a otra escala, en la que el ser humano sólo puede concebirse dentro de la cabina de control de una máquina. A pie, acabaría aplastado, como la hormiga que sortea las trampas de un niño aburrido.

Estamos acostumbrados a venerar artilugios diminutos como los teléfonos, los ordenadores o los coches. Pero contemplar la precisa coreografía de estas gigantescas bailarinas de acero ayuda a poner cada cosa en su lugar. Cada cosa en su lugar: nunca mejor dicho. Hay belleza en estas mulas del capitalismo neoliberal, que con un movimiento de cuello pueden elevar una carga de treinta mil kilos a cincuenta metros de altura. Es como si en tres segundos cogieran un autobús de la calle y lo dejaran en la azotea de un edificio de quince plantas. La fuerza de Polifemo y la inteligencia de Ulises en un mismo cuerpo. Al servicio del dinero y de la guerra. Y de todos nosotros.

Decidimos quedarnos sentados sobre el equipaje, mirando arriba. Al cabo de diez minutos se asoma un marinero por la barandilla de la nave. El movimiento de sus brazos parece indicar que subamos por la escalera. Parece intranquilo, porque no deja de mirarnos. Avanzamos con algo de dificultad. Más que una escalera, parece el brazo de una grúa. Los cincuenta peldaños son poco estables, como los de una escalera plegable barata.

Nos recibe a bordo un oficial de tercera, que apunta nuestros nombres en una hoja de papel donde se registran todas las entradas y salidas. Después, nos acompaña hasta la oficina del ingeniero jefe (“chief engineer”, en la terminología de la tripulación), que nos ignora casi por completo. Al cabo de unos largos minutos en los que no sabemos muy bien qué hacer o decir, se dirige hacia nosotros: “Bienvenidos a bordo. Zarparemos mañana. Comida a las doce. Pueden subir a la habitación hasta entonces. Steward, vaya con ellos.” El “steward” es el marinero peor pagado del barco. Se encarga de limpiar las habitaciones, los baños, los pasillos, la cocina. Fregar los platos, servir la comida. Cargar con las maletas de los pasajeros o los familiares de los oficiales.

Es filipino, como la mayor parte de tripulantes de rango inferior, encargados principalmente de labores de mantenimiento mecánico. Cobran muy poco en comparación con los oficiales, pero su trabajo es mucho más peligroso y cansado. Esto es posible porque los barcos no llevan la bandera del país propietario. El 40% lucen la de Liberia, las Islas Marshall o Panamá, cuyas regulaciones laborales, tributarias y medioambientales están diseñadas a medida de las navieras. Entre otras cosas, permiten contratar a filipinos en origen, con salarios muy bajos y una dudosa carta de derechos. El funcionamiento del mundo no puede permitirse una huelga de marineros.

El steward nos conduce hasta nuestra habitación. Como estoy acostumbrado a hablar con todo el mundo, intento intercambiar algunas palabras con él, pero no logro llegar muy lejos. Habla un inglés precario, pero el idioma es raramente el problema. Su vida es rutina, obediencia, y poco más en mitad del océano, a miles de kilómetros de su casa. La curiosidad de un turista que da la vuelta al mundo le trae sin cuidado. Algunos se refieren al trabajo en un carguero como estar en la cárcel cobrando. Y sin visitas.

4 comentarios on El noventa por ciento

  1. Neus
    31 agosto, 2017 at 13:56 (3 semanas ago)

    ¡Felicidades! A mi juicio,muy bueno, este post. Me ha gustado mucho. Explica muy bien el mundo. El carguero como metáfora de un mundo en movimiento, mercantilizado, deshumanizado, tantas veces. Tiene razón el steward, un camarero en la cárcel, los objetos llegados de fuera, los países que controlan el comercio del mar, los más ricos: Dinamarca, por ejemplo. Los trabajadores filipinos!! Las banderas navieras, anónimas… Me ha encantado la descripción de la grúas: fuertes como Polifemo e inteligentes como Ulises. El mundo está en Grecia, en el mar, o quizá en la literatura… De otro lado este conjunto de posts, que ya va llegando a su fin,me gusta mucho porque cumple la función del viajero: ver y contar. “Quedó uno para contarlo”, en este caso dos… Y muchos más. El carguero llegó a puerto. ¡¡Muchos besos y muchas felicidades, 29 de junio!!

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  2. Neus
    7 julio, 2017 at 14:01 (3 meses ago)

    Lo haré, pero lo he de leer con más calma… Bien por Oriol! ¡¡Besos dobles!!

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  3. oriol
    4 julio, 2017 at 02:54 (3 meses ago)

    resulta difícil saber en qué consiste perder el tiempo –> perdre? Veure? Sentir?

    Tot un gran desconegut el mon naval!!

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    • Pere Rovira
      10 julio, 2017 at 17:38 (2 meses ago)

      Un gran plaer, perdre el temps 🙂

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