Cuentos de Tokyo

En Tokyo nos alojamos en el apartamento de dos estadounidenses. A uno no le veremos porque está de viaje por trabajo. El otro se pasará la mayor parte del tiempo encerrado en su habitación, jugando a League of Legends, un videojuego por internet. El penúltimo día de nuestra estancia hablaremos un poco más allá de las formalidades, y nos contará que está metido en una liga, y que su sueño es ser una estrella global de este videojuego. En Korea, nos dice, es un deporte nacional, y los mejores ganan más que con el fútbol. De momento, trabaja como traductor, sin dar explicaciones a nadie por su vicio, y manteniéndose a base de comida precocinada.

En el área metropolitana de Tokyo viven 35 millones de personas, la aglomeración urbana más poblada del mundo. Durante la segunda guerra mundial, en 5 años la ciudad vio reducida su población a la mitad. Quedó tan devastada, que el comité científico estadounidense encargado de decidir dónde lanzar la bomba atómica consideró el blanco poco atractivo, pues “los efectos destructivos de la bomba no quedarían suficientemente claros a ojos del mundo”. A pesar de todo, Tokyo renació literalmente de las cenizas para liderar a un país perdedor que en 20 años se transformó en la segunda economía del mundo.

A pesar de contar con 35 millones de habitantes, también hay lugares de paz en Tokyo

A pesar de contar con 35 millones de habitantes, también hay lugares de paz en Tokyo

Empezamos la mañana con un café. Al otro lado de la acera, una hilera de mujeres de veintitantos, en silencio, esperando algo que desconocemos. A los cinco minutos se resuelve el misterio. De un edificio salen los niños, que siguiendo las indicaciones de la maestra, se colocan frente a las mujeres, en una fila paralela. La maestra da una orden, y niños y madres se saludan inclinando el cuerpo ligeramente hacia delante. Los niños van con sus madres, que los colocan en el asiento trasero de la bicicleta para regresar a casa. El proceso transcurre prácticamente en silencio.

Salimos del café hacia la estación, y llegamos a un puente en construcción sobre la vía del tren. Un cartel nos explica el propósito de la obra mediante un didáctico cómic. En la primera viñeta, tenemos la situación inicial: los peatones están tristes porque no pueden cruzar la vía de manera segura. Los trenes también están tristes, porque les preocupa atropellar a un peatón, y porque sus pasajeros se impacientan esperando.

Primera viñeta: descripción del problema

Primera viñeta: descripción del problema

En la segunda viñeta, dos manos se estrechan, indicando que se ha llegado a un pacto.

Segunda viñeta: llegamos a un acuerdo

Segunda viñeta: llegamos a un acuerdo

En la tercera viñeta, el resultado del pacto: soterrar la vía para que los trenes viajen felices bajo el suelo, y los peatones y coches circulen alegremente por la superfície.

Tercera viñeta: todos contentos

Tercera viñeta: todos contentos

En la estación, como no entendemos nada, nos guiamos por la hora. Sabemos que nuestro tren a la ciudad sale a las 10,59, así que no hay más que hablar: a las 10,59 subimos al tren, y cuatro paradas después llegamos a nuestro destino. Es un método rudimentario pero efectivo: durante nuestras 5 semanas en Japón, sólo nos equivocaremos una vez siguiendo este sistema. Además, nos gusta pensar que de este modo nos aprovechamos la maravillosa logística nipona. No para llegar a la hora, sino para llegar.

Tokyo es una ciudad gobernada por trenes. 20 millones de pasajeros son engullidos diariamente por los insaciables vagones, desplazándose entre más de mil estaciones a lo largo de 70 lineas. El centro neurálgico de esta Hidra contemporánea es Shinjuku, una estación con 36 andenes y 200 bocas por las que entran y salen diariamente 5 millones de personas.

Cuando los trenes se van a dormir, la ciudad queda prácticamente incomunicada. Por este motivo, los hoteles por horas son muy populares en Tokyo. Son el refugio de los alcohólicos del trabajo, o de los que prefieren no regresar a casa. Algunas habitaciones disponen de un complejo sistema de grabaciones que emulan multitud de sonidos, entre ellos los avisos de una estación de metro. Así, los esforzados trabajadores pueden llamar por teléfono a la esposa, con la hipócrita grabación de fondo, lamentándose por haber perdido el último tren.

