Cambios

Por la mañana salimos hacia el pueblo de Kham, en el campo, a dos horas de Luang Prabang. Viajamos en un camioneta adaptada, con dos filas de asientos en la parte trasera, y una lona a modo de techo.

Frente a nosotros van sentados Dave y Deborah, un matrimonio australiano de cuarenta y pocos, y su hija Ruby de trece años. En la otra fila de asientos vamos Kham y su hija de dos años, Cris y yo. En la parte delantera del camión viajan los padres de Kham. Pasaremos dos días y una noche en el pueblo.

La familia australiana está realizando una ruta de cuatro meses por el sudeste asiático. Dave se quedó sin trabajo, y decidieron invertir el dinero de la indemnización en este viaje. El cambio de aires debe servirle para “reinventarse a sí mismo”, una frase que repite a menudo su mujer, mirándole con los ojos abiertos como platos. Pero él parece más preocupado por probar cualquier tipo de comida que encontramos en el camino, en especial los dulces. Ella es celebrante, es decir, se dedica a celebrar todo tipo de ceremonias: bodas, entierros, entradas en la pubertad, bautizos. La hija tiene pinta de superdotada, y prácticamente no habla, pero escribe un blog del viaje muy entretenido.

Paramos para comprar comida en un mercadillo de la carretera. Los australianos compran muchas frutas y varios tipos pasteles de arroz, coco y cacauete envueltos en hojas de plátano. Entregan un billete de 50,000 kip para pagar un total de 41,000 kip. La dependienta tiene que pasar por tres puestos diferentes antes de reunir los 9000 kip del cambio, que equivalen a un euro. En un puesto cercano al mercadillo, el padre de Kham compra un ticket para poder circular por la carretera. Reiniciamos la ruta. Al cabo de unos diez kilómetros, paramos junto a una caseta de madera y techo de uralita, bajo la cuál descansan dos funcionarios a la sombra. El padre baja de la camioneta, se sienta un rato a charlar con los funcionarios. Les entrega el ticket, y tres mazorcas de maíz cocinadas al vapor que había comprado en el mercadillo.

Kham se marchó del pueblo a los dieciséis años, para trabajar y estudiar en Luang Prabang. Al principio pasó mucho miedo. Nunca había visto una moto. No se atrevía a caminar por la calle. Se perdía, porque su cerebro no era capaz de retener tantos nombres. Ahora sólo visita el pueblo para hacer negocio con los turistas y, de paso, para que los abuelos jueguen con la nieta.

Tomamos una carretera secundaria, y al poco rato llegamos a un camino de tierra muy empinado. Al final del camino, el río. Aparcamos, bajamos de la camioneta, y esperamos a que venga a recogernos una canoa muy larga y muy estrecha, típica del lugar, con el ancho justo para una sóla persona. Navegamos unos diez minutos por el río, y desembarcamos al otro lado. Nos quitamos los zapatos, y caminamos por un lodazal hasta llegar a un camino de tierra que nos conduce al pueblo a través de un kilómetro de selva. Caemos en la cuenta de que no nos hemos puesto repelente de mosquitos.

Entramos en el pueblo como los protagonistas de un western. La gente nos mira desde los porches de sus casas. Algunos niños dicen un tímido “hello” y se esconden detrás de una puerta. Es el pueblo más pobre que hemos visto hasta la fecha. Del camino principal de tierra y barro salen varias arterias que avanzan entre la vegetación y las casas dispuestas sin ningún tipo de orden. Algunas están hechas de madera y hojas de palmera. Otras, cada vez más, están hechas de cemento, en parte o en su totalidad. “Las casas tradicionales son mucho más frescas, en las de cemento hace mucho calor, y tienes que gastar en ventiladores y electricidad.”. Pregunto por qué, entonces, se utiliza el cemento, que además de menos ventajoso para el lugar, es más caro y muy feo. “Porque da categoría.”

