Cinco en la carretera

Me levanto a las siete de la mañana con una resaca más benévola de lo que me temía. Saco la cabeza entre las cortinas de la habitación, para dar un vistazo al comedor. Al fondo, junto al fuego, la abuela Tuo calienta una sopa. A su lado, una rubia de metro setenta, muy joven y muy blanca.

Cuando voy a quitarme las legañas, se gira y me dice hola. Es Julia, una sueca de diecinueve años que ha llegado a casa de Cay a las cinco de la mañana, después de pasar toda la noche en el autobús desde Hanoi.

Se alegra al ver a alguien con quien hablar. Le explicamos que hoy salimos en viaje en moto por varios pueblos del norte de Vietnam. Dos guías del pueblo nos llevarán a Cristina y a mi en el asiento de atrás. Nos pide permiso para unirse a nuestra expedición. “Mañana es mi cumpleaños, y no quiero pasarlo sola”. Hablamos con los guías, y Julia decide acompañarnos con su propia moto, que alquila en el pueblo. Casi no ha dormido en toda la noche y la carretera es complicada, pero no parece importarle.

El periplo comienza en la oficina de trámites de Ha Hiang, la ciudad más próxima a Thon Tha. Antes de viajar por el norte de Vietnam, es necesario obtener un permiso especial del gobierno. En cualquier momento te lo pueden pedir, y si no lo llevas los hostales no pueden alojarte. Mientras esperamos a que terminen de preparar nuestros papeles, nos tomamos un agua de caña de azúcar en la calle. Después de varios meses viajando sin problemas intestinales, la confianza te conduce a riesgos tan innecesarios como placenteros. Nunca tomes nada en la calle. Exige agua embotellada. No aceptes hielo. Nos saltamos las tres reglas a la vez.

Terminamos las bombas estomacales e iniciamos la ruta. A la cabeza va Cristina en la moto pilotada por Mr Quinn, el líder del grupo. Es un flaco guaperas de cuarenta y tantos largos, fumador compulsivo, con una mirada que oscila demasiado fácilmente entre el cabreo y el cachondeo. Le sigue Julia, una mancha negra con la melena rubia escapando por debajo del casco. Cerramos el grupo Niem (el hijo de Cay) y yo.

De repente, Niem recibe una llamada. Acelera, le dice algo a Mr Quinn y nos separamos del grupo. Avanzamos por un camino de tierra, y después de cinco minutos tomamos otra carretera y llegamos a un edificio en mitad de la nada. Para la moto y nos bajamos. Yo no sé qué pasa, y él no sabe qué decirme, así que simplemente dibuja una sonrisa en su cara de niño, y esperamos. A los dos minutos se abre una puerta y aparece su mujer, Thom, con un impermeable en las manos. Lo dobla y se lo guarda en el equipaje con una ternura infinita. Se miran, y cuando parece que van a darse un beso, él se coloca el casco, me indica que suba a la moto, y arranca. Al cabo de diez minutos nos unimos al resto.

La estampa debe ser graciosa, porque a menudo los conductores nos tocan el claxon y se ríen al adelantarnos. Julia es el principal foco de atención. En una parada del viaje visitamos uno de los monumentos más famosos de Vietnam, meca de los patriotas. En lo alto de una colina, una bandera gigante del país ondea sobre un gran mirador desde el que se puede divisar China. Un grupo de vietnamitas, al vernos, deja de hacer fotos del paisaje y le pide a Julia que pose con ellos. Se hacen una docena de fotos. En los pueblos, nos paran en diferentes ocasiones, o directamente se ponen junto a ella, levantan el móvil, y toman una foto. Una noche, un tipo se hace dos selfies con ella y le estampa un ruidoso beso en la mejilla.

Vietnamitas y sueca

Un grupo de vietnamitas nos pide que les hagamos una foto con Julia, la sueca que nos acompaña en nuestro periplo por el norte de Vietnam

Foto con la sueca

En los pueblos, no pueden evitar la tentación de pedirle un selfie. Es la primera vez que ven una rubia tan rubia.

