Callejero japonés

Ante un semáforo en rojo, los japoneses parece que se quedan como meditando, la espalda erguida y la mirada al frente, en perfecto ángulo recto con el suelo, con la gente, con el mundo. Contemplarlos esperar a que el semáforo cambie a verde es un verdadero espectáculo, y explica buena parte de lo que son, y lo que no son, estos isleños de ojos rasgados.

El semáfaro cambia a verde y cruzamos con la masa. Al otro lado nos espera Takeo, un japonés de 76 años que sube las escaleras de dos en dos, las pantorrillas musculadas, el cuerpo flacucho, la cara alegre. Entretiene sus horas de jubilado trabajando como guía voluntario y coordinador de la organización que él mismo fundó, Shinagawa SGG. Se trata de una empresa sin ánimo de lucro que facilita guías locales gratuitos para los turistas extranjeros que visitan la ciudad de Tokyo. Nuestro guía obtuvo su licencia oficial hace 50 años, cuando menos del 3% de los que la solicitaban lograban aprobar el estricto examen del gobierno.

Cogemos el metro y nos dirigimos al mercado de pescado Tsukiji, que como no podía ser de otra manera en esta ciudad, es el más grande del mundo. El tamaño del lugar impresiona, pero para comprar pescado y marisco me quedo con la Boquería de Barcelona. Los turistas, sin embargo, parecen tener una debilidad por hacer fotos de hombres despedazando atunes con grandes cuchillos. La mayor parte de los atunes, sin embargo, llegan congelados y se cortan con cuchillos eléctricos.

La mayor parte del atún llega congelado desde diferentes partes del mundo

La mayor parte del atún llega congelado desde diferentes partes del mundo

Hace unos años era posible comer el mejor pescado crudo cerca del mercado. Algunos restaurantes todavía conservan recortes de periódico señalándolos como el mejor restaurante de sushi del mundo. Sin embargo, paradójicamente, si un restaurante llega a ser el mejor, al poco tiempo deja de serlo. El pescado de gran calidad sólo se consigue en pequeñas cantidades. Un sitio popular, para satisfacer el incremento de la demanda, necesariamente se ve obligado a reducir la calidad de su producto.

Es la paradoja cuántica del turista: cuando un lugar es reconocido por su singularidad pierde sus cualidades. No es posible observar sin alterar lo observado. Los turistas, con sus prisas, siempre llegan tarde a todo. Con la velocidad de internet, todavía llegan más tarde.

Mientras desayunamos pescado crudo, conversamos con Takeo acerca de nuestro antiguo trabajo. Aunque su profesión era la de profesor de inglés, reflexiona lúcidamente sobre el oficio de analista digital. Nos habla del Kaizen, la filosofía de trabajo detrás de algunas de las empresas japonesas de mayor éxito, consistente en la mejora continua de los procesos (el caracter “kai” significa cambio, y el caracter “zen” significa mejor – unidos forman algo así como “cambio a mejor”). Nos explica que sólo es posible lograr los objetivos del analista si se implica a los trabajadores desde abajo, pero con una total implicación de los jefes.

Después pasa a hablarnos de cómo ha aprendido sobre servidores y lenguajes web para lograr montar la web de su organización, que mantiene desde un viejo ordenador en su casa. Pienso en mi abuelo al contemplar a este hombre adorable, vital, rotundo. Fruto de un extraño equilibrio entre lo sencillo y lo complejo, entre el egoismo y la generosidad, entre el comercio y el aprecio.

Takeo, el mejor guía de Tokyo

Takeo es el mejor guía que podíamos tener para Tokyo. Curiosamente, al acabar el tour nos dijo que Tokyo no le gusta demasiado.

En esta vuelta al mundo, más allá de ciudades, pueblos y gentes, voy viajando por los rincones de mi memoria. A menudo me sorprendo, sentado en un tren regional con magníficas vistas de paisajes remotos, recordando lugares, personas, episodios de mi vida sin ningún orden aparente. La lista es muy larga (cuando no se cogen aviones hay muchos tiempos muertos, es decir, vivos) y no es este el momento para desarrollarla. Pero considero oportuno mencionar esta cara del viaje, quizá la diferencia fundamental entre ser un turista y un viajero.

Seguimos con Takeo. Le preguntamos por qué no cobran nada por sus servicios. Nos explica que las transacciones basadas en dinero terminan con el pago. “Sin embargo, cuando haces algo de manera altruista, parece dejar un buen recuerdo en las dos partes. El hecho de no cobrar crea una relación más amistosa con el guía, y a la larga esto proporciona mayor satisfacción que el dinero. Conocer a gente de todo el mundo es una experiencia muy enriquecedora. El hombre no puede vivir sólo de dinero.”

