De terrazas

Nos despertamos a las séis de la mañana, para ver la salida del sol desde la plaza del pueblo. Montamos la cámara y el trípode, para capturar el espectáculo. Ahora los campos de arroz están verdes, falta poco para segar.

Pero cuando están inundados de agua, el sol del amanecer y el atardecer pinta sobre las terrazas de arroz infinitos colores, y parece que estás mirando las montañas a través de un caleidoscopio surrealista.

Un payés se acerca a la barandilla, y durante medio minuto mira los campos, a unos metros de nosotros. La cara oscura y chupada, unos sesenta años, boina, con la azada al hombro. Baja hacia los campos de arroz. Recorre con facilidad los estrechos márgenes de las terrazas, y de vez en cuando da un salto para evitar un charcho o subir a otro nivel. Camina mirando al suelo mientras amanece. El cielo está nublado de violeta y morado. Al fondo del valle, las ventanas de un pequeño pueblo son estrellas que anuncian el principio del día. El verde de los campos se despierta, naranja, con el calor del sol. Los rayos a través de las nubes parecen sacados de una pintura religiosa. Ya no vemos al payés.

Amanecer en Yuangyuan

Amanecer desde la plaza del pueblo en Pugolaozhai.

Desayunamos en la terraza del hostal. Son las 7 de la mañana. En el canal, una niña se limpia los zapatos, con una palangana y un cepillo. Termina, se calza, se coloca la cartera del colegio a la espalda, y desaparece calle arriba. Al cabo de un rato, unas mujeres pasan cantando. Llevan unos sacos de arena a la espalda, sujetados con unas cintas de tela que van desde sus frentes hasta la base del saco. Tienen que mirar siempre para delante, porque si no la cinta resbala por sus frentes y el saco cae. Empieza a llover, siguen pasando mujeres y sacos. Una de ellas se tapa la cabeza con una hoja gigante.

Puesto que vuelve a llover, pasamos la mañana en el hostal, leyendo y bebiendo té hecho con agua del canal. A las doce vamos a comer a un restaurante que nos ha recomendado Yi, con la esperanza de que deje de llover y podamos realizar la excursión a través de las terrazas de arroz. Llegamos al restaurante, y pedimos qué podemos comer. Nos llevan a la nevera para que escojamos lo que queramos. Nos sirven una ternera con verduras deliciosa, y arroz rojo de la zona, que probamos por primera vez. Al terminar de comer, para de llover.

Yi nos ha entregado un mapa donde todo parece muy fácil, y por lo tanto sabemos que será una excursión complicada. Tenemos que caminar un par de horas hasta un mirador en la carretera principal, junto al que encontraremos una especie de camino que desciende a las terrazas de arroz. Una vez en el fondo del valle, tenemos que “seguir la dirección del agua” y caminar dos o tres horas hasta un pueblo llamado Bada. Después, cogeremos un camino que nos devolverá a la carretera principal, hasta otro pueblo, y de allí un par de horas caminando hasta el hostal. En total, unas séis horas a pie. Decidimos coger una camioneta hasta el mirador de la carretera, para evitarnos el primer tramo caminando.

Mapa de Yuangyuan

Cuanto más sencillo es el mapa, más complicada será la excursión

En la zona no hay transporte público, pero los lugareños han organizado su propio sistema. Unas camionetas pasan cada 15 o 30 minutos, a veces cada hora, quién sabe, y si tienen sitio te llevan. Van pasando por la carretera principal desde el amanecer hasta que anochece. Esperamos 15 minutos y pasa una camioneta. Nos pide 20 yuanes, y le decimos que cinco. Acepta con diez. Se baja un local, le paga un yuan. Vamos otras diez personas en la camioneta, todas locales. Supongo que hablan de nosotros, porque nos van mirando y van comentando la jugada. Son momentos en los que lamento profundamente no poderme comunicar, y ser sólo otro trozo de carne extranjera, juzgado por cualquier detalle de su apariencia. Llegamos al mirador, pagamos e iniciamos el camino hacia el valle.

Bajamos por caminos de tierra y escaleras de piedra entre las terrazas de arroz, siguiendo el curso del agua, fiel banda sonora de nuestra excursión. De vez en cuando nos paramos para admirar el paisaje. Es tan hermoso que no querríamos avanzar, pero nos espera una excursión larga, y debemos llegar a la carretera principal antes de que se haga de noche si queremos coger una camioneta de vuelta.

Las terrazas descienden por la montaña como una escalera para gigantes. Una superposición de campos verdes tan perfecta, que parece natural. El viento mueve las plantas del arroz como la mano que acaricia un perro. Parece que un ejército de refejos avance incansable hacia el fondo del valle.

Pocos campesinos. Vistos a lo lejos, sólo se adivina el sombrero, un disco de paja que flota entre los campos verdes como una abeja entre las flores. Entonces se incorporan, y los ves vestidos de negro, sombrero dorado, la hoz en la mano y un cesto a la espalda.

Un buey descansando debajo de un árbol. Lo miro, me mira. Mueve la cola de un lado a otro, parpadea como si fuera humano. Nos quedamos un rato cara a cara, disfrutando de la calma del mediodía. A veces pasan en grupo, descendiendo por el camino siguiendo las instrucciones del amo, y te apartas a un lado y pasan a un palmo de tu cuerpo, y notas su calor, y el peligro de su peso vacilante.

