Comerciantes

Es sábado, y visitamos el mercado de Sheng Cun, a veinte minutos del hostal. Los mercados todavía son aquí los únicos lugares donde la mayor parte de la población hace sus negocios. Su semana depende de lo que pase hoy.

El sábado, pues, es un día importante, y muchos caminan durante toda la noche para llegar a punta de día con sus productos a la plaza. Nosotros llegamos a las diez, con el cuatro por cuatro de Yi. Cada sábado va al mercado a comprar provisiones. La acompaña una trabajadora del hostal, de la etnia local Hani, que la ayuda a traducir, negociar y cargar la mercancía. Yi, como nosotros, visita el mercado con dinero en el banco.

El mercado está dividido en cinco partes que ocupan diferentes espacios del pueblo. Un descampado, una plaza cubierta, un trozo de calle. La primera zona vende todo lo relacionado con la vestimenta y las herramientas. Telas para vestidos, ropa de cama, chaquetas, pantalones, zapatillas. Azas, palas, tijeras, martillos, cuerdas, cestos cerrados y sacos para transportar animales. Es lo más parecido a un mercadillo de pueblo en España, con los diferentes puestecillos de venta.

Después pasamos a la zona de la carne de ternera, en un espacio abierto de unos quinientos metros cuadrados, con un alto techo de uralita. Aquí no hay separación entre tiendas, sino muchas mesas de piedra llenas de carne roja y fresca. Los carniceros la cortan con grandes cuchillos, y la gente se acerca a valorar el producto. Dan la vuelta a la mesa, para observar la mercancía desde diferentes ángulos. Hablan con el vendedor, que les señala diferentes trozos. No hay neveras ni barreras entre producto, comprador y carnicero. El mejor día para comer ternera en el restaurante es el sábado.

Todo lo que no es ternera, en China se vende vivo. Es la tercera zona del mercado. Gallos, gallinas, ocas y pollos disponibles en diferentes edades y tamaños. Puedes comprar el pollo grande o los pollitos, para criar en casa. Aquí no hay puestos de venta, mesas o mostradores. Trabajan de pie, o sentados en el suelo sobre un plástico, porque son más pobres.

Guardan los animales en una especie de cestos de paja cerrados. Los clientes los observan, comentan con el vendedor y con otras personas que pasan por allí. Comparan con otros puestos. Finalmente, escogen una pieza y se la llevan agarrándola por las patas. Los que tienen dinero para más de dos piezas, las colocan en un cesto. Caminamos como quién visita un museo, es algo incómodo porque estamos claramente fuera de lugar. Sin embargo, una mujer se atreve a ofrecernos un pollo, con una sonrisa en la boca, explicando las bondades del mismo, supongo. Devolvemos la sonrisa.

Me pregunto por qué se venden vivos los animales. Quizá es porque así el producto es más fresco. No necesitas nevera, lo matas cuando lo tienes que comer. Quizá es más barato, lo compras pequeño y te encargas de hacerlo crecer. Quizá es alguna superstición. O una combinación de todas estas cosas. Pero me inclino a pensar que no tener nevera en casa es un factor decisivo.

Llegamos a la zona de frutas y verduras. También aquí se comercia principalmente de pie o en el suelo. Mango, plátanos, mandarinas, berenjenas, pimientos, calabacín, ajos tiernos, pepinos, lechugas y otros tipos de verduras de la zona de los que no sabemos el nombre ni el uso. Todo fresquísimo. A la derecha, delimitando el espacio de venta, otro detalle del fino surrealismo chino: media docena de mesas de billar. Varios hombres fumando y jugando. De vez en cuando lanzan un grito a las mujeres que venden la mercancía.

Mesas de billar junto al mercado

Los hombres se entretienen jugando al billar junto al mercado.

En un rincón, junto a las verduras, la zona más pequeña del mercado, dedicada a la venta de huevos. Destacan las hueveras, preciosas, hechas con caña. Las mujeres lucen vestidos de colores, con preciosas cenefas bordadas. Rosa, verde, amarillo, azul. Son de la etnia Yi, una variante de los Hani que se distingue, entre otras cosas, por el colorido de las ropas de sus mujeres.

Subimos por una calle, y pasamos por la única tienda de pescado, que por supuesto también venden vivo. La tienda es en realidad un parasol y dos cubos gigantes, de un metro de altura, llenos de agua y pececillos de unos 10 centímetros de largo. Los clientes llegan, cogen unos cuantos con una pala, y los guardan en bolsas de plástico llenas de agua. Se paga por unidades, no hay balanza.

Seguimos caminando. Aumenta el volumen de unos chillidos que acaban siendo estremededores, como perros a los que estuvieran sacrificando. Es la zona de los cerdos, formada por cuatro o cinco agrupaciones de hombres en sendos círculos. Cada agrupación se concentra alrededor de un grupo de cerdos, la mayoría negros, pero algunos marrones o dorados, todos relucientes, limpísimos. Miden medio metro, y un hombre los sostiene atados con sencillas cuerdas. Los cerdos chillan, y los hombres son también muy ruidosos, más que en ninguna otra parte del mercado. Parece que estén discutiendo, me imagino que negocian duramente. De vez en cuando, se llega a un trato y un hombre paga y abandona el grupo orgulloso, con un cerdo en un saco bajo el brazo.

Volvemos a dar un vistazo general a todo el mercado, compramos un poco de fruta, y vamos a la calle principal, donde las tiendas de los ricos del pueblo venden jabón, patatas fritas y otros lujos. Vemos a un matrimonio mayor caminando calle abajo. El hombre lleva a tres cerdos atados con una cuerda. De vez en cuando se paran y los tiene que arrastrar a la fuerza, y los cerdos resbalan por el suelo y chillan. El hombre está feliz. Se cruza con otro y le muestra la mercancía que acaba de comprar, sonriente, explicándole la ganga que ha conseguido, o algo por el estilo. El otro asiente y se despide. El matrimonio continua su orgulloso paseo calle abajo.

Damos por terminada la visita al mercado, y nos marchamos del pueblo. Cogemos una camioneta hasta uno de los mejores miradores sobre las terrazas de arroz. Junto a la puerta del mirador, una mujer sentada en un taburete, y su hija de tres años. Pasamos por delante, y la niña nos empieza a seguir. Sostiene un huevo duro en la mano. Se planta delante de nosotros y nos pide 5 yuanes. Le decimos que no, y seguimos andando. La niña insiste, nos estira de la ropa, intenta ponerlo en el bolsillo de la chaqueta de Cris, repite sin cesar “5 yuan, 5 yuan”. Tenemos que ir con cuidado de no caer encima suyo o hacerle daño. Al cabo de unos 100 metros, desiste y vuelve con su madre, que sentada a la sombra observa las habilidades comerciales de su joven empleada.

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