Asia a un lado, al otro Europa

Al llegar a Ekaterinburgo tenemos hambre. El frío de la calle no invita a pasear en busca de un lugar para comer, así que confíamos al aséptico Tripadvisor la tarea de aconsejarnos. En diez minutos llegamos a Kumir, una taberna decorada como una cabaña nórdica en donde parece que Papá Noel vendrá a tomarnos nota. 

Con la ayuda de Google Translate, iniciamos una conversación con la camarera. Internet nos priva de la magia analógica de entenderte con signos y el suspense de no saber muy bien qué has pedido, pero nos permite encargar una sopa de pescado y un goulash con puré de patatas deliciosos. Nuestra mejor comida en lo que llevamos de viaje, con permiso de la choucrute en Lipp. 

Al llegar a los postres, aparece un hombre alto y sonriente. Se sienta a mi lado y nos pregunta en inglés qué tal estamos. Le contestamos que después de la magnífica comida, mucho mejor, y que ahora nos disponemos a rematarla con unos raviolis de cereza. El hombre se dirige a la camarera,  los encarga por nosotros y nos explica que es el dueño del restaurante. “Pere”, le digo estrechándole la mano. “Pavel”, contesta. Acto seguido, nos dice que quiere practicar inglés, que nos llevará hasta la frontera de Asia con Europa, son 25 minutos en su coche. 

El problema es que ya hemos quedado. En efecto, en el tren habíamos conocido a Tatiana, que al llegar a Ekaterinburgo nos ha acompañado hasta nuestro hotel, y con quien hemos quedado a las seis de la tarde para dar una vuelta por el centro con su coche. No hace ni dos horas que hemos llegado a esta ciudad, y ya se nos acumulan las personas que quieren enseñárnosla gratuitamente. Para hablar inglés, dicen, pero yo creo que es una excusa para ocultar el verdadero motivo: en la gris Ekaterinburgo suceden pocas cosas. 

Le comentamos a Pavel que podemos ir mañana. “Mañana no puedo, tiene que ser esta tarde, ahora”. Le enseño la conversación de whatsapp con Tatiana, para que comprenda que ya hemos quedado y que no hay tiempo esta tarde. Pavel copia el número de Tatiana en su teléfono, y la llama. Hablan largo rato. Como es habitual en los rusos, parece incluso que se enfadan, cosa que unido a que no entendemos absolutamente nada, siempre nos hace estar algo intranquilos. “Ya está todo arreglado”, dice al colgar. “Hemos cambiado vuestra cita con ella a las siete, así que ahora comed rápido los raviolis, voy a buscar mi coche y en 15 minutos os recojo”. 

Ya en el coche, Pavel comenta que Tatiana sonaba preocupada cuando la ha llamado. “Tenía miedo de que os estuviera raptando” dice con una media sonrisa que no sé cómo tomarme. Pienso en por qué habremos abandonado los brazos de Tatiana, una dulce madre rusa que se preocupa por nosotros, para ir sentados en un todo terreno con asientos de piel, dirigiéndonos a toda pastilla a las afueras de la ciudad, al encuentro de la frontera de Asia con Europa. Para distraerme de unos pensamientos por otro lado inútiles, voy dándole conversación a Pavel.

Pavel resulta ser un gran tipo. Sin duda tiene mucho dinero, es de los rusos que se han enriquecido con el fin del comunismo o, más exactamente, con la llegada de Putin al poder, con quien por supuesto está encantado. Nos explica que su hijo estudia en Shangai. Nos explica largo y tendido cómo echa de menos la comida de su restaurante cada vez que tiene que ir de viaje. “En este restaurante hago la comida que me gustaría encontrar cuando tengo que ausentarme de casa. La comida que me define”. 

El dinero, sin embargo, le viene por otro lado. Es dueño una empresa que fabrica material eléctrico para los trenes. Le comento, pues, que nuestro transiberiano es en parte posible gracias a su empresa. No parece captar mis guiños de complicidad, o quizá es que los rusos emprenden la amistad de otra manera, más callada, quién sabe si porque se la toman más en serio. Al fin y al cabo, si en el restaurante hubiera simplemente reído nuestras gracias y mostrado la cuenta, como hacemos en Barcelona con los turistas, no estaría escribiendo todo esto. 

Llegamos a la frontera, nos hacemos unas fotos. “Los de aquí nunca venimos”, nos dice. Me pregunto quién decidió edificar, junto a la autopista, un homenaje tan feo a la frontera entre Europa y Asia. ¿Qué significa, de hecho, la frontera entre Asia y Europa? A Pavel parece importarle poco, así que subimos al coche, y al cabo de cinco minutos, en un cruce en donde claramente indica “Ekaterinburgo” hacia la derecha, gira a la izquierda. Entramos en una carretera de montaña, empezamos a subir, el lugar cada vez es más inhóspito, árboles y más árboles, la puta taiga. Y Pavel de repente mudo, sin abrir boca. Ahora sí, ahora para el coche y nos mata en mitad del bosque. Justo cuando yo creía que empezábamos a ser amigos.

“Ya hemos llegado. Esta es la otra frontera”. Y así es, un monumento todavía más feo que el anterior, con referencias al zar Nicolás segundo, se erige para marcar otro punto fronterizo. Respiro tranquilo. Pavel es un hombre exhaustivo y nos ha llevado a las dos fronteras, para que no quede duda de su hospitalidad. Regresamos a la ciudad por un camino de montaña. Pavel me cuenta (porque Cris duerme, plácida, en el asiento trasero) que después de días de mucho trabajo le gusta conducir por esta carretera, solo, con los árboles y la nieve y las curvas. 

Aprovecho el momento de intimidad para preguntarle por el futuro de Rusia. “No sé qué significa el futuro de Rusia. Yo me preocupo por mi familia y mis empleados.” Es una respuesta honesta, aunque me pregunto si no es también una fachada para ocultar temas más incómodos. Continúo con otra de mis preguntas favoritas: “¿Cuál es tu lugar favorito en Rusia?”. Me mira extrañado, como si le hubiera preguntado una obviedad. “¿Mi lugar favorito? Mi restraurante”. 

Y así seguimos montados en su coche de lujo, al encuentro de Tatiana, nuestra segunda anfitriona de la tarde en esta ciudad a donde hemos llegado hace tres horas. 

[Para quien quiera complementar la lectura con más fotos, aquí tenéis nuestro álbum de fotos del Transiberiano]

3 comentarios on Asia a un lado, al otro Europa

  1. Orioln
    19 septiembre, 2016 at 22:31 (1 año ago)

    Aquest estiu vam passar per lituania, i per casualitat al mig del país, vam descobrir que també hi han localitzat allà dalt i a la dreta dels nostres clàssics mapes polítics d’Europa, el punt del ‘centre geogràfic’ d’Europa.

    Egocèntric de mi pensava que estaria per Luxemburg, i carai, si que estem al sud oest d’Europa els catalans…

    Que gran i que petit que és este món!!!

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  2. Neus
    12 mayo, 2015 at 13:24 (3 años ago)

    Muy bien, con intriga y humor, aunque he sentido más miedo que Tatiana… ¡Ojo…!
    ¡Muchos besos a los dos!

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    • pere rovira
      13 mayo, 2015 at 00:57 (3 años ago)

      Miedo no… lo pasamos muy bien, la intriga forma parte de la diversión 🙂 ¡Besos!

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