Regresando a casa en el último tren

Regresando a casa en el último tren

Alrededor de los hoteles por horas, abundan las chicas con aspecto de colegiala. Salen a la calle al caer la noche, en pleno centro de la ciudad, buscando clientes entre los hombres que regresan del trabajo. Sostienen unos cartelitos con sus manos lacadas de blanco, anunciando su oferta. Al principio pensamos que ofrecen servicios sexuales, pero más tarde aprendemos que son una especie más refinada de prostituta. Su labor consiste en hablar con el hombre y hacerle ver lo guapo, inteligente y afortunado que es.

En fin, cogemos el tren a las 10,59 de la mañana y llegamos puntuales a nuestra cita con dos catalanas de veinticinco años. Ambas son apasionadas de Japón, y haberse ido a vivir a Tokyo es un sueño hecho realidad. Una realiza el doctorado y la otra trabaja de profesora de inglés. Después de comer, nos llevan al karaoke del que son socias: “así nos saldrá más barato si cogemos tres horas”. Me horroriza pensar que pasaremos media tarde cantando, pero no quiero ser descortés con las anfitrionas.

Entramos en un claustrofóbico edificio de amarillentas paredes leprosas. Consta de cuatro plantas, cada una con varias habitaciones insonorizadas y sin ventanas. Mientras subimos las escaleras me fijo en los pósters de la pared: Bola de dragón, Arale, Musculmán,… los mismos dibujos que animaban mis largas tardes después del colegio. Son los clásicos de la cultura contemporánea japonesa, cuyas bandas sonoras conoce a la perfección todo aficionado al karaoke.

Las tres horas pasan sorprendentemente deprisa. Nuestras anfitrionas están totalmente entregadas al arte de cantar leyendo una pantalla, y nos deleitan con los últimos hits del pop japonés y coreano. Al terminar la canción, la pantalla te informa de las calorías que has quemado. Yo me entretengo navegando por el extenso catálogo, que para mi estupefacción incluye canciones de Robert Johnson o Big Bill Broonzy. También cantamos, y en japonés.

“Muchas personas acuden solas al karaoke”, nos comenta una de las chicas, “es una manera de liberar estrés”. Mientras me lo explica con una sonrisa en la boca, yo me la imagino rompiendo a llorar desconsoladamente, en la mesa un helado repleto de conservantes y una cocacola sin gas, en la pantalla el número de calorías quemadas con la última canción.

Salimos del karaoke, y a dos manzanas encontramos un salón recreativo de 6 plantas. Cada planta está dedicada a una forma diferente de pasar el rato. Empezamos por las superiores, en donde nos tomamos unas fotos que después retocamos añadiéndoles lazos rosas, gatitos, labios, maquillaje, pelucas y otras exquisiteces. El resultado es una horterada considerable que aún así imprimimos en una especie de pegatinas fotográficas destinadas a decorar libretas, móviles o tocadores.

En la cuarta planta habitan las recreativas clásicas, y pasamos un buen rato jugando al Mario Kart. En la tercera planta encontramos las máquinas táctiles, es decir, aquellas que se manipulan arrastrando hábilmente las manos por la pantalla, o tocando una especie de tambores al ritmo de músicas diversas. Las chicas me señalan a una de las jugadoras: “lleva guantes especiales para deslizar más deprisa las manos, es una profesional”.

Lleva guantes, es una profesional

Lleva guantes, es una profesional

Más allá, un chico toca los tambores, la mirada fija en la pantalla que marca un ritmo frenético, luces de colores reflejándose en sus gafas. En las primeras plantas no nos entretenemos demasiado: tragaperras de diferentes tipos que prometen suculentos premios en forma de oso de peluche y muñecos varios.

