Central Otago Railway

El tren para en una estación a diez kilómetros del pueblo más cercano, Middlemarch. En el andén de tierra nos espera una mujer de unos sesenta años. Nos ayuda a colocar las mochilas en la parte trasera de su furgoneta pick up. Por la camiseta sin mangas asoman unos brazos anchos y fuertes, salteados de pecas como lentejas.

Es una mujer robusta, sin adornos, segura de su lugar en el mundo. Un mentón anguloso sostiene su cara, y tiene la piel rugosa y la voz ronca de los fumadores de largo recorrido. El pelo blanco en punta completa un collage extrañamente atractivo.

En mitad de un camino de tierra, nos paramos para dejar pasar a un rebaño de ovejas. Nuestra conductora saluda al pastor lanzando un par de enérgicos gritos desde la camioneta y haciendo sonar el claxon. El pastor levanta su bastón en señal de respuesta, del mismo modo que lo haría un payés de Vietnam o un jubilado de Tarragona. El saludo con bastón es un gesto universal que a mí me recuerda a mi abuelo. Solía levantarlo para detener a los coches en los pasos de peatones de la ciudad, poco respetuosa con sus ovejas más frágiles.

Hemos reservado un viaje en bicicleta por la Central Otago Railway, una antigua línea de ferrocarril reconvertida en vía verde. Llegaremos a pueblos remotos de un puñado de habitantes, atravesando paisajes de ensueño que mucha gente descubrió en la serie cinematográfica de El Señor de los Anillos. Nosotros los recorreremos ahora por primera vez. La ruta puede hacerse en dos o tres días, pero hemos decidido realizarla en cinco.

Una empresa se encarga de alquilarnos las bicicletas, reservar los alojamientos y transportar nuestras maletas a cada lugar del camino en que paremos a dormir. Antes de darnos las indicaciones, nos sirven un excelente café con leche, digno de los mejores baristas. Acto seguido, el dueño nos explica el funcionamiento de la bicicleta, de las bolsas laterales para almacenaje, de los impermeables protectores para las piernas y del cuentakilómetros digital.

“Os he dado bicicletas mejores por el mismo precio. Las he diseñado yo mismo pensando en las características de esta ruta. Son una pasada. Queremos que tengáis un viaje maravilloso, y que nos dejéis un comentario en TripAdvisor, que acabamos de comenzar y no es fácil.” Lo dice con una bondad, con una franqueza que casi emociona. Dave es un fanático de las bicicletas, a las que ha dedicado la mayor parte de sus últimos veinticinco años de vida. Ha sido corredor, mecánico, ganadero. Su mujer, Pip, se encarga de planificar y facturar, y antes de unirse a la empresa de su marido trabajó en el campo. En Middlemarch vives de las ovejas o del turismo.

Dave nos pregunta cuál es nuestra prenda de mayor abrigo. Se la enseñamos, y al palpar mi chaqueta tuerce el gesto con la mirada. Entra en un cuartito, sale con una cazadora magnífica, y me la entrega como si fuera mi padre: “A primera hora de la mañana y al caer la tarde pasarías frío con lo que llevas, porque no te protegería del viento ni de la lluvia. Ya me la devolveréis el último día”. Pip aprueba con la cabeza, y nos hace entrega de toda la documentación. Tenemos mapas, un vale para cada uno de los alojamientos, una pequeña guía informativa del recorrido, un listado con teléfonos y direcciones de emergencia.

Probamos las bicicletas en la calle, bajo la afilada mirada de Dave. Quiere asegurarse de que todo está correcto, y nos ha pedido que demos unas vueltas de prueba. En total, hemos pasado una buena hora entre el café, las explicaciones y las comprobaciones. Nos despedimos y partimos pedaleando por la calle central del pueblo, completamente vacía. El matrimonio se queda un rato mirando desde la puerta de su pequeño mundo familiar, como en una película del oeste. Las ruedas ponen en marcha al viento. Hipnóticos remolinos de polvo emergen del asfalto, como por arte de magia.

Al cabo de un par de horas comienza a llover, y nos refugiamos en una pequeña caseta de madera con tan sólo un par de bancos en su interior oscuro. Nos sentamos y comenzamos a comer unos bocadillos. Hace frío, estamos mojados y la comida no es nada especial. Nos quedan dos horas pedaleando por caminos enfangados. A pesar de todos los inconvenientes, no podemos borrar la sonrisa de la cara. Y precisamente por esto, un momento penoso se convierte en un momento memorable, que todavía ahora me hace sonreir.

La primera noche la pasamos en Hyde, un pueblo de menos de 100 habitantes. Nos alojamos en el Otago Central Hotel, recientemente adquirido por una sesentona, que lo regenta y vive en la parte trasera. Se trata de un ancho edificio de una planta al más puro estilo de las películas clásicas del oeste. La fachada está coronada por unos tablones de madera que van de un extremo a otro, en los que están pintadas las letras del nombre del hotel y la localidad. En el porche, una mecedora y varias sillas de mimbre. Junto a la entrada un buzón rojo en el que pone “letters”.