En el margen de una terraza, cuatro ocas. Nos acercamos para acerles una foto, y no se inmutan. Parece como si los animales aquí no tuvieran miedo. Durante nuestra excursión veremos a los animales conviviendo literalmente con las personas, lo cuál es tan idílico como poco higiénico. Gallinas, gallos, pollos, patos, ocas, bueyes, cerdos, perros, algún gato. Montaña arriba, nos cuentan, todavía quedan tigres, leopardos y osos.

Cuatro ocas

Cuatro ocas pasando el rato en el margen de una terraza

Después de una hora, llegamos al fondo del valle y seguimos avanzando a la derecha, siguiendo otro curso de agua. Otra hora más, y el camino empieza a subir, y llegamos a un mirador maravilloso, en el que descansamos un buen rato. Llueve, y la niebla cubre buena parte del valle, lo cuál le dota de un aspecto fantasmagórico, mágico, ancestral. Seguimos avanzando. Un cartel indica “cuidado con las serpientes”. Es de esos carteles que sólo sirven para acojonarte, porque de todos modos, no puedes hacer nada. Además, el terreno se complica. Hay que avanzar por caminos de piedra de un palmo de ancho, que pasan entre los campos y canales de agua.

Vista de las terrazas de arroz

Vista desde lo alto de las terrazas de Yuangyuan

El paisaje cambia, y pasamos a una zona selvática. Árboles y plantas por todos los lados oscurecen nuestros pasos, y nos protegen de la lluvia. Al cabo de media hora sale el sol, y llegamos a un pueblo. Cerdos y gallinas campan a sus anchas. La basura se acumula en un descampado, y una gran charca de agua parece el sitio perfecto para coger la malaria. Más que calles, hay trozos de tierra encharcados que avanzan entre un caos de casas, chozas, ladrillos y ruinas. A la salida del pueblo, unos niños se ríen de nosotros. Protegidos detrás de un muro, nos tiran pequeñas piedras. Digo la salida del pueblo, pero en realidad ya no sabemos muy bien por dónde vamos, pero sentimos la urgencia de dejar este lugar atrás, todavía no nos hemos acostumbrado al paisaje tercermundista. Sobre todo, al miedo de saber que te puede picar un mosquito y acabar con tu viaje.

Finalmente llegamos a otro pueblo destartalado. Son las seis, en dos horas oscurecerá y dejarán de pasar camionetas. No sabemos si es Bada, nadie sabe decirnos nada. Pero encontramos un camino que sube hacia arriba, en dirección a la carretera. Al cabo de un rato, pasa un grupo de hombres tocando la trompeta, negra y alargada, sin teclas. Les siguen un grupo de hombres y mujeres muy arreglados, ellos con chaquetas negras y turbantes blancos en la cabeza y ellas con vestidos azul índigo. Pensamos que quizá tenga relación con el muerto de hace dos días.

El sol nos va dejando, y entramos en el mejor momento del día para tomar fotografías. A pesar de que llegamos tarde, no podemos evitar tomar varias imágenes de un pequeño pueblo. Un hombre nos mira y se nos acerca. Nos empieza a preguntar cosas. Le enseño fotografías que he tomado en la excursión, y ríe y sigue hablando. Yo también le cuento cosas. Ninguno de los dos entiende nada pero estamos a gusto. Intento preguntarle cuánto falta para llegar a la carretera. Entiendo que dice “dos”, pero no sé si se refiere a dos kilómetros o a dos horas.

Bada

El pueblo de Bada en Yuangyuan

Cuando ya empezamos a hacernos la idea de que tendremos que volver a casa caminando de noche, llegamos al pueblo junto a la carretera. Lo hemos logrado. Vuelve a invadirnos la felicidad de haber completado otra aventura. Hago una foto del edificio de la cooperativa del pueblo, con una gran estrella comunista en la fachada. Pero las camionetas van llenas y no se paran. Llevamos media hora esperando, y nada. Oscurece, los perros pasan, la gente pasa, todo pasa de nosotros.

Decidimos caminar hasta casa, y a los cinco minutos una camioneta se para. Le proponemos cinco yuanes y acepta a la primera. Después de recolocar a la gente en los asientos de atrás, el conductor logra el milagro de hacernos un hueco. Subimos. Algunas mujeres vuelven a casa desde el pueblo principal, pero el grueso de los pasajeros es un grupo de hombres visiblemente borrachos, cantando canciones y riendo ruidosamente.

Entramos por la puerta del hostal, y vemos a Yi hablando por teléfono. Cuelga. “Llamaba a unos amigos en Bada, por si os habían visto, para que os recogieran”. Nos hacemos un homenaje y cenamos pollo de corral, preparado a la manera tradicional de la zona.

2 comentarios on De terrazas

  1. Neus
    8 febrero, 2016 at 12:25 (3 años ago)

    Texto hermosísimo lleno de belleza y emoción. Las imágenes utilizadas, la descripción del lugar, los detalles, las miradas entre animales y humanos, la felicidad que desprende la escritura… !Qué ternura cuando hablas del “payés” o de la luz de los cuadros religiosos, qué buen retrato la descripción de los campesinos: “Pocos campesinos. Vistos a lo lejos, sólo se adivina el sombrero, un disco de paja que flota entre los campos verdes como una abeja entre las flores. Entonces se incorporan, y los ves vestidos de negro, sombrero dorado, la hoz en la mano y un cesto a la espalda”. De nuevo, menos es más… ¡Felicidades!
    Junto al post “Olga y Víctor” es de los que más me han gustado. O habrá que ir a las terrazas o habrá que leerte más. ¡¡¡Besos dobles!!!

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    • Pere Rovira
      19 marzo, 2016 at 18:31 (3 años ago)

      Muchas gracias! Sin duda, más vale ir a las terrazas 🙂

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