Las tragaperras son muy populares en Tokyo. Los Pachinko son salones, a menudo de varias plantas, enteramente dedicados a las máquinas quitadinero. Los hay por toda la ciudad. Para evitar la estricta regulación de Japón, donde el juego está prohibido, operan de manera curiosa. Para jugar, tienes que comprar unas bolitas a la entrada. Si ganas, obtienes más bolitas, que luego puedes cambiar por regalos en ciertas tiendas asociadas. Finalmente, hay otras tiendas que se dedican a comprarte los regalos. Japón es un país en que la verdad se encuentra en las apariencias.

Volvemos a la calle, algo ofuscados. Una piel de pantallas y carteles luminosos cubre los edificios, anunciando el segundo amanecer diario de la ciudad. Nos refugiamos en una librería especializada en manga. “Los más populares son los cómics protagonizados por chicos homosexuales”, nos explican. “Pero sólo los leen las chicas, están pensados para chicas”. “Luego también están las revistas dedicadas a los grupos de fans de ciertos grupos de J-Pop y K-Pop. No son revistas sobre el grupo de música. Son revistas sobre sus fans. Explican todas las actividades de los grupos de fans”. Hablan con conocimiento de causa: son clientas habituales.

Con la noche, llega el segundo amanecer a Tokyo

Con la noche, llega el segundo amanecer a Tokyo

Son las ocho, y nuestras guías de la cultura popular japonesa se despiden. Nos han regalado unas estupendas horas de su tiempo que nos han permitido comprender un poco más este país, desde ángulos que nunca hubiéramos explorado por nuestro propio pie.

Caminamos un buen rato sin dirección. Las luces, las pantallas, el ruido, la gente, los coches, las imágenes del día me confunden como una densa niebla. Lo que he visto no me gusta, pero intento comprenderlo. Mientras pongo orden a mis pensamientos contradictorios, pasamos junto a las chicas de los cartelitos. Una de ellas me agarra impulsivamente por el brazo, con una brusquedad muy poco japonesa, ofreciéndome sus servicios para levantar el ánimo.

Unos metros más allá, me paro y miro a Cristina: “Esta ciudad es deprimente”. Cogemos el metro y media hora más tarde entramos en un local al lado de casa. Es una izakaya, una especie de taberna pensada para beber, fumar y entretener el hambre con pequeños pero suculentos platos. Nos entregan un menú con traducciones al inglés, pero los platos no coinciden con lo que vemos en las mesas. Se lo intento explicar al camarero, y nos entrega otro menú, esta vez sólo en japonés. Estamos demasiado cansados para descifrar la carta con la ayuda del diccionario, así que le pedimos al camarero que nos sirva lo que quiera. “Nos gusta todo”, añado.

Empieza por un plato de caballa que él mismo flambea ante nuestras jugosas miradas. Nos pide que lo aliñemos con una lima, y cuando lo hacemos, lanza un grito victorioso y todo el restaurante le secunda rompiendo en aplausos. Brindamos con una jarra de cerveza mezclada: una mitad negra, una mitad rubia.

Caballa flambeada para comenzar nuestra cena de reconciliación con la ciudad

Caballa flambeada para comenzar nuestra cena de reconciliación con la ciudad

Continuamos la cena con un plato de sashimi variado: pulpo, lubina, ventresca y un pescado de piel roja del que no apuntamos el nombre. Después llega una ensalada con vegetales de los que desconozco el nombre. Nuestro camarero no para de moverse por detrás de la barra, atendiendo a los comensales y organizando a los cocineros, que trabajan a la vista de todos los clientes. Nos pide si queremos comer más. “Por supuesto.” A los pocos minutos llega una cazuelita con patatas y estofado de ternera, regado en una dulce salsa de vino. Después una tempura de langostinos con una salsa parecida al romesco, pero más líquida y picante.

Los clientes beben y fuman sin descanso, y de vez en cuando comen algo. Gritan, ríen, se miran, las caras rojas de placer. Son todos japoneses. Salimos de la izakaya con las mejillas alegres y el estómago feliz, reconciliados con Tokyo y sus habitantes. Entramos en el apartamento, y cuando estamos cruzando la cocina, nuestro compañero de piso saca la cabeza por la puerta de su habitación. “En la próxima hora a lo mejor lanzo algún grito. Voy a jugar una partida por internet con mis amigos, y a veces nos exaltamos mucho”, dice con una sonrisa de niño travieso, y cierra la puerta. En la mesa de la cocina, una caja vacía de pollo congelado preparado al estilo mexicano.

