Bajo la nieve, el barro

La nieve maquilla el gris anguloso de las ciudades siberianas, a cambio del frío que las hace intransitables. Hacia finales de Abril, la nieve comienza a deshacerse, y bajo el frío sólo hay barro, polvo y suciedad. Y cemento gris.

Al llegar al hostal nos espera Felipe, un colombiano que reside en Novosibirsk desde hace tres años, y que parece feliz por la llegada de dos personas con las que poder hablar español. “Les escribí por twitter por si necesitaban que les recogiera en el aeropuerto. Si quieren, descansen y por la tarde les enseño la ciudad.” Me reafirmo en mi tesis de que la hospitalidad de un lugar es inversamente proporcional a su atractivo.

Pasamos un rato en el hostal, mientras Denis, el dueño, ingiere una dudosa comida a base de arroz hervido aliñado con una salsa que emana de una especie de tubo de pasta de dientes. Nos comenta que estuvo en Barcelona hace tres años, y que le pareció muy fea. Quiso ir a la playa, pero no lo consiguió, después de séis horas conduciendo. Tomamos un té, y nos acompaña a nuestra habitación, que resulta estar en un edificio de 15 plantas a 5 minutos del hostal. Entramos en el ascensor, tan viejo y sucio que no pueden distinguirse los números de los pisos en los botones. Todo parece indicar que dormiremos en mala compañía, pero al abrir la puerta de nuestro apartamento sucede la magia: entramos en un piso limpio, sencillo, perfecto. Por suerte, pues, de nuestro edificio comunista sólo queda la fachada, el recibidor y el ascensor. Las partes comunes.

Pasamos la tarde paseando con Felipe. Nos cuenta que en Rusia los coches pueden tener el volante a la derecha o a la izquierda. Resulta que en la parte más oriental de Rusia, y también en Mongolia, sale más barato importar los coches de Japón, y mucha gente lo prefiere a pesar de tener el volante cambiado. La cosa ha calado tanto, que ahora ya no se sabe si es mejor tener un coche con el volante a la izquierda o a la derecha. Una muestra más del caótico orden siberiano, como las mujeres que nos adelantan caminando entre la nieve con tacones de medio palmo, o las esculturas de poetas junto a héroes de guerra, en mitad del cemento más desolador.

Selfie con Felipe, el amigo colombiano que nos enseñó Novosibirsk

Selfie con Felipe, el amigo colombiano que nos enseñó Novosibirsk

Tomamos unas cervezas en un bar situado en un sótano, algo habitual aquí. Al filo de la segunda jarra se nos acerca un niño de unos diez años de edad. “Hola, yo estudio español, ¿queréis hablar conmigo un rato?” nos dice con un acento perfecto, y hablamos un rato bajo la mirada distraída de sus padres en la distancia. Nunca más sabremos de él. Debería ser posible conectarnos con ciertas personas, y al cabo de los años, charlar durante un par de cervezas con el simple pretexto de recordar nuestro encuentro fortuito, y después desparecer de nuevo, hasta al cabo de otros años más. Permitir que las casualidades de la vida sean algo más que una simple anécdota.

Leer os librará del frío

Leer os librará del frío

Le comento a Felipe que lo que ha hecho tiene mérito, que hay que ser muy valiente para marcharse de Colombia a los veintipocos, a estudiar ingeniería petrolífera en la ciudad más fría de Siberia. “Quería aprender Ruso, y después quiero irme a Dubai a aprender árabe.” Al cabo de un par de horas me dirá que sí, que tengo razón, que lo que ha hecho tiene mucho mérito. Parece como si no se hubiera dado cuenta, o nunca hubiera pensado en ello, hasta que se lo ha dicho un completo desconocido como yo. O quizá es demasiado humilde, o demasiado tímido.

Al final de la calle Lenin, nos espera la plaza Lenin, con una estátua de Lenin. En Rusia tienen la Lenin Prospekt en cada ciudad, y en Estados Unidos la Market Street. Frente al político marxista unos chavales practican con su skateboard. Casi nunca consiguen completar su pirueta, algo habitual en este deporte para optimistas que se parece bastante al comunismo.

