Sa

El homestay de Sa es como me imagino que será el de May Kieu en diez años. Junto a su casa, ha construído un eficicio con suficientes habitaciones para alojar a veinte personas. La mayor parte del tiempo la pasaremos en el porche de la casa familiar, donde el hijo sirve las comidas y corre el aire a la sombra. Alrededor de la casa, el huerto de dónde salen los vegetales y frutas que comeremos, y varias gallinas, pollos y patos, como es habitual en las casas de pueblo vietnamitas. A las afueras de Bac Ha, el señor Sa nos cuenta que tiene una parcela donde cultiva arroz y maiz.

Sa tiene 35 años. Vive con su mujer y sus dos hijos, un niño de nueve años y una niña de tres. La vida le ha tratado bien, pero en otro lugar le hubiera ido mejor. Es tan inteligente como los extranjeros que duermen en su casa y comen la comida que prepara su mujer y sirve su hijo. Pero a él no le toca nunca despedirse de ningún lado, rumbo a otro destino exótico. Trabaja cada día, y su mundo es Bac Ha y los alrededores, que recorre en moto cuando algún cliente le paga para hacer una ruta turística. Nunca saldrá de Vietnam. Por eso, en cuanto le das la oportunidad, echa pestes del gobierno, y las palabras ácidas desfiguran su cara amable y servicial. Y te preguntas si odiar al gobierno es una manera de disimular su odio hacia la injusticia del mundo. Hacia ti, cliente y amo.

Sa dio con la tecla cuando se especializó en alojar a clientes de agencias europeas de viajes alternativos. Alternativos en Europa. Aquí son viajes para ricos . Tiene muy buena relación con una agencia española y otra italiana, que regularmente le envían grupos de 15 o 20 turistas. Los viajeros ocasionales como nosotros completamos el negocio. El negocio turístico no le gusta, pero es lo mejor a lo que puede aspirar una persona inteligente en Bac Ha.

Durante nuestra estancia coincidiremos con un ruso-americano, un inglés y un australiano. Los tres se han comprado una moto de segunda mano en Ho Chi Mihn, y viajan por Vietnam. La primera noche cenamos juntos. Las otras noches se buscan la vida en otro lado, les parece un escándalo pagar 4 euros por una magnífica cena casera. Son aventureros de verdad.

El ruso-americano es de esos tipos que en seguida te dejan claro que son la leche, una mezcla entre los cowboys de los anuncios de Marlboro y los modelos que venden desodorante Axe. La novia le dejó plantado, y ahora adopta el papel del hombre solitario, que viaja a la aventura y quiere ser fotógrafo. Cualquier cosa que le digas, él ya la ha hecho, y mejor que tú. Cualquier sitio que hayas visitado es demasiado turístico para él, que se mueve por las zonas desconocidas de los lugares, durmiendo en hoteles de mala muerte por tres dólares.

El inglés viaja con una scootter. Es tan soso como la barriga que le cuelga a ambos lados de la cintura. Cuenta su periplo por Vietnam como quien le confiesa al psicólogo los traumas de su existencia. El ruso-americano interviene. El viaja con una moto auténtica vietnamita de los años setenta, de color negro, a la que le ha pintado una estrella roja. La ha dejado tan impecable, que la venderá por más dinero de lo que le costó. Cualquier lugar donde este hombre ha puesto el culo se revaloriza al instante.

[En Hanoi, dos semanas más tarde, veremos cientos de motos negras con la estrella roja, idénticas a la de nuestro soviet gringo. Es el modelo que más éxito tiene entre los turistas.]

El inglés vuelve a retomar el hilo. La scootter tiene un problema con el cambio de marchas, y cada dos por tres se le para en mitad de una subida. Y ayer se le pinchó una rueda y tuvo que arrastrar la moto bajo un calor infernal, durante dos horas. Es una alegría escuchar a este hombre. El ruso-americano interviene. Hace dos semanas se le estropeó la moto en mitad de una carretera de montaña, lloviendo a cántaros. Fue capaz de arreglarla con unas tiritas del botiquín. Es un genio.

El australiano es un término medio entre los dos, pero el sentido de la competitividad anglosajón le hace alinearse con el ruso-americano. Pasamos una cena entretenida. Cuando terminamos el postre, Sa nos deja la botella de agua feliz sobre la mesa. Aquí la destilan del maiz, pero es igual de fuerte -y asquerosa- que la que hemos provado en Ta Phin. Pero algo tiene, porque cada trago invita a otro más. La sirven envasada en una botella de agua mineral. El ruso-americano nos cuenta sus increíbles proezas con el vodka de su pasado soviético. Vamos tomando chupitos, y todos se van retirando hasta que nos quedamos Cris y yo bebiendo solos.

4 comentarios on Sa

  1. Neus
    11 abril, 2016 at 15:03 (1 año ago)

    Buenísimo el texto sobre Sa. Buenísimos los 3 retratos. Tambien el del dueño con sus gritos ácidos, contra el gobierno, contra sus clientes! En fin, una gozada. Oriol como siempre muy fino: qué pensarien dels dos catalanets… Tant pis! Petonassos!!!

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  2. Orioln
    20 marzo, 2016 at 22:20 (2 años ago)

    Com la vida mateixa.

    Companys del curro, veïns, familiars, amics…. Tots són diferents, i alhora tots tenen la seva gràcia, la seva pena. Les casualitats del espai i el temps ens fan coincidir, i pocs acabes recordant o deixant una emprenta.

    Cadascú es con es, cada cultura és com és. Canviar-ho, entre impossible i absurd.

    Que deurien pensar dels dos catalanets?? 🙂

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    • Pere Rovira
      29 marzo, 2016 at 23:11 (1 año ago)

      És la màgia de l’escriptura, que et permet treure profit fins i tot d’aquells a qui preferiries no haver conegut, i que per tant acabes agraïnt haver conegut 🙂

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