13 comentarios on Cuentos de Tokyo

  1. Víctor
    20 agosto, 2015 at 16:34 (2 años ago)

    Qué buena tu crónica de Tokio. Me he acordado de los ejecutivos japoneses de Nissan residentes un tiempo en España y que pude tratar personalmente. Alguno, llegado el momento de volver a su país, venía a decir disgustado que no era lo mismo vivir en Tokio antes de conocer nuestro modo de vida que después de catarlo. No se puede generalizar, claro. Pero ciertos párrafos de tu reportaje permiten hacerse una idea. Abrazos!!

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    • Pere Rovira
      26 agosto, 2015 at 13:05 (2 años ago)

      Muchas gracias por aportar tu experiencia en este blog, Víctor! Me alegra que desde tu conocimiento, te parezca coherente algunas de las cosas que hemos contado. Después de varios meses por el mundo, creo que para vivir, ningún lugar como casa… A veces creo que no sabemos valorar lo que tenemos, por tenerlo tan a mano!

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  2. Nuria
    20 agosto, 2015 at 11:04 (2 años ago)

    Gracies Pepe i Cristina per fer.nos arribar tant aprop paisos i costums de tant lluny
    Per a mi la dificultat esta en que no tenim cap coordenada en comu per poder fer.nos una idea mes o menys precisa del que passa. Si lleguim un text que esta escrit amb lletres i numeros, acabem descisfrant que es perque el nostre cervell pot legir de cop i aixi endevinem que malgrat digui aqui UN4 0LA diu una ola, pero amb la cultura oriental no sabem “llegirla en la seva globalitat”, per això es fàcil deixar.nos portar d’impressions, i les meves que vic en un carrer amb un edific de Gaudi, son particulars, en fila, aparentment impentrables, obedients al màxim, semblant reconcentrats en lo seu i aparamentment poc permebles al que passa a l’entorn, i aixo els hi dona un al de misteri, que t’agradaria saber mes, per aixo el teu blog es tant oportu i per caber com us va la vida i l’enveja que ens produiex no haber pogut fer el mateix, dosviajanjuntos . un peto molt fort Nuria

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    • Pere Rovira
      26 agosto, 2015 at 13:02 (2 años ago)

      Hola Nuria! Moltes gràcies per deixar-nos un comentari! El que comentes de la seva actitud davant l’edifici de Gaudí del teu carrer coincideix pràcticament amb l’inici del post que acabo de publicar a continuació d’aquest. Són tan ordenats en tot! Es cert que ens falten les eines per entendre millor una manera de ser que d’avegades és tan diferent. Imagino que cal viure-hi molt temps per interpretar les coses amb més encert que el que podem fer en un viatge “ràpid” com el nostre. Jo em conformo amb endur-me alguns pinzellades, perque a viure-hi no m’ho quedo, encara que signifiqui que no els entendré mai del tot 🙂 🙂 🙂

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  3. Laura
    19 agosto, 2015 at 14:19 (2 años ago)

    Sin tener referencias, no se porqué, yo veía o veo Japón como una sociedad extremadamente triste, melancólica, introvertida y siempre buscando lo que no tienen, supongo que será por la influencia de pelis como Babel o Lost in Ttranslation. Me habeis despertado las ganas de conocer ese lado risueño y despreocupado de sus gentes (que supongo que se activa en contacto con esas exquisiteces gastronómicas), como dice Oriol: comida sencilla, elegante, sin pretensiones.. pero deliciosa. También dicen que Tokio es una de las ciudades más seguras del mundo, ¿eso lo notasteis?

    Algo que se me quedó grabado de una de las pelis era que el narrador de Babel en la historia de Japón dice.. “los japoneses no matan, solo se suicidan.. bufff gallina de piel”.

