El mercado de Dong Van

Después de desayunar Pho y un café vietnamita, visitamos el mercado de Dong Van. Es distinto de las fotos antiguas que veremos días más tarde en el museo de antropología de Hanoi, pero mantiene su esencia. La ausencia de carreteras cómodas para transportar a los turistas es un buen conservante. El mercado se divide en dos partes, la exterior con los animales vivos, y la cubierta con el resto de cosas que un campesino pueda emplear. Los mercados todavía se organizan aquí a partir de las necesidades vitales de la gente.

Caminamos por la parte exterior. Un grupo de hombres examina un buey desde diferentes ángulos. El vendedor lleva la voz cantante, sujetando al buey con una cuerda. Los demás dan lentos círculos alrededor del animal. Comentan, ríen, pasan el rato en esta soleada mañana de domingo. Todos visten del mismo modo: chaqueta negra ajustada, pantalones grises o negros anchos, zapatillas de plástico beige. Cuerpo de bambú, ojos como arañazos. Raramente miran de frente, la cabeza inclinada 45 grados hacia el lado, ligeramente asertiva. Si no fuera por las arrugas, sería imposible distinguir las edades, porque comparten la misma pose, los mismos gestos. La misma manera de estar de pie en el mundo.

Las mujeres trajinan con los cerdos, los patos y los pollos, que se venden unos metros más allá. Visten ropas de colores chillones, combinadas con anárquica alegría. Camisa amarilla de cuello alto, faja rosa y azul, falda oscura, pantalones verdes por debajo. Un pañuelo enrollado a la cabeza que recoge el cabello y cuelga hasta media cintura. Algunas lucen el traje tradicional, también alegre y colorido, pero más elegante, con senefas que las identifican. Por ejemplo, a qué pueblo y a qué etnia pertenecen. Muchas llevan a un niño en brazos. Muñecos de carne que observan absortos el alboroto pacífico del lugar.

Bajo una carpa, varias jaulas con pájaros dentro. Un hombre se acerca con la suya, vacía. Después de inspeccionar a los pájaros, habla con el encargado. Éste coge una de las jaulas, y la coloca junto a la del hombre. El pájaro cambia de casa. Varios curiosos han observado la operación, y se quedan esperando hasta la próxima transacción. Parece ser su distracción dominicial. Recuerdo el rincón de intercambio de cromos junto al mercadillo de Sant Antoni de Barcelona.

Compra venta de pájaros

Operación de compra venta de pájaros en el mercado de Dong Van

Me aparto del barullo para descansar un rato sobre una piedra. Delante mío, a escasos metros, un gran cerdo de color barro duerme plácido bajo un parasol de colores. Su amo lo observa con recelo, enfundado en una chaqueta roja en la que puede leerse, en letras amarillas y mayúsculas, Barça.

Entramos en la segunda mitad del mercado, cubierto por carpas y techos de uralita solapados como parches del azul del cielo. En la sección de telas, los sastres confeccionan las chaquetas negras que llevan casi todos los hombres. Cada uno trabaja sobre una pequeña mesa, frente a una máquina de coser negra, con motivos florales y letras doradas. El modernismo industrial de las máquinas de acero contrasta con la banalidad del plástico de los taburetes en los que están sentados, uno rojo y el otro azul. A su lado, dos viejas venden la mercancía tras un mostrador repleto de prendas. Al ver que Cris duda un instante, le hacen señales para que se pruebe una chaqueta. Le queda demasiado ancha. Tras una negociación amable, declinamos la oferta y seguimos hacia otro lado.

Cosiendo las chaquetas

En esta zona del mercado se arreglan las chaquetas que llevan casi todos los hombres

En la sección de alimentos conviven los puestos de comida cruda y los puestos para comer al momento. Ofrecen tapas dulces y saladas indistintamente. Rosquillas, panes, arroces blancos, amarillos y rosados, pinchos de pollo, salchichas, tofu, empanadas, bollos y todo tipo de fritangas cocinadas en paellas con aceites oscuros que no dejan ver el fondo. Sirven la comida en paperinas de papel de periódico. Los clientes se sientan a comer en taburetes rojos y azules como los de los sastres, agazapados, porque las barras de estos bares improvisados apenas miden dos palmos de altura.

Bar de tapas del mercado

El equivalente de un bar de tapas en el mercado de Dong Van de Vietnam

Puesto de comida preparada

Uno de los muchos puestos de comida preparada

Puesto de comida

En el mercado es posible encontrar todo tipo de comida: raíces, hierbas, pieles de animal…

En la única tienda de pescado, la dependienta corta a pedazos una lisa que ha sacado viva de un receptáculo de lata en forma de bañera. Las escamas tiemblan frágiles entre la sangre, desperdigadas por el suelo. En una pequeña palangana, una docena de gambas. En una caja de porexpán, una veintena de pescados atrapados entre bloques de hielo limpio y transparente, delicadamente estampado por dos gotas rojas que han saltado del cuchillo.

Los carniceros comercian encerrados en la densidad de olores de la muerte. De las columnas color verde turquesa cuelgan bolsas de sangre y vísceras. Los mostradores están hechos con maderas cubiertas con cartones sobre los que descansa la mercancía. Uno de los puestos más pequeños lo atienden un padre y su hijo. El adulto despedaza el único producto a la venta: un cerdo cuya cabeza reposa en el centro de la mesa, mirando hacia arriba. Retrato la cabeza decapitada, y reparo en la carnosidad obscena del hocico. El niño mira hacia delante con los brazos cruzados.

Mercado de carne

Los carniceros comercian encerrados en la densidad de olores de la muerte.

mercado de carne

Otra perspectiva del mercado de carne

Buscando la salida del mercado, llegamos al puesto de un hombre que vende hoces, cencerros y pipas de bambú. Los tres productos expuestos en el suelo sobre un plástico. El dueño está sentado mirando hacia bajo con las rodillas pegadas al pecho, mientras un par de clientes, en cuclillas, examinan la mercancía. Cada uno situado en un extremo del plástico, como los vértices de un triángulo invisible que los mantiene unidos. El sol calienta los metales oxidados y oscuros como una pintura de Goya.

Puesto sencillo del mercado

Algunos de los puestos son muy sencillos, montados literalmente en el suelo sobre un plástico.

Antes de cruzar la salida, vemos a un hombre que vende tres cuerdas enrolladas en forma de ocho, y un par de alpargatas. Viste exactamente igual que todos los demás hombres. Chaqueta negra ajustada, pantalones grises anchos, zapatillas de plástico beige. La misma manera de estar en el mundo.

2 comentarios on El mercado de Dong Van

  1. Neus
    8 junio, 2016 at 12:12 (2 años ago)

    ¡Muy bien! ¡Hermosa pintura del mercado de Dong Van! Hombres y mujeres, animales, utensilios… ” La misma manersa de estar en el mundo” Hermosas imágenes, cuerpo de bambú, ojos como arañazos, el olor de la densidad de la sangre… ¡Buenas fotos, además!. ¡Gracias! ¡¡Besos dobles!!

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    • Pere
      8 junio, 2016 at 12:18 (2 años ago)

      ¡Gracias por seguirnos leyendo! Los mercados son una de las mejores maneras de conocer el norte de Vietnam. Además, uno tiene la sensación de que van a cambiar pronto…

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