Skaters junto a Lenin, en la plaza Lenin, al final de la avenida Lenin

Skaters junto a Lenin, en la plaza Lenin, al final de la avenida Lenin

Hablamos de lo amable que es la gente en este frío país, y Felipe nos dice que sí, pero que el día de su cumpleaños, en otra ciudad más al sur, le dieron una paliza dos borrachos por ser colombiano. “Pero en Novosibirsk estoy bien, es un buen lugar. Sólo hay que tener cuidado mezclando rusos y alcohol.” Me cuesta pensar que alguien le pueda dar una paliza a un tipo tan bonachón como Felipe. Y en cierto modo, siento algo de pena, no sólo por él si no también por mí. Nunca me han pegado y tengo la sensación de que nunca van a hacerlo, pero ahora estoy menos seguro.

Para cenar preparamos una pasta al dente, regada por la salsa de los deliciosos tomates de Salvatore. Nos habíamos encontrado con Salvatore en Moscú, a dónde fue a pasar las vacaciones de semana santa junto a otros ex compañeros de trabajo. Como todo italiano digno de serlo, aprecia la comida por encima de casi todas las cosas y, en particular, siente devoción por los tomates. Tanto que cultiva los suyos propios, y con un orgullo tal que le empujó a traernos dos botes desde Madrid, perfectamente envueltos para que no se rompieran, como le enseñó su madre. Y lo hizo sin que se lo pidiéramos, como se hacen los regalos de verdad.

Pocas cosas hay más importantes en este mundo que un buen tomate. El hecho de que cada vez cueste más encontrarlos es quizá la prueba definitiva de la decandencia de la civilización.

    Los tomates de Salvatore, alegría mediterránea en mitad de la Siberia

Los tomates de Salvatore, alegría mediterránea en mitad de la Siberia

La pasta nos devuelve por unos instantes al mediterráneo. Salimos a fumar, Felipe tiene muchas ganas de probar mi tabaco de liar. Nos acompaña Serguei y una chica que ha salido a enfrentarse al hielo nocturno con poco más que una manta envolviendo su cuerpo. Les explico mi episodio con el cigarro y el pijama en Bielorusia, y se ríen comentándome que, efectivamente, el tabaco de liar tiene mala prensa en Rusia. De hecho, me dicen, un policía no se fiaría, no se fuma tabaco de liar por la calle aquí, está prohibido. Me cuesta creerlo, pero la chica de la manta apaga su cigarrillo cuando todavía le queda la mitad, y entra en el hostal temerosa de que la hayamos engañado y no sea tabaco lo que fumamos.

Serguei nos cuenta que lleva varios intentos para entrar en el ejército, pero que nunca lo consigue. El día del examen siempre le sucede algo que le impide presentarse. Al menos, comenta, ya tiene pasaporte ruso, algo que parece valorar. “Ahora pues, ya tienes doble nacionalidad: Kazajistán y Rusia”, le comento. “No, sólo una, sólo ruso” me responde como temeroso de perder su nueva identidad.

Mientras tanto, en el hostal reina un ambiente que veremos más veces en los alojamientos baratos: la tele a todo volumen con alguna película o programa infame, y los huéspedes dispersados por el sofá, prestando poca atención a la pantalla y a todo en general. Denis me pregunta que me ha parecido Novosibirsk, y le contesto que es más fea que Barcelona. Sonríe, y nos recomienda que al día siguiente visitemos el museo de la muerte, junto al crematorio. Para convencerme, me enseña la página web del lugar. “Es un museo único en el mundo”, prosigue, “dónde exponen todo tipo de ataúdes, y los puedes probar”. Empieza a caerme bien: es fabuloso que existan tipos que te recomiendan el museo de la muerte de Novosibirsk con orgullo.

El siguiente día, sin embargo lo pasamos trabajando en el apartamento. El museo de la muerte no es suficiente anzuelo para desafiar a la intensa nieve que vemos caer al otro lado de la ventana. Parece que la ciudad quisiera apurar el maquillaje que aún le queda en la nevera.

