De Chiang en Chiang

Salimos desde la vieja Chiang Rai con destino a nuestro tercer “Chiang” desde que entramos en Tailandia: Chiang Mai, la ciudad nueva. Realizamos el trayecto en el mejor autobús desde que dejamos atrás Japón, hace ya tres meses.

Nadie habla, nadie ayuda a colocar paquetes en espacios sin espacio, el aroma de los campos de arroz no entra a través de las ventanas abiertas. El precio del billete es el triple del habitual. El autobús es moderno, higiénico, occidental.

“Si Bangkok es Madrid, Chiang Mai es Barcelona”, nos había dicho un amigo para describir la segunda ciudad más grande de Tailandia, símbolo del progreso del país. Llegamos de noche, a una estación de autobuses a las afueras. Nadie sabe indicarnos exactamente cómo podemos llegar al centro. Todo son aproximaciones, como es habitual por este lado del globo. Al cabo de unos veinte minutos de espera, nos subimos en un taxi camioneta colectivo de color rojo, supuestamente hacia el centro de la ciudad.

Los taxis compartidos son la manera habitual de moverse por aquí. El precio se debe negociar siempre antes de subir, y según nuestra experiencia oscila entre la tarifa habitual y hasta diez veces más. Te sientas detrás, donde dos bancos acolchados son ocupados por hasta una docena de pasajeros. Un hombre que viaja con su nieto nos hace algunas preguntas, y nos recomienda varios lugares que debemos visitar.

A través de las ventanas alargadas observo el bullicio de la calle en formato 16:9, como en una película iluminada únicamente por los fluorescentes de las tiendas y la luz de los carteles. El espectáculo habitual, dominado abrumadoramente por las ganas de comer. Grandes ollas metálicas humeantes, patos colgando como la ropa en un perchero, vitrinas repletas de pasteles y empanadas. Comedores con sillas de plástico y mesas de formica, salpicadas de gente sola o en pareja, sorbiendo fideos o consultando el móvil con la misma concentración. De vez en cuando, otro colmado de la cadena estadounidense Seven Eleven se deja ver entre carritos ambulantes, motocicletas, pizarras y estands callejeros de telefonía móvil.

Tras deambular por oscuras calles secundarias damos con nuestro hostal. Nos recibe el dueño, un inglés sesentón con cara de pez globo, mirada feliz y barriga contundente. Como muchos de sus compatriotas, llegó aquí para cambiar de cielo. Se casó con una tailandesa y montó un negocio para turistas que le permite ir tirando sin excesivas preocupaciones. Es la ventaja de los hostales baratos: el cliente exige poco más que buena onda y una cama decente. Nos despacha rápido: está jugando el Liverpool, mañana ya arreglaremos el registro y los pagos. Mañana es un decir. No arreglaremos nada hasta cuatro días más tarde, cuando al irnos le recordaremos que no hemos pagado. “¿Cuántas noches habéis estado?”, nos preguntará.

Pasamos los días comiendo y visitando diferentes templos de la ciudad. El primero lo encontramos indefenso entre dos calles, protegiéndose del abundante tráfico mediante unas vallas con ruedas y banderas de Tailandia cada medio metro. Hacía meses que no veíamos tantos coches nuevos, casi todos japoneses. Desde la puerta del templo veo a varios monjes rezando junto al altar, en la posición de loto, mágicamente inmóviles. Me acerco sigilosamente, y me doy cuenta de que son figuras de cera muy conseguidas. En lo alto del altar, un pequeño buda de oro, sonriendo. No puedo evitar comparar la imagen con los altares cristianos, presididos por el Cristo crucificado.

monje de cera en Chiang Mai

Me acerco sigilosamente al monje, y me doy cuenta de que es de cera

En otro templo nos entretenemos observando las pinturas de las paredes, que ilustran escenas de un pasado ideal, con príncipes conduciendo elefantes, yoguis meditando bajo un árbol, jóvenes rezando alrededor de un buda de oro, ejércitos de arqueros protegiendo las montañas, embarcaciones a vela surcando los mares. Gran parte de las mujeres aparecen con los pechos descubiertos total o parcialmente, algunas pensativas y otras rezando con cara de aburrimiento.