La casa de la familia de Kham, como buenos nuevos ricos, es de cemento color de rosa. El interior es muy sencillo. Una estancia en la que nos informan que dormiremos todos en el suelo, bajo unas telas mosquiteras atadas en clavos en las paredes, de las que no cuelga nada excepto un viejo calendario. La cocina, con el fuego en el suelo y unas palanganas para lavar los platos. El baño, un agujero en el suelo. La ducha, una habitación con un gran depósito de agua de cemento, y un cubo para coger agua y echártela por el cuerpo. En el porche de la casa, una mesa y séis taburetes. Frente a la casa, cuatro columnas de madera y un tejado de uralita, bajo el cuál han colocado algunas sillas, una hamaca y una mesa sobre la que hay expuestas varias piñas a la venta.

barraca multiusos

Descansamos bajo el techo de uralita, junto a la tiendecita de piñas.

Kham nos indica que descansemos bajo la sombra, y desaparece. Son las diez de la mañana. Una mujer cose. Varios niños corretean por alrededor, y juegan con la hamaca. Dos hombres duermen estirados en una plataforma de madera, con la barriga sobresaliendo por debajo de la camiseta. Unos viejos observan sentados en la casa de enfrente, fumando un cigarrillo. Una vieja juega con la hija de Kham, consintiendo todo lo que la niña le ordena. Nadie va ni regresa de trabajar. Sólo en una ocasión durante las tres horas que pasamos tirados, se acerca una mujer y compra una piña. 10 céntimos.

la hija de kham y una vieja

Dos generaciones. La hija de Kham juega con una anciana del lugar.

Nos llaman a la mesa para comer. Cerdo rebozado con lemongrass, verduras al vapor, rollitos de primavera, buey. Dos boles de salsa picante a base de chile fresco. La comida ocupa toda la mesa, pero es algo escasa porque nos hemos sentado muchos a comer, y porque está deliciosa. Procuro hartarme a base de arroz pegajoso, que así se llama. Se cocina de modo que los granos forman una gran masa pegajosa, pero conservan su individualidad y tacto firme. Lo sirven en dos grandes canastos de bambú. Se coge un poco de arroz con la mano para hacer una bola con los dedos. Se acerca la bola de arroz a un plato de comida, se coge un poco, y se lleva el conjunto a la boca. Se come, en resumen, con las manos. Sin platos ni cubiertos, excepto una cucharilla para la sopa, que se toma de una olla común.

comida alrededor de una mesa

Comemos todos juntos alrededor de la misma mesa, con las manos.

Por la tarde salimos a pasear. Kham nos lleva primero a la escuela. Un cartel a la entrada indica que se construyó en el año 98, con un presupuesto total de 40,207 dólares y 9,280,000 kips financiado por tres fuentes. Primero, la organización internacional World Vision aportó 40,207 dólares. Segundo, el gobierno aportó 7,000,000 de kips. Tercero, el pueblo aportó 2,280,000 kips. Desconozco si desglosar las fuentes de financiación utilizando divisas diferentes responde a algún objetivo. Pero el caso es que, en dólares, el pueblo aportó 277 y el gobierno 850, el 0,7% y el 2% respectivamente del presupuesto total.

Las aulas están llenas de polvo y las paredes sucias. Amontonados junto a la puerta de entrada, cuatro pupitres y dos sillas. Una pizarra vacía, un mapa mundi, un mapa del país medio caído, un par de pósters en laotiano. Sobre las ventanas, cartelitos bilingues en inglés y laotiano: brother, sister, parents. Un armario y un par de pupitres más al fondo del aula. Le pregunto a Kham si la escuela está en funcionamiento. “Sí, pero el profesor no viene, porque no le pagan”.

el colegio del pueblo

El colegio del pueblo. El profesor no da clase porque no le pagan.

Seguimos caminando hasta llegar a los campos de arroz. Kham respira profundo, nos mira con los ojos brillantes y exclama “¡cuánto los echo de menos!”. El olor y la luz tranquila de los campos verdes al atardecer. Yo también los echo de menos. Haciendo equilibrios entre los canales de riego, llegamos hasta un cobertizo de madera. Nos estiramos para descansar un rato y contemplar cómo se esconde el sol detrás de las montañas. El momento es tan bello, tan mágico, que hasta el cielo de ruboriza. Kham nos cuenta historias de su infancia, animada por la habilidad de Dave para hacerla sentir en confianza. Parece un hombre capaz de dar confianza a todos excepto a sí mismo.

