Colonizadores modernos

Una de las imágenes icónicas de Laos es la de los monjes vestidos con túnicas naranjas, paseando por las calles para recoger el arroz que la gente les entrega como ofrenda cada mañana, con la salida del sol, en un bello ritual de estrictos protocolos.

Los turistas acuden a Luang Prabang, ciudad de calles escenográficas, para conseguir su fotografía. Los monjes se han quejado a las autoridades, porque los turistas no respetan nada, y han convertido la sagrada tradición en un circo humillante. El gobierno comunista ha amenazado a los monjes con retirarles el permiso para realizar el ritual, y en su lugar colocar a unos figurantes que no protesten y se dejen fotografiar, continuando el lucrativo negocio turístico.

Nosotros nos levantamos a las cinco de la mañana, y vamos con los padres de Kham al lugar donde suelen realizar sus ofrendas: una calle cercana a un pequeño templo, a las afueras de Luang Prabang, donde somos los únicos turistas. La noche anterior, la madre estuvo preparando el arroz pegajoso. De la máxima calidad, nos aseguran orgullosos. Los monjes tienen prohibido pedir limosna, o trabajar a cambio de una recompensa. Para el que da, la ceremonia es una manera de conectar con lo que significa el monje, es decir con Buda. Dar es el primer paso en el camino hacia el nirvana. Es un concepto diferente a la caridad cristiana, ligada al sacrificio. Jesucristo llegó a dar su vida para salvar al hombre. Aquí nadie se sacrifica ni se salva. Es un acto espiritual de conexión con los demás y con la propia naturaleza, y cada uno aprende lo que tenga que aprender.

Llegamos al lugar. Colocamos una estera en el suelo, y nos sentamos de rodillas. Un par de viejecitas saludan a la familia, y se sientan junto a nosotros. Vienen cada día a las séis de la mañana, sin excepción. Les ofrecen arroz a los monjes, pero también otros platos que preparan especialmente, pues está mal visto ofrecerles las sobras. Nos preparamos, sentados sobre nuestras rodillas, cada uno con un pequeño canasto de arroz. Kham, además, saca unos cuantos billetes de poco valor, para entregarlos al monje más viejo de cada grupo. “Tenéis que dar una bolita pequeña de arroz a cada monje. Si no, se os acabará enseguida”.

Esperamos expectantes. Aparece por la esquina el primer grupo de monjes, con sus túnicas naranjas, descalzos, la cabeza rapada. Ordenados por edad desde los cincuenta hasta los diez años, aproximadamente. La gente se prepara, la espalda erguida, el canasto de arroz en las manos. Los monjes van pasando en silencio, inclinando ligeramente su canasto, que poco a poco se va llenando de arroz, comida y billetes. Se aguanta el arroz con la mano izquierda, y con la derecha se coge un poco y se deposita en el canasto del monje. Hay que ser rápido y hábil, porque pasan a velocidad constante, como un tren en que ninguno de los vagones puede detenerse. Después, los monjes se detienen unos metros más allá, y hacen unos rezos. Nosotros colocamos el arroz detrás nuestro, y regamos el suelo con una botellita de agua, como ofrenda a la tierra. Y vuelta a empezar, con otro grupo de monjes que ya se acerca.

Unos días más tarde realizaremos la misma ceremonia, pero en mitad de un ambiente festivo, para celebrar alguna fecha cuyo significado he olvidado. Iremos a gran un templo repleto de gente sentada en el gran patio, con sus ofrendas a punto. Además del tradicional arroz, traen bandejas repletas de fruta y comida cocinada, comida empaquetada, galletas, golosinas, dinero. Los cestos de los monjes se llenan rápidamente. Varios niños vestidos de calle acompañan a los monjes, y van vaciando los cestos en grandes bolsas de plástico, para que puedan seguir colmándolos de ofrendas. Cuando la bolsa está llena, el niño la carga a sus espaldas y la guarda en un almacén del templo. Son niños pobres que hoy trabajan a cambio de una parte de las ofrendas recolectadas.

Pero esta mañana todo es paz y sosiego. Al terminar el ritual, nos despedimos de las viejecitas, que a través de Kham se han interesado por nuestro país de origen y profesiones. Decidimos caminar hasta Luang Prabang, a una hora a pie del lugar. Pasamos por varios talleres de telas y de papel, donde sólo trabajan mujeres. Algunas parcelas contienen poco más que barracas de cemento y madera, con las gallinas y los cerdos campando a sus anchas. Otras las ocupan chalets nuevos de dos plantas rodeados de jardines donde cantan los pájaros. Antes podías hacerte una casa por diez mil dólares. Los campesinos, que nunca habían podido ni imaginar una cantidad tal de dinero, se vendieron las tierras, y se marcharon a otro lado. Ahora las casas de Luang Prabang y los alrededores, reconstruídas por extranjeros, se venden por varios cientos de miles de dólares. Dentro de poco, no quedará ningún laotiano en la ciudad más bonita de Laos. Me pregunto si los que siguen en sus barracas son rebeldes o ignorantes.