En el salón comedor destacan tres sofás de piel dispuestos en forma de C, con una mesita en medio, al calor de la chimenea. El suelo y las paredes son de madera. Al fondo, una mesa redonda preparada para una cena de tres personas: nosotros y el otro huésped. Es temporada baja. Sobre la chimenea descansan cuatro esculturas de gatos. Una lo representa en cobre, otra en piedra negra, otra al estilo portugués y completa el cuarteto un gallo disecado. Los gallos parecen mirar fijamente un cartel de madera en el que pone en letras pintadas:

“Otago Central Hotel. Con licencia para vender licores fermentados y espirituosos”.

El otro huésped ha puesto a secar su ropa de ciclista en un tendedero metálico blanco con alas, junto a las ventanas del salón. Quería recorrer los 150 kilómetros del camino en un día, pero llovía mucho y ha decidido pasar aquí la noche. Se ha duchado, peinado y perfumado, se ha puesto una camisa de rayas y pantalones de pinzas, y se ha sentado a la mesa dispuesto a mantener una magnífica conversación, al más puro estilo inglés. Es un tipo muy amable, y durante la cena nos planifica una ruta por los mejores lugares de la isla sur de Nueva Zelanda.

Nos advierte que la nueva dueña ha despertado muchas suspicacias en el pueblo. Antes se comía mejor, y el precio de la cena incluía el vino. Ahora te cobra cuatro dólares la copa, y es un tinto mediocre. Dice: “A esta mujer parece que le estorbas, la habitación es muy cara, y al principio ni siquiera me la quería ofrecer. Lo ha hecho como si fuera un favor, por la que está cayendo fuera.“ Al terminar la cena se despide, porque mañana marchará muy temprano. Nosotros nos quedamos leyendo, cada uno en un sofá.

Al cabo de una hora aproximadamente, aparece la dueña, y se sienta en un lado de la chimenea. Es flaca, puro nervio, con cara de loca. Sigue lloviendo a cántaros, y de vez en cuando un relámpago radiografía el salón. Comenzamos una conversación de compromiso, hasta el momento en que por algún motivo le comento a la mujer que estudié física. Entonces sus ojos se abren con el fulgor de un faro. En seguida comienza a explicarme sus teorías sobre la medicina cuántica y la telepatía. Pura palabrería. Intento explicarle que la física cuántica es una disciplina complicada, y que debería leer un buen libro de divulgación para entender primero sus fundamentos conceptuales y filosóficos.

Pero ella no escucha, y sigue en sus trece. Yo tengo ganas de hablar, así que me resisto a dejarme arrollar, y poco a poco voy desmontando todos sus argumentos. Cris nos observa intermitentemente desde el sofá, levantando la vista de su libro, como en las viñetas de Forges. En un momento dado bosteza para indicarme que corte el rollo. En la cama, apagamos la luz y le pregunto a Cris si he hecho bien en empeñarme a desmontar las fantasías de la mujer. La imagino levantándose furiosa en mitad de la noche. Va a la cocina a por un gran cuchillo, y entra en nuestra habitación para asesinarnos.

Pero no sucede nada, y a la mañana siguiente la única venganza que padecemos es la negativa a poner en marcha la máquina de café. “Por dos cafés no me sale a cuenta encender la máquina. Gasta mucha energía, ¿sabéis? Es temporada baja y tengo el café cerrado, no puedo ponerla en marcha sólo por vosotros”. Al cabo de un rato, aparece con dos sobres de café instantáneo en polvo. “Es muy bueno, es americano”. Desayunamos, hacemos las maletas, y al despedirnos la mujer es extremadamente amable, desconcertantemente encantadora.

Después de hacer algunas fotos por el pueblo, decidimos ponernos en ruta. Vuelvo la vista atrás para admirar el Otago Central Hotel por última vez, y veo a la dueña en la ventana del bar, saboreando un magnífico café con leche.

Sonríe, como Cris y como yo.

2 comentarios on Central Otago Railway

  1. Neus
    2 septiembre, 2017 at 07:36 (3 meses ago)

    Las fotos también son hermosas, la del hotel al atardecer, la del buque con los containers… ¡¡ Felicidades al fotógrafo o fotógrafa!!! ¡¡Muchos besos!!

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  2. Neus
    2 septiembre, 2017 at 07:31 (3 meses ago)

    ¡Jejeje! Muy bueno el final, como ya es habitual. La venganza de la hostalera… A C.F.C. le gustaría este final. Sí, son conmovedores Dave y Pip, tan atento él a la mecánica y al frío. Creo que enviastéis unas fotos con las prendas de abrigo. Imagino buen comentario en Tryp advisor !! Muy hermoso también el relato de la parada en la cabaña con dos bocadilos, dos tablones de madera, lloviendo y felices. La felicidad consiste a veces en una mirada, en una llamada, en un café… Hermosa la descripción de la conductora que saluda al ganadero con el claxón y él levanta el bastón, saludo universal que trae a la memoria la imagen de tu abuelo, tan cerca y tan lejos… Muy entrañable. El ciclista con aire inglés también me ha gustado mucho, ciclista de mañana, lord de noche…,y la imagen de Cris levantando la vista del libro… como en las viñetas de Forges… ¡Viva Nueva Zelanda y sus caminos de hierba…! ¡Una sonrisa, un paraíso! ¡¡Muchos besos!!

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