Nos cuenta una historia a modo de ejemplo. “Este año voy a ir a Cleveland. Mi tío emigró a los Estados Unidos muy joven. Trabajó tanto que a los 24 años murió de agotamiento. Cuando supe de su historia, me puse a investigar. Nadie en la familia ha querido saber gran cosa de su vida en América. Hace un tiempo, hice de guía para unos clientes estadounidenses. El mes pasado me escribieron diciendo que habían contactado con alguien en Cleveland que asegura haber conocido a mi tío. Así que junto a un familiar nos vamos para allí este verano.”

Después del mercado, Takeo nos lleva por algunos de los barrios centrales de Tokyo. Aprovecho para preguntarle por cómo funcionan las direcciones en la ciudad. “En Japón las calles no tienen nombre. Son meramente el espacio vacío entre manzanas de casas. Una dirección se compone de tres números: el primero es el distrito, el segundo la manzana y el tercero el número del edificio dentro de la manzana”. Le contesto que sigo sin entender cómo llegar a un lugar concreto. Las numeración de los distritos, manzanas y edificios no sigue ninguna regla común, cada barrio la adapta a su manera. “Es cierto”, responde. “Tienes que mirar la dirección en un mapa antes de salir de casa. O bien preguntar a un policía de la zona. Los policías siempre saben indicarte”. Y aunque parece totalmente satisfecho con el sistema, quizá porque me ve poco convencido añade “pero vuestro sistema es mejor”.

Panorámica aérea de Tokyo

No es fácil orientarse en la ciudad de las calles sin nombre

Muchas conversaciones con japoneses sobre sus costumbres terminan así, dándote la razón o cambiando a otro tema. Ser educado, en su visión del mundo, consiste en saber cuándo hay que dejar de preguntar.

Cogemos varios metros, y después un tren elevado conducido por ordenadores, para llegar a una de las zonas más modernas de la ciudad, cuya principal atracción son los centros comerciales y una playa artificial. Visitamos un edificio de exposiciones de Toyota, en donde nos entretenemos viendo los vehículos del futuro: uno que funciona sólo con agua, otro que es un híbrido entre moto y coche.

Pasamos junto a un “cat café”, un lugar donde la gente acude a pasar el rato con un gato. Son muy populares en Japón: te permiten estar con gatos de razas exclusivas, o simplemente disfrutar de la compañía del animal sin la carga de que sea tuyo.

Son las cinco de la tarde, y no podemos más. Takeo camina muy deprisa y no parece cansarse nunca. Le pedimos ir a comer algo, y nos lleva a una izakaya a tomar yakitori, que son pinchos a base de casi cualquier parte del pollo: hígado, piel, muslo, patas, etc. Seguimos hablando de su vida. Nos explica que nació en plena guerra, y sus padres decidieron refugiarse en Nagasaki. “Menuda ironía” añade con una sonrisa en los labios. Pasa el tiempo, y podemos acabar sonriendo incluso al recordar las mayores atrocidades.

Le preguntamos qué es lo que más le gusta de Tokyo. Nos responde que no le gusta Tokyo; prefiere quedarse en su barrio a las afueras, en su casita junto a su mujer. Nos invita a visitarle un día, nuevamente cambiando de tema para no hablar de su país. Maleducados, insistimos en que nos diga algo que le gusta, al fin y al cabo pasa gran parte de su tiempo haciendo de guía. “Me gusta la co-existencia de lo nuevo y lo antiguo en harmonía. Trenes y baños modernos, limpios y eficientes. Serenidad en antiguos jardines y templos rodeados de rascacielos.” Le preguntamos qué es lo que mejoraría. “Por la acera pueden ir bicicletas y peatones, lo cuál puede ser peligroso para los peatones. Y todavía quedan váteres antiguos, para hacerlo en cuclillas”.

Con estas declaraciones damos por terminado nuestro día con Takeo. Antes de despedirnos, nos da un último consejo: “no dejéis de visitar un baño público japonés”. Días más tarde, nos bañamos desnudos junto a varios japoneses, frente a nosotros una maravillosa vista del monte Fuji. Por supuesto, separados por sexos.

El monte Fuji

Bañarse frente al monte Fuji fue una de las mejores experiencias que vivimos en Japón

Me gusta especialmente el concepto de ducharme sentado frente a un espejo. Me pregunto por qué no hemos adoptado este sistema, que hace mucho más sencillo y agradable limpiarse cómodamente todo el cuerpo. En un país en que para saludar a alguien sin ofenderle hay que sacarse un master, me sorprende lo relajado y libre que me siento rodeado de hombres desnudos, con una pequeña toallita empapada sobre su cabeza. A pesar de ser el raro, no me siento observado, y me baño a placer alternando piscinas de agua caliente y helada, de interior y exterior, cerrando los ojos y llegando a un estado parecido al sueño.