Por la noche bebemos licor de arroz y Dave toca el didgeridoo, una especie de trompeta muy alargada que emite un sonido monótonamente hipnótico. Atraídas por la ancestral música, varias personas del pueblo se acercan al porche de casa, y se sientan alrededor. El australiano está en su salsa, y comienza a relatar las propiedades mágicas del instrumento, utilizado por sabios brujos aborígenes. El ambiente no puede ser más propicio. Pregunta si alguien tiene algún dolor que necesite ser curado. El padre de Kham se ofrece como voluntario, le duele la espalda. Dave apunta con el didgeridoo a sus riñones, y comienza a tocar. El otro, miedoso, sonríe al sentir el cosquilleo del aire saliendo por el instrumento.

tocando el didgeridoo

El didgeridoo tiene propiedades mágicas. El padre de Kham prueba con su dolor de espalda.

Yo los miro desde unos metros de distancia, fumando un cigarrillo en un banco de madera. De la oscuridad aparece un chico de unos 16 años, y se sienta a mi lado. Habla un poco de inglés, suficiente para explicarme que es del Real Madrid y que su jugador favorito es Cristiano Ronaldo. Me explica que ha aprendido inglés en un templo cercano a Luang Prabang. Es obligatorio pasar como mínimo una semana en algún templo antes de los 25 años. Se aprenden las normas budistas de comportamiento. Uno puede quedarse más tiempo, y aprender un oficio, o un idioma. Le pregunto qué tal es la vida en el pueblo. Me contesta que no hay nada que hacer para los jóvenes. En cuanto pueda, volverá al templo, aprenderá un oficio, y ganará suficiente dinero para vivir en la ciudad.

Nos levantamos temprano para ir a pescar. El pescador va de pie en la parte frontal de una barca tan estrecha y enclenque que incluso sentado temo caerme. Nos acercamos a unas cañas, y atamos un extremo de la red. Entonces dejamos caer la red por el río, durante unos cien metros, y atamos el otro extremo a otra caña de la ribera. El pescador agarra un palo alargado, y comienza a golpear el agua violentamente, dibujando arcos de agua en el aire. De este modo, los peces se asustan y se mueven alborotados. Algunos quedan atrapados en la red. Al cabo de unos minutos golpeando el agua, el pescador recoge la red lentamente. Dos pececillos han caído en la trampa.

Repetimos la operación unas cuantas veces, durante unas tres horas. Acabamos pescando media docena de pececillos. Pregunto si es posible vivir de la pesca, visto lo visto. Me explican que antes sí lo era, pero ahora hay muy pocos peces. Es simplemente una actividad más, sobre todo cuando no hay trabajo en los campos de arroz. Se pasa el rato, y se consigue algo para comer, sin gastar nada. Media docena de pececillos no es poca cosa, comerán hoy toda la familia.

Cuando bajamos de la barca, quedo atrapado en el lodo, que me llega hasta las pantorrillas. No puedo moverme para delante ni para detrás si no quiero caerme y rebozarme de barro. El pescador, delante mío, escucha mis lamentos, se gira y sonríe. Me indica que sólo tengo que caminar, poniéndose a sí mismo como ejemplo. No entiende por qué soy incapaz de avanzar colocando una pierna delante de la otra, alternativamente.

foto de familia

Antes de irnos, nos hacemos una foto todos juntos.

2 comentarios on Cambios

  1. neus
    6 agosto, 2016 at 12:06 (1 año ago)

    Muchos elementos, de nuevo, la familia de Kham, la familia australiana, las leyendas aborígenes, la música, la forma de vida del pueblo y sus casas, la escuela sin profesor por un motivo tan común, los campos de arroz, el olor del atardecer, el rubor de la puesta de sol… Tanta belleza impide salir del barro… Adelante queridos viajeros. ¡Besos dobles!

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    • Pere Rovira
      25 agosto, 2016 at 12:13 (1 año ago)

      Uno de los momentos más intensos de todo el viaje…

      Responder

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