Caminando por Meo Vac

Recorremos la distancia entre Dong Van y Meo Vac por una de las carreteras más espectaculares de todo el sudeste asiático. Las montañas se multiplican como gigantes dólmenes prehistóricos colocados por un dios caprichoso. El río avanza fantasmagórico al fondo del precipicio, flanqueado por un valle abismal, frontera natural con China. Los caminos se arrugan, sudorosos, por curvas de 180 grados que conducen a pueblos sin nombre.

“En mitad de la noche nos despertaron los misiles chinos. Llegaban hasta aquí desde el otro lado del valle”. Un hombre muy anciano nos explica su tragedia con la normalidad que el tiempo otorga a todas las cosas. Los ojos como canicas de cristal cubiertas de polvo. Le tiemblan tanto las manos esqueléticas, que temo que se le vayan a romper en pedazos de un momento a otro. Vive en un pueblo destartalado del que parece ser el único habitante. Nos ha invitado a su casa a tomar té, y con la ayuda de nuestros conductores hemos podido conversar un rato.

Llegamos a Meo Vac todavía de día, y decidimos dar una vuelta antes de cenar. Es un pueblo feo y sin nada para visitar, y por eso mismo me gusta pasear por sus calles y tomar fotos. Un hombre está subido a un autobús, intentando asegurar las cajas y maletas de los pasajeros. Lo hace con la característica incapacidad de los asiáticos para percibir el peligro. Los vietnamitas, además, son tan flacos, y tan ágiles, que parece que nunca les pueda suceder nada malo.

Escena callejera

Típica escena callejera en Meo Vac, un pequeño pueblo del norte de Vietnam

Junto al autobús pasa otro hombre montado en un triciclo, arrastrando un remolque repleto de pollos. Va tan lento, que no necesita pararse para charlar con un amigo que se cruza en su camino. Cinco casas más allá, dos obreros cubren de baldosas la fachada de una casa a medio construir. Frente a la casa, un montón de escombros en el que alguien ha plantado la bandera comunista.

Bandera entre escombros

Frente a la casa, un montón de escombros en el que alguien ha plantado la bandera comunista

Una moto se detiene delante de un café, pega un grito y el dueño aparece con una bombona de gasolina sobre ruedas. De las paredes del café cuelgan cientos de bolsas de chucherías, patatas y frutos secos. Al otro lado de la calle arenosa, un retrato de Ho Chi Mihn flanqueado por la arquetípica imagen del pueblo de la propaganda socialista. Una estudiante con un ramo de flores y un libro, un obrero con un mono azul y un caso naranja, una campesina cargando arroz, dos militares de verde, una niña de rosa. Todos sonríen sobre un fondo rojo con la hoz y el martillo amarillos en una esquina. Tienen la piel de un marrón casi blanco. Están cara al sol, porque las viseras de los soldados proyectan una ligera sombra sobre sus frentes planas. Los rasgos de cada personaje son tan similares, que parecen haber nacido todos de un mismo patrón. El único diferente es Ho Chi Mihn.

Bombona sobre ruedas

Típico artilugio empleado para poner gasolina, sobre ruedas. Lo usan en casi todos los cafés de pueblo y tiendecitas de carretera.

Cartel con propaganda comunista

Típico cartel con propaganda del partido comunista (suponemos)

Me fijo en una pared frente a la que forman en perfecta fila las pantallas y tubos catódicos de 20 televisiones. Junto a los televisores, los restos de un arbol agonizante, y a la izquierda un tendedor de ropa circular y varias camisetas secándose, con dibujos de osos y estampados florales. Del cable de la luz cuelga una jaula cubierta con un paño rojo. El conjunto es tan improbable que resulta agradable en su decrepitud vitalista. El ying y el yang.

Nos asomamos al interior de una casa. De unas cuerdas que atraviesan toda la estancia cuelgan los fideos como ropa interior recién lavada. Debe ser la fábrica de fideos de arroz del pueblo. Unas mujeres nos invitan a entrar y tomar fotos. Como nos sucede a menudo, lamentamos no poder hablar su lengua, porque parecen querenos explicar muchas cosas.

Fideos de arroz secándose

Nos asomamos a la entrada de una casa en donde están secando fideos de arroz.

Llegamos a un descampado con unas carpas rudimentarias de color azul. Bajo las carpas se ha instalado un vendedor de neveras. Tiene en exposición varias docenas de neveras, cuyo moderno diseño y brillante pintura gris metalizada contrasta con el suelo de arena y palés sobre el que descansan. Un poco más allá, vemos una motocicleta aparcada sobre la que lucen unos cincuenta pares de sandalias negras de goma. En la parte delantera de la moto, un altavoz escupe sin pausa una cantinela comercial que seguramente resalta las virtudes de la mercancía.

Puesto de neveras

Puesto de venta de neveras improvisado bajo unas carpas en un descampado.

Venta de sandalias

Puesto de venta de sandalias móvil. Un altavoz repite sin cesar una cantinela comercial.

7 comentarios on Caminando por Meo Vac

  1. Neus
    30 mayo, 2016 at 18:53 (2 años ago)

    … apreciando el mundo a través del blog…

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  2. Neus
    30 mayo, 2016 at 18:45 (2 años ago)

    Me sumo al comentario de Ana, feliz de leeros y de leerla. ¡Insólito Meo Vac!¡Continuamos apreciando el mundoa travé del blog! ¡Muchos besos!

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    • Pere Rovira
      2 junio, 2016 at 17:23 (2 años ago)

      Gracias!

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  3. A.Ramspott
    28 mayo, 2016 at 20:20 (2 años ago)

    Feliz de poder seguiros a través de una deliciosa lectura

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    • pere rovira
      30 mayo, 2016 at 08:11 (2 años ago)

      ¡Muchas gracias! Nos alegra que te guste. Aunque ya estamos de vuelta, todavía nos quedan muchas cosas por explicar en el blog, esperamos que sigas leyéndonos.

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      • Ana Ramspott
        31 mayo, 2016 at 08:19 (2 años ago)

        Eso hago, aunque no con la frecuencia que quisiera. Ya sé que estáis de vu elta, pero la escritura permanece

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        • Pere Rovira
          2 junio, 2016 at 17:23 (2 años ago)

          Yo también voy escribiendo lentamente 🙂

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