Conversaciones con el General Ledoff

En Olkhon, cuando anochece, no hay mucho que hacer. Así que pasamos las horas conversando y bebiendo vodka General Ledoff. La primera noche todos hablamos castellano, y todos estamos dando la vuelta al mundo. Me sorprende comprobar, además, que todos los compañeros de mesa creen en la vida más allá de la muerte. Yo hablo de los chamanes que habitan la isla y la Siberia en general. Uno de los requisitos de todo ritual chamán es beberse un vaso de orina. Hablo también del jamón ibérico que traemos en la maleta, que casaría muy bien con el vodka.

A la mañana siguiente no tengo ni un atisbo de resaca. Hemos seguido los consejos de Nicolas: “un trago de vodka va siempre seguido de un bocado sólido: un trozo de galleta, chocolate, algún snack…”. Durante el desayuno, precisamente, hojeo los dos libros de fotografía de Nicolás: uno sobre Tajakistán y otro sobre el Baikal. En Tajakistán vivió dos años, en el Baikal lleva cinco. “Pero no creo que vaya a quedarme aquí. El sistema médico es muy precario, no es fácil tener hijos y hacerse mayor. Además, no me gustaría conocer la decandencia de todo esto.”

Nicolás no parece estar especialmente orgulloso de su paisano Sylvain Tesson, un exitoso escritor de viajes que decidió vivir solo durante 6 meses en una cabaña junto al Baikal, y lo documentó en el libro La Vida Simple. “Yo llevo aquí muchos años, trabajando, conociendo a la gente del lugar; a él le han bastado 6 meses para escribir un best-seller y, ahora, preparar una película. Estuvieron aquí hace dos semanas. Trajeron hasta osos enjaulados para filmarlos, todo muy auténtico. Si la película tiene éxito, será el principio del fin de este lugar. El gobierno ruso está esperando la excusa perfecta para construir una autopista hasta aquí”.

Tras el desayuno, subimos a bordo de una camioneta rusa de los años setenta, con las ruedas y las suspensiones cambiadas para poder recorrer los difíciles caminos de la isla. El conductor me confirma que ya estamos en Asia. Sin inmutarse, realizará las maniobras más inverosímiles, y nos situará a un palmo del desastre en varias ocasiones. De vez en cuando, se girará para mirar cómo vamos atrás, y nos lanzará una sonrisa misteriosa, típicamente asiática, entre la burla y la satisfacción orgullosa. Al cabo de un par de horas, su conducción nos habrá seducido, y viajaremos felices entre golpes y sobresaltos, con la certidumbre de que podríamos llegar al fin del mundo, y nuestro conductor encontraría la manera de saltar al otro lado. Durante el viaje, perderá su gorro, y se lamentará ostensiblemente mientras lo busca en vano. Nacho le regalará el suyo al llegar al hostal. “A partir de aquí ya no lo necesito, se ha terminado el frío”.

Esta camioneta nos llevó por caminos inverosímiles en la isla de Olkhon

Esta camioneta nos llevó por caminos inverosímiles en la isla de Olkhon

En la excursión nos acompaña también una chica de Hong Kong que viaja con sus padres, de 70 años. Llevan ropa sencilla y no dicen casi nada, pero se alojan en hoteles de lujo y han educado a su hija en los Estados Unidos. Nos acompaña también una chica china que hace tres años que viaja sola por el mundo. Su gesto es grave, y procura no mezclarse demasiado con el grupo. Se cambia de ropa tres veces al día.

Llegamos al extremo norte de Olkhon, y tras caminar un buen rato, me siento en una roca, y observo en soledad el lago durante casi una hora. Por la tarde, coincidimos en otra punta de la isla con un grupo de alemanes miembros de un coro de Dresden. Deciden ponerse a cantar, y yo filmo el lago con sus voces de fondo.

Después de cenar, el grupo de Dresden ofrece un concierto de música tradicional alemana en el hostal. Al fondo del comedor, una mujer anciana con aspecto de haber trabajado mucho en la vida. Termina el concierto, y se acerca caminando con dificultad a uno de los alemanes, que más tarde me explicará que la mujer fue profesora en alguna universidad de Rusia, y que habla alemán a la perfección. La anciana del fondo es, pues, la única espectadora que entiende la letra de las canciones.

