Bela

Para llegar a Ha Hiang desde Bac Ha hay que cruzar un paso de montaña por el que no circulan autobuses, porque la carretera está en muy mal estado. Es el motivo principal por el que estas dos ciudades del norte de Vietnam no comercian, y están más empobrecidas que el resto del país.

Sa y un amigo nos acompañan en moto hasta el primer pueblo después del paso de montaña. En total, una hora de camino a través de un paisaje espectacular.

Retrato con Sa

Viajamos en moto con Sa a través de las montañas que unen Bac Ha y Ha Hiang

Dejamos las maletas en la única tienda del pueblo, que ejerce también de estación de autobuses. Por algún motivo, confiamos en esta gente. Quizá porque nos han dejado utilizar el lavabo de su casa. Vamos a dar una vuelta para hacer tiempo hasta que llegue el minibús a Ha Hiang, la ciudad más próxima a nuestro destino. Varias banderas rojas con la estrella comunista amarilla adornan la calle principal. Es principal por ser la única calle asfaltada. Tomamos una coca cola en un bar que también es peluquería. Estoy tentado de afeitarme la barba, pero me gusta ser diferente del resto de hombres por algo más que el color de mi piel.

El minibús sale cargado hasta la extenuación con 15 personas, maletas, muebles, una barandilla desmontada, baldosas, una cuna. Los minibuses suelen ser el negocio de una familia entera, cuya vida gira alrededor del vehículo. Viajan tres miembros de la familia. Dos de ellos se turnan para conducir, y el otro se encarga del resto: cobrar los billetes, recoger y entregar paquetes a lo largo del camino, colocar al máximo número de personas y bultos posible, tratar con la policía.

Minibús típico de Vietnam

Viejos, sucios y algo destartalados. Pero con wifi.

Las mujeres y los niños se sientan delante, excepto Cris, que no es local y va detrás conmigo. Si el revisor lo considera necesario, en cualquier momento cambia tu equipaje de lugar, o te manda sentar en otro sitio, y así va componiendo un puzzle inverosímil hasta reducir al mínimo el espacio vacío. El conductor hace sonar un claxon parecido a las bocinas de las atracciones de las ferias. El sonido nos acompaña durante todo el trayecto, porque casi siempre está a punto de suceder una catástrofe.

Son vehículos antiguos, desgastados por un uso constante por carreteras en mal estado. Del techo cuelgan a veces unos ventiladores que son como ángeles enviados del cielo. Los asientos están llenos de mugre, y el autobús se va ensuciando cada vez más a medida que avanza el trayecto, porque la gente apaga sus cigarillos o tira los restos de comida en el interior del vehículo. El revisor tiene unas bolsitas de plástico por si te dan ganas de vomitar, cosa que haces sobre la marcha. Me da la sensación que la gente no está acostumbrada a este tipo de trayectos, porque se marean con mucha facilidad.

Interior del minibus

Los minibuses van cargados hasta las cejas. A pesar de todo, alguno consigue estirarse.

Es una forma muy barata de viajar, menos de un euro por cada hora de trayecto. Puedes llegar a casi cualquier lugar del país, y casi siempre eres el único turista. Por lo tanto, te tratan muy bien. Invariablemente, me invitan a fumar un cigarrillo, que me encienden antes de entregármelo. Como todos los minibuses tienen internet por wifi gratis, intentamos conversar con la ayuda del traductor de Google. Nos ofrecen lichi o mangostán. Te entregan una tarjeta con su teléfono detallando los trayectos que hace el minibus de la familia. Seguramente, llevar a estrangeros les da prestigio.

Llegamos a Ha Hiang sobre las cuatro de la tarde, después de casi 8 horas de viaje en total. Como de costumbre, no tenemos muy claro dónde está nuestro alojamiento, pero siempre hay varias personas dispuestas a ayudarnos. En este caso, nadie parece tener muy claro a dónde vamos, o quizá se hacen el despistado para cobrarnos más. Llamamos al alojamiento, y al otro lado de la línea sólo saben decir “yes”. El taxista oficial nos pide un precio abusivo, y nos invita a viajar con un amigo suyo, que acepta nuestra tarifa. Arrancamos, y al cabo de diez minutos de viaje, para en una casa. Baja del taxi, y a los dos minutos sale con dos chicas que hablan inglés y nos preguntan a dónde queremos ir. Esta vez, sí, parece que nos entendemos.