Finalmente, llegamos al plato estrella de la ciudad, un conjunto de templos dispuestos entre un enorme jardín amurallado. Caminamos descalzos entre palmeras y plantas tropicales, por estrechos caminos de baldosas de arcilla fría, el único alivio bajo el ambiente bochornoso. En la entrada de uno de los edificios, me encuentro con esta supuesta cita del físico Albert Einstein:

“La religión del futuro será una religión cósmica. Deberá transcender al Dios personal y evitar el dogma y la teología. Tendrá que abarcar tanto lo natural como lo espiritual, y deberá estar basado en un sentido religioso que surja a partir de la experiencia de todas las cosas naturales y espirituales como una unidad significativa. El Budismo responde a esta descripción. Si existe alguna religión que pueda satisfacer las necesidades científicas modernas, es el Budismo.”

Buda no es un Dios, sino un sabio que vivió hace 2500 años. La meditación lo llevó a descubrir las leyes del mundo interior, de la misma manera que los físicos descubren las leyes del mundo exterior. Sentado bajo un árbol, como Newton casi dos milenios más tarde, alcanzó la iluminación, y se dispuso a compartir con el mundo la solución al sufrimiento humano. A mi la física me hizo sufrir bastante, la verdad, por eso no terminan de convencerme esta clase de paralelismos. Además, el intento de unificar la visión espiritual y material del mundo generalmente conduce a engendros muy peligrosos, como la medicina cuántica. Pero a nivel filosófico e incluso epistemológico, existen aproximaciones interesantes, por ejemplo el célebre libro de Fritjof Capra, El Tao de la Física.

Para cambiar de tercio, me propongo hacer la foto perfecta de un monje budista. Porque de lo que no queda lugar a dudas es de que el sentido estético del budismo es superior al de los curas y los físicos. Me avergüenzo de mí mismo sentado en el suelo, esperando el momento perfecto frente a la puerta del templo, cámara en mano, como el guiri más detestable. Al cabo de media hora, me doy por satisfecho. Buscando la salida del complejo, nos cruzamos con un par de niños con el atuendo de monje, no tendrán más de diez años. Nos preguntamos a qué edad deben iniciarse, cuál es su futuro, su función.

monje en un templo de Chiang Mai

Monje entrando en un templo en Chiang Mai. Tuve que hacer el guiri para tomar la foto, contra mis principios.

Cruzamos la puerta y regresamos a la otra realidad, ruidosa y contaminada, pero ciertamente preferible a la hora de comer. En una calle copada por un mercadillo, vemos a una mujer preparando ensalada de papaya Som Tam en el suelo. Después de observar el ritual casi mágico, nos pedimos una y descansamos un rato. La mujer está sentada en la acera, con la espalda erguida, signo casi inequívoco de que algo importante sucede. Trabaja con guantes de plástico desechables, el pelo negro recogido, una blusa roja, pendientes y cadena de oro. Frente a ella, una mesita baja cubierta con un mantel de cuadros azules. Varios boles y bandejas contienen todos los ingredientes cortados o preparados en forma de condimento. Papaya verde, cebolla, zanahoria, tomate, cacahuetes, lima, chile, judías verdes, ajos, camarones secos, salsa de pescado, azúcar de palma, hierba limón.

El último día quedamos para cenar con un matrimonio tailandés que vive en Chiang Mai, amigos de un amigo de Barcelona. Vamos a buscarlos a la universidad, donde ambos trabajan. Es un campus parecido a la Universitat Autònoma de Barcelona, a las afueras de la ciudad, enjardinado y plácido, el lugar perfecto para estudiar. Sin duda estamos en el primer mundo. Nos llevan a cenar a un lugar precioso, con vistas a toda la ciudad. Después visitamos un mercado nocturno de comida, donde nos compran la fruta que le gusta a nuestro amigo común, para que la probemos.

A la mañana siguiente, cogemos el tren rumbo a un pueblo que no conocemos, para ir a un lugar que no sabemos dónde está.

estación de trenes de Chiang Mai

Cogemos un tren rumbo a un destino incierto.

2 comentarios on De Chiang en Chiang

  1. Neus
    8 septiembre, 2016 at 11:04 (1 año ago)

    ¿ Cómo son las caras con “cara de pez globo”? Insólita Tailandia que nos conduce a un destino incierto… ¡Buen final!. ¡Besos dobles!

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    • Pere Rovira
      16 septiembre, 2016 at 11:37 (1 año ago)

      Pues no sabría describirlas, por eso la llamé “cara de pez globo” 🙂 🙂 – Buscando en google “pez globo” salen bastantes fotografías… y algunas se parecen mucho a nuestro amigo 🙂

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