Por la tarde, llega una familia que ha alquilado una de las habitaciones. Son de un pequeño pueblo al sur de Novosibirsk, y han venido en tren al hospital de la capital. Con algunas dificultades, logramos entender que el niño tiene una enfermedad en la cabeza, y por la cara de la madre parece que la cosa no pinta muy bien. Pero quizá estoy totalmente equivocado y no es nada grave, ni siquiera relacionado con la cabeza. Nunca lo sabremos. Como es costumbre, nos invitarán a compartir su cena, y nosotros aportaremos un sobre de jamón. Al niño parece que el jamón le alegra el día, o más que el día, a juzgar por el entusiasmo con que se lo come.

Al filo de la medianoche, decido visitar el hostal por última vez. Desafiando el frío imperante y con algo de miedo fruto de la oscuridad de las calles sin farolas, que no me permite ver si piso sobre hielo. En el hostal me encuentro el mismo panorama de cada noche; esta vez me parece algo más cálido, al fin y al cabo, por algún motivo he querido venir. Fumamos unos cigarillos, y le regalo a Felipe mi paquete de American Spirit y papel de liar. Nos despedimos, mañana partimos y ya no creo que volvamos a vernos. Regreso a casa: menos frío y menos oscuridad. Subiendo en el ascensor comunista, me hago una foto.

[Para quien quiera complementar la lectura con más fotos, aquí tenéis nuestro álbum de fotos del Transiberiano]

6 comentarios on Bajo la nieve, el barro

  1. pere rovira
    21 mayo, 2015 at 17:35 (3 años ago)

    La nieve maquilla el gris anguloso de las ciudades siberianas… No hi ha gaires escriptors tan bons com per començar així el seu discurs. La resta està a l,alçada del començament. Enhorabona, crack! Aquest orgull de pare encara em fa trobar-vos més a faltar. Abraçades.

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    • pere rovira
      21 mayo, 2015 at 23:55 (3 años ago)

      Em sembla que sí que és orgull de pare 🙂 Nosaltres també us trobem a faltar, així que seguirem escrivint! Abraçades!

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  2. Neus
    20 mayo, 2015 at 12:30 (3 años ago)

    A mí también me gusta mucho el título: “Bajo la nieve, el barro” porque da cuenta desde el inicio de esa relación entre belleza y hospitalidad que a mi modo de ver es el leit-motiv del relato. El apartamento limpio y el ascensor sucio, la amistad de Felipe y la nostalgia de no volver a verlo, Lenin rodeado de jóvenes que intentan hacer piruetas en vano, los tacones en la nieve, el niño que quiere hablar castellano, y lo lograra por su empeño, y el que come jamón, que seguro que se cura… Momentos divinos por lo nimios y cotidianos que son, por lo sorprendentes tan lejos de casa y tan cerca del corazó. ¡Felicidades! También me gustan las fotos incorporadas y los pies de fotos: “Leer os librara del frío”;-) ¡Besos dobles!

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    • pere rovira
      21 mayo, 2015 at 11:14 (3 años ago)

      Muchas gracias por un análisis tan minucioso! Dices cosas que no se me habían ocurrido, y creo que ahora me gusta más lo que he escrito 🙂 🙂 Besos!

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  3. Orioln
    20 mayo, 2015 at 04:01 (3 años ago)

    M’agraden aquestes batallites del dia a dia, intimant amb gent desconeguda que rarament tornareu a veure.

    M’ha encantat la tesis de ‘ Me reafirmo en mi tesis de que la hospitalidad de un lugar es inversamente proporcional a su atractivo.’. Aplicable a més aspectes que la hospitalitat

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    • pere rovira
      20 mayo, 2015 at 11:15 (3 años ago)

      Totalment d’acord, per això vaig escriure la frase, perque és una màxima vàlida en moltes circumstàncies de la vida. Respecte les persones que trobem, és cert que potser no les tornarem a veure, però amb algunes seguim per whatsapp. La comunicació asíncrona facilita entendre’t en idiomes que no són el teu, doncs pots tirar de google translate amb més facilitat.

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