Tokyo, curiosa ciudad en que los baños públicos, los templos y las tazas de váter calefactadas son lugares ideales para refugiarse de la locura urbana. Aún así, algunos prefieren perder el tren y comprar los cumplidos de una mujer disfrazada de adolescente.

Un curioso váter japonés

Este es el váter más interesante de Tokyo. Lo encontramos gracias a Arturo, un policía español retirado que fue nuestro primer guía de la noche en Tokyo.

6 comentarios on Callejero japonés

  1. Laura
    3 septiembre, 2015 at 12:21 (2 años ago)

    Está claro que los turistas somos ruido, ruido para el resto. Somos como una distorsión que transforma todo aquello que puede ser maravilloso y único en un entretenimiento vulgar, quizás esa es la verdadera diferencia entre el turista y el viajero, el ruido de sus pisadas.

    Ese vater me parece horrorosamente maravilloso, no se porqué me produce la misma sensación que embobarte frente a la teletienda en una noche de insomnio, una mezcla entre hipnotizante admiración y rechazo.

    Por cierto, eso ya lo habeis experimentado? ¿cómo es ver teletienda de madrugada en Japón?

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    • Pere Rovira
      3 octubre, 2015 at 08:32 (2 años ago)

      Los turistas hacen mucho ruido, sobre todo al hablar 🙂 Pero creo que no llegan a destrozarlo todo, todavía, porque son perezosos. Basta con ir a lugares a los que cuesta llegar, para evitarlos. No se nos ocurrió ver la tele en Japón, la verdad, pero imagino que debe ser un espectáculo socialmente muy interesante 🙂 Gracias por seguir comentando, Laura! 🙂

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  2. Neus
    27 agosto, 2015 at 21:43 (2 años ago)

    Me ha encantado el relato. Qué gran personaje Takeo, me recuerda a Víctor, el esposo d Olga que aparecen en el capítulo Olga y Víctor. Qué estupendas las horas muertas, vivas, el buceo por la memoria…. La mirada transformadora del observador. Genial que cuando intuyen un conflicto callen o cambien de tema. A mi juicio chapeau, a veces puede ser cobardía, otras indica , a mi modo de ver, una mirada más allá… El baño maravilloso, qué hermosura, desnudos ante la belleza… Bueno, no quiero excederme… Arigato, como dirían tus abuelos.

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    • Pere Rovira
      3 octubre, 2015 at 08:28 (2 años ago)

      Es cierto, quizá indica una mirada más allá, no lo había pensado. Seguimos con Japón, después de un mes sin publicaciones. Gracias!

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  3. Oriol
    26 agosto, 2015 at 22:39 (2 años ago)

    No se quina idea del post em fa reflexionar més: la paradoxa quàntica del turista, els temps morts/vius dels trens regionals (es on veus i deixes passar el temps?), el perquè evitar relacions econòmiques, evitar les confrontacions, o…. l’escena d’estar despullat amb la tovalloleta al cap 🙂

    No crec que els veiem amb condelescencia. Crec que ens passa com la seva descripció de Tokyo sobre una coexistència : en un mateix lloc i temps ens agrada, enamora i desitgem el que tenen, el que fan, i sobretot el com ho fan , però al mateix temps, ens fa por el que han viscut, la pressió que la societat els imposa i com es desfuguen, la desalineació amb la humanitat i les seves relacions humanes i professionals tant oposades al tipus més llatí / passional que coneixem de casa.

    El que està cllar és que Estan tallats per un altre patró, els veig com en una realitat paralela tipus fringe. Tot el que es diferent del que coneixem fa por però també atrau.

    Quina pena pensar que la tendencia mundial s acabar sent tots variacions del model Occidental – americà.

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    • Pere Rovira
      3 octubre, 2015 at 08:26 (2 años ago)

      Bones Oriol! Perdona per no haver contestat, però com pots veure hem tingut un Setembre molt poc prolífic al blog. M’encanta la teva reflexió. L’altre dia vàrem conèixer un guia turístic de Sevilla que només treballa a,b japonesos desde fa un temps. Ens va dir que els japonesos són la gent més catxonda i “fiestera”, un cop surten del seu hàbitat de regles i formalismes. Sembla doncs que es produeix aquesta dualitat que comentes. En qualsevol cas, un poble molt interessant, que cal viure com a mínim un cop a la vida.

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