Corrupción

Llegamos a Dien Bien Phu en el autobús nocturno desde Hanoi. Es un sleeper bus. Tres filas de literas que en lugar de camas tienen asientos reclinados. Después de dos horas de trayecto, el pasillo también se ha llenado de pasajeros.

En nuestro trozo de pasillo duerme un niño protegido por una manta y la muralla del cuerpo de su padre. El aire acondicionado está tan fuerte que rescatamos el polar que habíamos enterrado en la maleta desde Rusia.

El 7 de Mayo de 1954 se libró en los alrededores de Dien Bien Phu la batalla que marcó el principio del fin del imperio francés de Indochina. Nos parece apropiado que sea la última ciudad que pisamos en Vietnam, aunque sólo pasemos una hora en su estación de autobuses. Cuando llegamos son las séis de la mañana. En el ambiente flota una niebla de somnolencia, como si el mundo todavía estuviera limpiándose las legañas. Varias personas han dormido en la estación y están tomándose un té o fumando el primer cigarrillo del día.

Bar de carretera en Vietnam

Típico bar de carretera en Vietnam. Unas maderas, unas botellas y la pipa de la paz.

A las siete subimos a otro autobús. Llegamos a la frontera. Los oficiales vietnamitas nos ponen el sello de salida en el pasaporte, y caminamos cien metros hasta la caseta donde esperan los oficiales laotianos. Un cartel indica que el visado son 35 dólares. Me asomo a la ventanilla y me indican que vaya a otra ventanilla, más adelante, para pagar los gastos de gestión. Son dos dólares por ser fin de semana, me informan. Los días laborales cuesta sólo un dólar. Retrocedo para volver a la ventanilla inicial, donde entrego el comprobante de pago de gastos de gestión, y 33 dólares más. “Son sólo 32. Después vaya a la otra ventanilla y pague 1 dólar por el sello”.

En total, dividimos el pago de los 35 dólares en tres ventanillas diferentes que, además, no son consecutivas. Me pregunto si es herencia de la burocracia francesa, o la primera prueba de que este es uno de los paises más corruptos del mundo. Con el pasaporte visado en mano, nos disponemos a entrar en Laos. Pero desde una mesita una mujer nos grita visiblemente irritada. “Temperature, temperature”. Al parecer, tenemos que pagarle medio dólar cada uno para que nos tome la temperatura. Discuto un rato con ella, pero acabo soltando un dólar para que nos ponga un termómetro en la oreja y certifique que no tenemos fiebre. Le pido un comprobante, y me ignora con su cara de funcionaria ultrajada. Levanto el teléfono, sonrío y me hago un selfie.

Volvemos al autobús. Nos faltan 12 horas de trayecto hasta Luang Prabang, la ciudad más bella de Laos y probablemente de todo el sudeste asiático. Hablamos con Eva, una jerezana que ha pasado gran parte de su vida en Estados Unidos. Hace unos años decidió volver a España para montar una academia de inglés en su ciudad natal. “Llegué en plena crisis, pero a mi me ha ido estupendamente. Acabo de abrir la primera franquicia” Viaja con una amiga americana que vive en Japón, menos habladora. Rondarán los cincuenta años. Conservan la vitalidad de las mochileras veinteañeras que viajan en los asientos traseros, pero no necesitan hablar de hombres todo el tiempo.

Paramos en una estación de servicio. Un niño enfundado en la camiseta del Barça abre el depósito y lo llena de gasolina. El logo de Unicef luce blanco sobre los colores blaugrana. El conductor nos indica que tenemos veinte minutos para comer. Eva y su amiga nos invitan a queso manchego, fuet del Hacendado y sake de Okinawa. Hacía meses que no probábamos el queso, y nos sabe a gloria. Se nos acerca un laotiano curioso, y después de mirarnos un rato se atreve a pedir un trozo de queso. Eva contesta que no, y nos dice “no lo sabría apreciar.” El chico se retira riendo, y se reúne con sus amigos, que también ríen.

Cristina y Eva

Paramos en una estación de servicio, y nuestra amiga Eva nos invita a queso manchego.

Arrancamos de nuevo. Todavía nos quedan ocho horas de asfalto entre agujeros y piscinas de barro. La selva crece descarada y verde a ambos lados de la carretera, borrando peligrosamente el recuerdo de las bombas que todavía infectan las tierras del país, el más bombardeado de la historia de la humanidad. Entre 1964 y 1973 recibió, de media, una bomba cada ocho minutos, las veinticuatro horas del día. Más explosivos que en todas las contiendas de la segunda guerra mundial.

Laos cometió el error de ser el país a través del cuál el ejército de Ho Chi Mihn enviaba las tropas del norte al sur de Vietnam. Eran los años en que Estados Unidos declaró la guerra contra el comunismo a cualquier precio. Así, además, se aseguraba el derecho de fijar el precio de la gran producción de opio de la región. En los campos de arroz todavía se ven los cráteres de las bombas que llovieron del cielo. Se utilizan como balsas para los peces. Una fotografía de Stephen Wilkes en un magnífico artículo de National Geographic muestra un corral de pollos cuyas columnas son cascos de misiles.

Se lanzaron 270 millones de bombas, mil kilos de munición por habitante. 80 millones no llegaron a explotar, y todavía siegan las vidas de campesinos y excursionistas con mala suerte. Buena parte de la tierra del país no se cultiva por miedo a encontrar una bomba. En 2014, el Congreso de los Estados Unidos aprobó una ayuda de 12 millónes de dólares para contribuir a limpiar el país de explosivos. La embajada americana en Laos costó 145 millones. A la velocidad actual, se tardarán dos mil años en limpiar el país de bombas.

Pero los números se olvidan pronto. En un artículo de The Guardian encuentro la historia de Kham. Su marido encontró una bomba en el bosque, y la trajo a casa para venderla a un comerciante de metal. Es un recurso habitual para muchas familias de este país en que la tercera parte de la población vive con menos de un euro al día. Cuando el comerciante la estaba manipulando, la bomba explotó y lo mató al instante. Kham perdió la pierna derecha, uno de sus hijos perdió un ojo y el otro se lesionó la espalda permanentemente. Para pagar las facturas del hospital, tuvo que vender las siete vacas de la familia. Impedida, no puede trabajar y teme que su marido les abandone, como es habitual con las mujeres que dejan de ser útiles.

En un artículo del New York Times encuentro la historia de Nengyong, un campesino que quedó ciego cuando explotó una bomba escondida en el árbol que estaba talando. Desesperado por no poder trabajar para sostener a su familia, se colgó de un árbol. Su viuda de treinta y dos años ha quedado a cargo de cuatro hijos.

escena de laos

Unos campesinos cortan un tronco junto al río.

A las diez de la noche llegamos a la estación norte de autobuses de Luang Prabang. El tuk tuk que nos lleva a casa explica que no puede rebajarnos el precio, claramente exagerado, que hemos terminado aceptando porque estamos molidos después de treinta horas de viaje desde Hanoi. Al parecer, él no se lleva el dinero, sino un tipo que trabaja para la estación, que luego le paga una pequeña parte. Si quieres un tuk tuk más barato tienes que salir de la estación y caminar un rato, pero a esta hora no es muy recomendable, dice, porque estamos lejos del centro.

2 comentarios on Corrupción

  1. neus
    6 agosto, 2016 at 11:28 (1 año ago)

    Terrible la crueldad de la guerra. Sin comentarios.

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    • Pere Rovira
      25 agosto, 2016 at 12:15 (1 año ago)

      ¡Y cómo han logrado superarlo! Es una gente maravillosa, sonriente… cualquiera diría.

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