El primer día recorremos 170 kilómetros hasta Dong Van, efectuando varias paradas por el camino en pueblos pintorescos y miradores espectaculares. Estamos en la zona más al norte de Vietnam, fronteriza con China, que comienza detrás de las montañas que nos acompañan a lo largo del camino. La carretera está repleta de curvas y el asfalto es irregular, a menudo inexistente. Como la gente no tiene dinero para comprarse un coche, prácticamente no vemos ninguno. Vietnam es un buen lugar para viajar en moto.

Paisaje de Ha Hiang

El paisaje es espectacular. Terrazas de arroz, campos de maíz, pequeños pueblos entre las montañas que separan Vietnam de China.

Foto de los motoristas

Nos paramos tantas veces a admirar el paisaje, que ya no nos quitamos el casco.

En Dong Van, nos alojamos en la posada de unos amigos de Mr. Quinn, de la etnia Hmong. En la calle, varios hombres están montando una gran carpa. Va llegando gente, que trae sillas, mesas, comida, bebidas. Se sientan y comen algo. Ríen, hablan, hacen ruido. Uno va muy borracho, y casi se mata al intentar subirse a un árbol. De vez en cuando, de la casa que tenemos delante salen una especie de llantos que me recuerdan a los cantos del flamenco. Pregunto qué está sucediendo, y Mr Quinn me explica que ha muerto un hombre en la familia de la casa de enfrente. Durante tres días, celebrarán fiestas y rituales en su honor.

Entramos en la posada. En el piso de abajo duerme la familia: padre, madre, hijos, en tres camas contiguas, sin separación. La privacidad y los objetos personales son conceptos raros para el habitante de las comunidades rurales de Vietnam, donde el espacio y las pertenencias se suelen compartir. No hay armarios para guardar las cosas de uno, se duerme en una misma estancia.

En el piso de arriba nos instalamos los huéspedes, en colchonetas bastante incómodas. Las sábanas y las mantas no se han lavado en bastante tiempo. La mosquitera tiene un tacto mugriento, e intentamos sujetarla de modo que no caiga sobre nuestra cara. El lugar está tan sucio que nos metemos en la cama totalmente cubiertos de ropa a pesar del calor. Desde hace un par de semanas, los tobillos nos pican a rabiar, y no nos apetece alargar la tortura con un nuevo banquete en honor de los chinches.

A las tres de la mañana, nos despierta la música, los cánticos y los gritos de la calle. No sé si logran despertar al muerto, pero yo no pego ojo.

5 comentarios on Cinco en la carretera

  1. neus
    26 mayo, 2016 at 07:43 (2 años ago)

    Pues aquí va el comentario para haceros felices. Leer es viajar con vosostros . Muy interesante la vida comunitaria en las zonas rurales de Vietnam. Muy hermosa la apreciación sobre el flamenco. Imagino el impacto de la acompañante sueca Uauuu!! ¡¡¡ Ya at home!!! ¡¡¡Bienvenidos y besos dobles!!!

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    • Pere Rovira
      2 junio, 2016 at 17:25 (2 años ago)

      Todo un mundo. Gracias por seguir comentando y haciéndonos felices 🙂

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  2. pere rovira
    19 mayo, 2016 at 14:37 (2 años ago)

    Hola Miguel! Gracias por pasarte por aquí y dejar un comentario. Seguro que en algún momento, podremos tomarnos esas cervezas que dices. Abrazos!

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  3. Miguel Orense
    19 mayo, 2016 at 13:55 (2 años ago)

    Un abrazo a los dos, espero coincidir con vosotros pronto y que estas historias tan bien contadas en vuestro blog tomen vida entre cerveza y cerveza.

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    • Pere Rovira
      2 junio, 2016 at 17:24 (2 años ago)

      Hola Miguel! Gracias por pasarte por aquí y dejar un comentario. Seguro que en algún momento, podremos tomarnos esas cervezas que dices. Abrazos!

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