Salimos del pueblo y avanzamos por una carretera rodeada de campos de arroz y de maíz. Yo voy sentado delante junto al conductor. Es un coche muy pequeño y básico, pero sorprendentemente tiene un pequeño televisor en la consola. El conductor aprieta un par de botones, y aparece una chica en la pantalla haciendo una especie de baile al son de la música. De repente, la chica avanza hacia un lado de la habitación, en donde aparece un vibrador gigante enganchado al suelo, en posición enhiesta. No me lo puedo creer. Le digo a Cris que por favor deje de mirar el paisaje idílico por la ventanilla, y se fije en lo que está pasando en el coche. La chica se acerca al vibrador, y empieza a jugar. El conductor, impasibe, va tarareando la música.

Nos desviamos por una camino de tierra, y al cabo de pocos minutos llegamos a un poblado con casas de madera, techos de palmera y caminos de tierra. Empieza a oscurecer. La chica ya está totalmente desnuda y entregada al vibrador, jadeando. El taxista me mira y me dice -supongo- que ya hemos llegado, que bajemos del coche porque ya no puede seguir avanzando, el camino es demasiado estrecho. En efecto, es imposible seguir. Llamamos por teléfono al alojamiento y se lo entregamos al taxista, porque no tenemos ni idea de dónde estamos ni dónde tenemos que ir. Le hacemos la señal de que no le pagaremos si no habla. A regañadientes, acepta ponerse al aparato. Pero cuelga enseguida y vuelve a mostrar su intención de cobrar y marcharse.

Damos vueltas al coche, colocamos las maletas a un lado del camino, hablamos, perdemos el tiempo para dar tiempo a que pase algo, antes de pagarle y que nos deje tirados. Y pasa algo. Aparece un chico por el camino con una moto. Tiene cara de buena persona, pero sólo sabe decir yes. Nos indica que subamos a su moto. Le enseñamos el equipaje. Aunque está clarísimo que la moto no sirve de nada, intenta colocar el equipaje. Desiste. Deja la moto a un lado, y nos indica que vayamos los tres a pie. El taxista interviene. Le pagamos, sube al coche, da la vuelta y se larga. En la oscuridad de la noche, contemplamos como se aleja el pequeño cine pornográfico.

Caminamos cinco minutos detrás del yes, y llegamos a una casa como las demás. El chico nos indica que entremos, y se larga. Se accede por un caminito que rodea una especie de balsa. Ya está totalmente oscuro. Subimos por unas escaleritas de madera, y nos encontramos con una estancia de unos cincuenta metros cuadrados, iluminada por una bombilla y por un fuego. Los suelos y las paredes son de madera. En mitad de la estancia, mirándonos, una chica de veintipocos años muy sonriente, un hombre sin brazo de unos cincuenta, una mujer muy guapa con el pelo muy largo y suelto, de cuarenta y pocos. En un rincón, una mujer muy pequeña y muy mayor, observándonos como una bruja recelosa.

No tenemos ni idea de dónde estamos, y nadie habla inglés. Cris lleva el brazo sujetado con un pañuelo, y tiene algunas rascadas en la pierna, porque hace un par de días se cayó en una excursión. En seguida se fijan en ella la chica y la mujer, le piden que se siente, le observan las heridas. La chica se acerca al fuego y vuelve con unas hierbas envueltas en una hoja de plátano, y una venda. Le coloca las hierbas en las heridas y en el brazo, y las sujeta con la venda. Mientras tanto yo intento hablar con el hombre sin brazo, porque tengo la seguridad de que nos hemos perdido. Nos ven descolocados, cosa que a su vez les descoloca. Entonces la chica tiene una idea: nos enseña una libreta y nos dice “Bela, Bela”.

Curando las heridas

Curando las heridas de Cris con remedios naturales

Abro la libreta, y encuentro una dedicatoria escrita de Bea, una española que conocimos por internet, y que nos recomendó este alojamiento. No nos hemos perdido. Estamos en el lugar al que queríamos llegar. Sonreímos, nos relajamos. Ellos sonríen y se relajan. Bebemos un té. Colocan un mantel en el suelo, y nos indican que nos sentemos. Empiezan a traer varias bandejas de comida. Pollo, verduras, arroz, pescado, fruta. Cenamos con toda la familia, la mejor cena de lo que llevamos de viaje.

Hemos llegado a casa de la familia de Cay.

4 comentarios on Bela

  1. pere rovira
    18 abril, 2016 at 11:54 (2 años ago)

    espero que l,admirable Cris no estigui gaire lesionada. Petons.

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  2. Neus
    11 abril, 2016 at 14:29 (2 años ago)

    Bueno, menos mal, habéis llegado y pueden curar a Cris. Bea, Bea…¡Muchos besos!

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    • Pere Rovira
      25 abril, 2016 at 17:03 (2 años ago)

      Fue una de las llegadas más complicadas, pero muy divertida!

      Responder

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