Bernard

Los siguientes días transcurren más deprisa. Promediaremos unas cuatro horas diarias de coche, y una noche por lugar. Un “roadtrip” en toda regla. Durante gran parte del trayecto nos acompañará un austríaco de veinticinco años que está recorriendo Australia a dedo. 

Rubiasco, con gafas. El pelo y la barba cortados como si fuera un explorador del siglo pasado. La piel rojiza de quien frecuenta poco el sol. A ratos, muy hablador. A ratos, tomando notas en su libreta. A ratos, dormido como el niño que todavía recuerda los eternos viajes con sus padres en el asiento de atrás.

No puede creerse la suerte que ha tenido al encontrarnos. Nos hemos parado en un lado de la carretera, hemos bajado la ventanilla:

– ¿Hacia dónde vas?
– Voy hacia la Great Ocean Road.
– Nosotros también estamos viajando en la misma dirección. Luego regresaremos a Melbourne por el interior.
– Yo también voy hacia allí. ¿Puedo unirme a vosotros?
– Claro, pero has de saber que vamos con calma. Nos gusta ir parando a menudo. Tardaremos unos días.
– No puedo creerme la suerte que he tenido. Es justo lo que me gustaría hacer, pero no tengo coche ni dinero. Estoy de vacaciones por Australia tres meses.
– Sube. Yo soy Pere, ella es Cris. ¿Cómo te llamas?
– Bernard.

Cuando hemos parado para recogerle en la carretera, me ha recordado muchísimo a un becario llamado Bernat que trabajó con nosotros. La equivalencia del nombre refuerza la coincidencia. Ha sido como recoger a alguien a quien ya conocíamos. Nos sucede a menudo. Probablemente, es una consecuencia de pasar varios meses viajando. Aprendes a reconocer a los desconocidos.

Pasamos la primera noche en un hostal en Lorne, algo más caro de los que Bernard suele frecuentar. Nosotros dormimos en una cabaña, y él en una habitación compartida. Preparamos la cena juntos. Espaguetis con salsa de tomate, y una botella de vino. Bernard no sabe si tratarme como a su padre o a su colega. Para él soy como una nebulosa, el purgatorio indefinido entre la plenitud y la decadencia. A los veintipocos se mira la vida con un objetivo de alta luminosidad: enfoca rápido pero tiene poca profundidad de campo.

Bernard está a punto de comenzar un Doctorado en Biología, becado por una universidad de Viena. Le quedaban tres meses libres, así que decidió volar a Australia y recorrerla en autostop. Un privilegio que no parece valorar especialmente. Viaja por el otro lado del globo como si fuera lo más natural del mundo. No está aquí para visitar nada en concreto. Su único objetivo es pasar los días gastando poco dinero, lo más lejos posible de sus orígenes geográficos.

La costa de la Great Ocean Road está considerada como una de las más bonitas de la Tierra. Los pueblos son deliciosos y aburridos, como la jubilación de gran parte de los australianos. Bebemos buen café, hacemos barbacoas en la playa, tomamos fotos de acantilados de película, caminamos por bosques con eucaliptos gigantes, nos mezclamos en las ferias de pueblo al aire libre. En una de ellas, nos sentamos en el césped a escuchar a un adolescente que canta acompañándose de su guitarra. Dos chicas le miran embobadas. Cuando termina el concierto se acercan a decirle algo, y al poco rato se van dando pequeños brincos nerviosos, girándose cada diez pasos para ver si las está mirando. A menudo, Australia parece una teleserie cursi ambientada en los años sesenta.

Barbacoa en la playa

El punto culminante de la Great Ocean Road es un lugar llamado “Los 12 apóstoles”. En las fotos que habíamos visto no se oye el ruido de los helicópteros que ofrecen las mejores vistas a los turistas adinerados. Tampoco se ven las colas de turistas de segunda que los autobuses han transportado hasta el lugar. Todo está perfectamente señalizado, de modo que sólo es posible seguir un camino pavimentado, en una zona que se vende como una de las maravillas naturales del mundo. Un hombre me comenta que en los setenta podías caminar por dónde querías, e incluso se podía acampar. “Era peligroso, claro, pero ese era el encanto. La seguridad sólo atrae a imbéciles que no respetan nada.”