Para celebrar el concierto del coro de Dresden, volvemos al vodka. Hablamos de política. Todo el mundo parece tener claro que Putin es el diablo, así que se me ocurre decir que entre el presidente ruso y Obama no veo muchas diferencias. Gran parte de la concurrencia se escandaliza, como cuando hablé de beberse la orina de los chamanes, lo cuál me anima todavía más. Alentado por el espíritu del General Ledoff, explico que Putin trabajó para el KGB. Después, el final del comunismo le dejó tirado y sin empleo, como a tantos otros rusos que todavía hoy malviven por las calles más sucias en busca de algo para comer. A los cuarenta años, pues, empezó de nuevo, trabajando como taxista por las calles de Moscú. Y de algún modo, se las arregló para acabar siendo el presidente del país más grande del mundo. Desde que está al mando, los indicadores económicos no dejan de mejorar. Y para convencer a los que dudan o siguen siendo miserables, provoca guerras que mantengan viva la pasión nacionalista de la gran Rusia. ¿No es este un retrato del perfecto presidente de los Estados Unidos?

La noche no quiere acabar, entre risas y varios últimos brindis. Pero sobre las cuatro de la mañana no queda ya bebida ni comida, así que nos despedimos de los chicos del coro, que nos habían acogido en su cabaña. Salgo a la noche fría con Nacho, y a pesar de que sólo tenemos que recorrer 100 metros hasta nuestras habitaciones, nos perdemos. El cielo está totalmente estrellado. No se oye nada. El agua del lago, helada, también duerme su noche. Enciendo un cigarrillo, y nos decimos que la felicidad son estos momentos antes de ir a dormir.

Han sido unos días magníficos, sociales. Me han recordado a cuando, hace casi 15 años, llegué a mi residencia de estudiantes en Berkeley. Allí, en las noches, tampoco había mucho que hacer, y estábamos condenados a hablar. Me pregunto si volveremos a vernos.

El grupo de amigos que hicimos en el hostal Nikita, en el pueblo de Khuzir

El grupo de amigos que hicimos en el hostal Nikita, en el pueblo de Khuzir

[Para quien quiera complementar la lectura con más fotos, aquí tenéis nuestro álbum de fotos del Baikal]

6 comentarios on Conversaciones con el General Ledoff

  1. pere rovira
    16 junio, 2015 at 14:15 (2 años ago)

    El vodka col.labora amb la hospitalitat, deu ser una de les claus del benestar a Rússia. Per això no produeix ressaca. Abraçades paternes.

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    • Pere Rovira
      18 junio, 2015 at 15:50 (2 años ago)

      Certament, begut al Baikal contribueix al benestar i la hospitalitat… però també és cert que el govern el manté a un preu ridícul (per 1 euro pots comprar una ampolla) per mantenir fins a cert punt a la població sota control… El mon sempre insisteix a ser més complex del que caldria… ¡Abraçades filials!

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  2. Neus
    12 junio, 2015 at 11:15 (2 años ago)

    Me gusta la anciana que observaba desde el fondo y se acercó a hablar con los miembros del coro… ¿Cómo habrá sido su vida? ¡Qué bonita la foto del grupo! Más madera 😉 ¡¡Besos dobles!! Y recuerdos a los lectores!

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    • Pere Rovira
      18 junio, 2015 at 15:48 (2 años ago)

      A mí me dejó asombrado. Sobre todo, porque cuando la vi por primera vez pensé “¿qué estará haciendo esta mujer aquí, tan mayor, tan cansada?” Y luego resultó ser la que más comprendía de todos, como suele ser habitual. Por desgracia, nosotros no hablamos ni alemán ni ruso, así que no sabemos mucho más de su vida… pero la podemos imaginar… Besos!

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  3. Orioln
    11 junio, 2015 at 22:36 (2 años ago)

    Quan es viatge hauria de ser obligatori anar de hoStels, i que aquests no tinguin TV no Internet 🙂

    Cada dia una experiència nova i inesperada, així es la vida si no et quedes a la zona de confort.

    A quin any i planeta estàveu?? 2015?

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    • Pere Rovira
      18 junio, 2015 at 15:47 (2 años ago)

      L’any era 2015, el telèfon encara funcionava i això senyalava quan vàrem arribar 🙂 Però del planeta no n’estic gaire segur… Un plaer saber que ens segueixes llegint, Oriol. Una abraçada!

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