El camino termina en el río, y bajamos por entre la maleza hasta llegar a una cabaña que habíamos tomado por embarcadero. Un gran lagarto toma el sol en la terraza. Parece ser que a esta hora no hay barcas para cruzar el río, así que damos la vuelta y caminamos hasta uno de los puentes principales de entrada a la ciudad, de dos sentidos, y sólo para motocicletas y peatones.

Visitamos un templo solitario, en lo alto de una montaña. Un buda dorado sonríe contemplativo, estirado sobre un banco de piedra, como si acabara de fumarse un porro. Otro luce una gran barriga, con sus raquíticos discípulos sentados alrededor. Entramos en una cueva alumbrada por tres velas colocadas alrededor de la escultura de un yogui en la posición del lotus, flaco y barbudo como Jesucristo. Alguien ha dejado unas bolitas de arroz frente a la figura sagrada, y las hormigas trabajan procurando despedazar la masa pegajosa.

Llegamos a la librería de la ciudad. Está cerrada. De las paredes cuelgan varios pósters de organizaciones humanitarias, centradas en la sanidad y en los derechos de los niños. Uno de los carteles muestra a un niño esquelético dentro de la vitrina de un museo, y varios turistas alrededor haciéndole fotos con sus grandes cámaras reflex. Bajo la foto puede leerse “Los niños no son atracciones turísticas. Reflexiona antes de visitar un orfanato”. Al parecer, los orfanatos son lucrativos negocios turísticos. Y es que no hay nada como volver a casa con la foto de un huérfano muerto de hambre.

Por la noche, salimos con Kham y Henri Pierre. Nos llevan a una discoteca tradicional laotiana. Es una sala de fiestas con una veintena de mesas y sofás alrededor. Nos sentamos y pedimos unas cervezas. La camarera está atenta a nuestros vasos, y los va rellenando cada vez que se vacían. Al fondo, un escenario con la orquesta, y una pista de baile. Se baila en grupo y sin tocarse. Se mueven los brazos y las manos delicadamente, y prácticamente no se utilizan las piernas, enfundadas en largas faldas estrechas o pantalones de pinza. Se respira la inocencia festiva de las bodas, la protección de la tradición. Salimos a bailar.

“Ahora nos vamos a la discoteca moderna”. Al cabo de 5 minutos de coche, aparcamos en un descampado y entramos en una especie de nave industrial. Estamos en la típica discoteca occidental, con u DJ pinchando a toda pastilla, lásers, focos y gente, mucha gente. Es otro Luang Prabang, mucho más joven y ordinario, al menos para nosotros, que tenemos la sensación de haber entrado en Razzmataz en Barcelona. Saludamos a algunos amigos de HP, tomamos algunas cervezas.

Al llegar a casa, seguimos la fiesta en el jardín. Nos acabamos las cervezas. HP entra en casa y regresa con un whisky especial que, dice, guardaba para la boda de un amigo. Aparece Deborah, dice que nos ha oído reir, y que no puede dormir. Poco a poco, se anima a beber, y olvida la rigidez de su cuerpo y la corrección de sus palabras. HP va lanzado. Se burla de los laotianos, de su corrupción, de su ignorancia, de sus tradiciones absurdas. Su mujer le contradice y le da la razón a partes iguales. Hablamos de sexo y de budismo. De cómo se mide la pobreza. De los expertos extranjeros. De la corrección política. De lo bueno que está el queso francés y el jamón de jabugo. Cada vez que terminamos el vaso, lo rellenamos de nuevo y brindamos por algo diferente. Fumamos sin descanso.

En un momento dado, HP levanta el vaso y dice “es la primera vez que hacemos esto con unos huéspedes”. No es habitual, ni sano, pasarlo bien con los clientes. Brindamos una vez más. Al día siguiente nos despedimos con resaca, que es una de las mejores formas de despedirse. Al alejarnos con la camioneta miro atrás, y hago una foto del camino de barro que ya habrán asfaltado cuando regresemos.

3 comentarios on Colonizadores modernos

  1. Neus
    8 septiembre, 2016 at 10:40 (1 año ago)

    ¡Ay! Picarón, picarón…

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  2. neus
    6 agosto, 2016 at 12:20 (1 año ago)

    ¡No es habitual pasarlo bien con los clientes, qué piropo!. ¡Felicidades, por el encuentro, por la estancia y por la escritura! Quizá encontreis a HP en Francia, independientemente de la comprobación del asfaltado del camino;-).¡Besossssss!

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    • Pere Rovira
      25 agosto, 2016 at 12:13 (1 año ago)

      Quién sabe… creo que prefiero volverlo a encontrar en Laos, con la carretera sin asfaltar 🙂

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