Cuatro o cinco imágenes

Nueva Zelanda es al principio una nebulosa en mi cabeza, que cristaliza fugazmente en cuatro o cinco imágenes de manera intermitente. Luego repaso el listado de lugares que visitamos, convenientemente anotado en mis cuadernos digitales. Si me concentro en un lugar, al poco rato aparecen claramente cuatro o cinco imágenes. De modo que en un par de horas he rememorado el viaje. Y durante todo el tiempo, una sonrisa se ha apoderado de todo mi cuerpo. Así fue Nueva Zelanda: una sonrisa.

Llegamos al puerto natural de Dunedin a primera hora de la tarde. El mar se mueve entre el azul oscuro y un turquesa que da miedo, porque revela aguas muy poco profundas. Estamos en la terraza junto al puente de mandos. Brilla el sol, pero hace mucho viento. Huele a sal y a verde. Un pájaro nos pasa por encima, lento y majestuoso como un anciano poeta. Podría ser un albatros, porque junto al puerto natural se encuentra la única colonia en el mundo del “albatros real”. Sin duda, es la entrada más paradisíaca que hemos realizado hasta ahora. A pesar de avanzar a bordo de un carguero, todo lo que nos rodea es naturaleza sutilmente domesticada, bellísima, un anticipo de lo que nos espera en esta isla.

Al cabo de un par de horas de lentas maniobras, divisamos el minúsculo puerto donde atracaremos. Tan pequeño que parece de mentira. Nos despedimos del capitán, de algún oficial, del cocinero, del steward. Cerramos las maletas y damos un último repaso a la habitación. En el despacho del oficial al mando, dos policías locales estampan nuestro pasaporte, y nos desean buena suerte en nuestro viaje. Bajamos las escaleras del barco. La tercera pasajera, Devi, monta en su bicicleta y se despide diciendo que estamos en contacto. Nosotros avanzamos por el muelle arrastrando las maletas, sintiendo como el cuerpo se readapta a un mundo en que el suelo no se tambalea. Junto a la valla de la entrada al puerto, un funcionario nos saluda desde la caseta y nos da el paso. Ya está, ya estamos en Nueva Zelanda.

Un hombre nos informa de que todavía podemos coger el último autobús a Dunedin. Simplemente pronunciar el nombre de esta ciudad nos pone de buen humor. El autobús nos deja en el centro. Buscamos una conexión a internet para el teléfono, y en cinco minutos decidimos que probaremos suerte en un albergue a buen precio, acogedor y con excelente cocina. Caminamos cuesta arriba durante un cuarto de hora, y llegamos al lugar con el depósito de aliento bajo mínimos. Nos atienden con mucha amabilidad. Es una enorme mansión antigua, muy cálida, muy usada, muy civilizada. Parece una residencia de estudiantes familiar.

De camino a la habitación, al ver las calabazas colgando por la barandilla y las telas de araña decorando los rincones, caemos en la cuenta de que hoy es la víspera del uno de Noviembre. Es Halloween, y para colmo estamos en un albergue cuyo nombre es un homenaje a Harry Potter: Hogwartz. Nos estiramos en la cama y respiramos el aire ligeramente rancio de la casa, tan acogedor, tan protector, tan familiar.

En el piso de la entrada está el salón comedor, donde conviven cuatro mesas y sus sillas de madera, un sillón y un sofá para dos personas. Tiene un pequeño altillo con espacio para un par de sillones y una mesita. La chimenea arde discretamente, e impregna al lugar del olor y la temperatura adecuados. Entonces comprendemos mejor la dureza del trabajo a bordo de un carguero.

Si me concentro en un lugar, al poco rato aparecen claramente cuatro o cinco imágenes. El puerto natural, el muelle, el hostal, nuestra habitación, el salón-comedor.

Salimos a buscar algo para cenar.

2 comentarios on Cuatro o cinco imágenes

  1. Neus
    31 agosto, 2017 at 12:22 (3 meses ago)

    ¡A ver qué cenamos! Seguro que acompañado de una sonrisa… Nueva Zelanda, un ensueño… y además en noviembre… Buen augurio… ¡¡Muchos besos!!

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    • Pere Rovira
      1 septiembre, 2017 at 18:35 (3 meses ago)

      Cenamos muy bien 🙂 – Gracias!

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