    Seguid contando, que andamos por aquí 😉

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    • Pere Rovira
      26 agosto, 2015 at 12:57 (2 años ago)

      No creo que haya ciudades más seguras que las de Japón. Por ejemplo, nos contaron que pierdes el móvil o el ordenador, lo más probable es que te lo devuelvan, si lo tienes identificado con la dirección de tu alojamiento. Nosotros en Fukuoka nos sentábamos a trabajar con los ordenadores en el café de una librería, y podíamos ir al baño o a hojear las revistas los dos, sin miedo a que les pasara nada.
      Respecto a cuál es el Japón verdadero, supongo que todos, aunque a mi me costaría vivir en un país así, precisamente por los aspectos negativos de su sociedad que resaltan las películas que comentas. De todos modos, Japón no es Tokyo; por ejemplo cuando fuimos a un pueblo en el campo (lo explicaremos en un post futuro) nos encontramos con un modo de vida y de ser muy diferente, mucho más “humano”. Gracias por pasarte y comentar Laura!

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  4. Neus
    18 agosto, 2015 at 15:24 (2 años ago)

    El gran Japón se hunde. Ahora entiendo mejor la reapertura del tercer reactor de Fukushima. Con todo, a pesr de todo, me gustaria conocerlo, como a Oriol. Leeré también el artículo que recomiendas a tu amado padre sobre Hiroshima y Nagasaki, ya leí el de los origamis, papiroflexia aplicada ahora a las matemáticas. Bueno, este blog amplía cada vez más sus temas, debe ser buena literatura porque habla del ser humano, de sus reaaciones, de su soledad, de sus diversiones, de su ética, de su cultura. Aunque os echemos en falta sólo por esta riqueza vale la pena el viaje. Muchos besos queridos viajeros, las imágenes, los contrastes y el final del texto muy buenos, a mi juicio. ¡¡¡También las fotos!!! La rosa al lado de la caballa, preciosa. Más besossssssssssss

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    • Pere Rovira
      26 agosto, 2015 at 12:52 (2 años ago)

      Sin duda hay que viajar a Tokyo. Hay que vivirla para poderla valorar en su justa medida. El urbanismo, su sistema de transporte, los museos de arte japonés, la comida, los templos de la ciudad y sus alrededores, los festivales de cada barrio,… Es una ciudad con infinitas posibilidades.

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  5. Pere Rovira
    16 agosto, 2015 at 18:46 (2 años ago)

    Així que a Tokio es van salvar perquè eren pocs? Fa tremolar la barbàrie civilitzada.

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  6. Oriol
    15 agosto, 2015 at 23:13 (2 años ago)

    Doncs jo veig Tokio o Japó com un lloc per anar-hi a viure una bona temporada. En el fons suposo que és perquè crec que el ‘món occidental’ acabaren vivint con ells ara, totalment desalineats de la realitat, de la família, de un mateix… Fa por pensar-ho!!

    però alhora, son tant cuidadosos, atents amables, nets, tant perfectes i rutinaris que han de desfogar-se amb aficions super rares pels Occidentals.

    El menjar és el millor. Poc, cuida’t com una obra d’art d’un artesà i excel·lent.

    Es una manera de viure la vida que si ha d’anar per intentar entendre-ho.

    Ah, intenta mirar al youtube ‘japoneses sin sexo’ del documentos TV. Encara és més depriment!!

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    • Pere Rovira
      16 agosto, 2015 at 03:09 (2 años ago)

      Bones Oriol! Jo crec que també hi viuria una temporada, sobre tot perque trobo apassionant intentar entendre maneres de ser tan diferents. Japó ens va agradar, però volia reflexar que com a societat, tenen aspectes molt millorables (o com a mínim discutobles). Tinc la sensació que solem ser condescendents amb Japó, potser perque els veiem molt diferents, potser perque tecnològicament són molt avançats o potser simplement perque tenen molts diners o perque són molt educats. Per exemple, quan buscava informació sobre els Pachinko, que és una realitat molt depriment, molts blogs en parlaven com “una altra cosa graciosa més dels japonesos”. Però si un familiar nostre fa el mateix, llavors ja no es graciós. Molta gent crec que es mira Japó desde la distància, com una cosa curiosa i graciosa, sense rascar. Això sí, en el menjar ens posem d’acord de seguida. De fet, menjant i bebent va ser com vàrem interactuar més.

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