Los doce apóstoles

Volvemos al coche, y unos kilómetros más allá paramos en un acantilado solitario. Caminamos por donde queremos, nadie vigila nada. Bernard se anima a escalar por una pared de rocas. Al poco rato acepta que no lleva a ningún lado, y regresa con nosotros.

Hacemos noche en Port Fairy, en casa de una pareja de nuestra edad. Cuando hicimos la reserva no viajaba con nosotros Bernard, pero no parece importarles alojar a un inquilino más. Le preparan un colchón hinchable en el comedor, y se niegan a cobrarnos más. Preparamos algo de cena, y compartimos una botella de vino con nuestros anfitriones, que ya han comido.

Para nosotros es muy sencillo ofrecer una magnífica conversación de sobremesa, tan sólo tenemos que repasar el trayecto que nos ha traído hasta aquí. La pareja nos escucha con atención, intentando obviar las ansias de protagonismo de Bernard, que inserta sus cuñas publicitarias entre las pausas de nuestro relato. Antes de ir a dormir, visito el baño. Encima de la taza encuentro una pequeña caja de cerillas con el dibujo de una cara de mujer con el pelo rojo, y la palabra “redheads”. Pelirrojas. Buena marca de cerillas, pienso. Enciendo una cuando termino, para disimular el mal olor.

Cerillas contra el mal olor

A la mañana siguiente, desayunamos a solas con el marido, porque su mujer ha salido temprano a correr por la playa con unas amigas. Tiene una cafetera de los años cincuenta, que compró por cuatro duros y restauró él mismo. Nos lo explica mientras saboreamos un excelente café espresso. Es un tipo tímido, ayer casi no abrió boca, pero en la intimidad del desayuno se va animando. Nos explica que se dedica a fabricar y restaurar muebles en una vieja cabaña en el jardín de la casa. Es una casa mucho más cara de lo que pueden permitirse, pero la señora que la alquila es muy mayor, amiga de su madre, y les hace un precio especial.

No quiere ni imaginarse qué hará cuando la señora muera y los hijos les pidan el doble o el triple por el alquiler. La cabaña del jardín es perfecta para su trabajo, no sabe si podrá adaptarse a otro lugar. Es un tipo meticuloso, amante de la rutina, del silencio, de su oficio. Como no tiene hijos, intenta hacer de su vida una obra pulcra, estudiada, predecible, pero no exenta de emoción. De una emoción sutil, difícil de comprender. Cuando regresa su mujer, entra en la cocina y al vernos sentados en la mesa exclama “no sé qué le habréis contado, pero podéis sentiros afortunados, porque mi marido no le prepara su café a nadie”.

Conducimos todo el día hasta Melbourne, haciendo una corta parada en Ballarat. Ya tenemos ganas de despedirnos del coche y de Bernard. Me parece que él también. Por eso, cuando llegamos a la gran ciudad, y nos hacemos un selfie de despedida, todos sonreímos, felices.

Felices, tras varios días de viaje juntos.

1 comentario on Bernard

  1. neus
    16 junio, 2017 at 12:40 (3 meses ago)

    ¡¡Muy bien!! Bernat/Bernard, aprender a reconocer lo desconocido. Un buen encuentro que aviva las miradas. ” Para él soy como una nebulosa, el purgatorio indefinido entre la plenitud y la decadencia. A los veintipocos se mira la vida con un objetivo de alta luminosidad: enfoca rápido pero tiene poca profundidad de campo”. Me encanta este párrafo. ¡Felicidades! Y ¡buen viaje! Creo que pronto embarcaremos… ¡¡Muchos besos, dobles!!

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